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Desde el día de la elección a la fecha, Luisa María Calderón, la candidata fracasada del PAN al gobierno de Michoacán, cambia de discurso y de estrategia como tantas veces ha podido. Primero festejó y se expuso -a pesar de los primeros resultados- como la triunfadora. Después sentó cabeza. Al día siguiente condicionó la aceptación de su derrota hasta que no se contabilizaran las urnas con irregularidades. Llegó al colmo de emular al enemigo político de su hermano, Andrés Manuel López Obrador, en su campaña de 2006, “voto por voto, casilla por casilla”. De ahí, pasó al alegato del PRI-narco y la dispareja contienda, pero ayer jueves por la tarde, el temperamento de “Cocoa” dio otro revés. Aceptó la victoria electoral del priista Fausto Vallejo, el mismo que días antes era señalado por ella de pactar con el crimen organizado a favor de su victoria. Atrás de la conducta vertiginosa de Luisa María, evidentemente está la voz de una imposición: la de su hermano, Felipe Calderón, el Presidente de la República.

El jueves 17 de noviembre, la abanderada panista admitió la derrota -con una ventaja de más de 52 mil votos a favor del priista- por mero acato a la exigencia presidencial. ¿Cómo sería posible que la hermana del mandatario de la nación exigiera “voto por voto, casilla por casilla” con el que el gobierno calderonista llegó dudosamente a Los Pinos? Ni pensarlo. Que se le exigió y obligó a resignarse a su fracaso, es prácticamente un hecho. Lo que no se puede saber es cómo y con qué palabras, el hermano menor ordenó a la mayor de los Calderón. Pero donde manda Presidente, no gobierna hermana incómoda. Por eso el jueves, día de su docilidad ante el fracaso, María Luisa Calderón acomodó un discurso, digamos, más suave: “Nadie está peleado con el candidato que tuvo más voto pese a su guerra sucia”. Mejor dijo: “Que el próximo gobernante reconozca el diagnóstico que hay en el estado en materia de seguridad y comience a poner soluciones”. Qué diferencia. Isaí Lara Bermúdez

 

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