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Para los padres igualitarios, para aquellos que agradecen,

que escuchan, que establecen límites, facilitando

humanos integrados en sociedad, sin egoísmo.

Se puede decir que los padres del siglo XXI presentan mayor apertura en sus emociones, comparativamente hablando al común denominador de padres de otras épocas, donde existió el paradigma: expresar sentimientos igual a debilidad.

El acercamiento que brota de manera paciente, igualitario entre el padre hacia cualquiera de sus hijos, es ese amor que ha permitido que existan hombres y mujeres libres, respetuosos y respetados; hombres y mujeres que se aman y aman a los demás;  es el amor de aquellos padres que guían, a ambos por igual, un amor donde no existen preferidos.

Es precisamente ese amor del padre que algún día se atrevió a confrontar al mundo buscando el respeto y reconocimiento de las leyes del hombre para sus hijos, en especial sus hijas, aceptando que éstas no sólo usaran pantalones, sino que condujeran un auto, que asistieran a escuelas, que eligieran al hombre con quien compartir su  vida; que se realizaran en espacios profesionales antes exclusivo para el sexo masculino; el voto femenino no habría llegado, si atrás de quienes buscaron incesantemente tal derecho no hubiese estado un hombre comprometido; sin el amor de ellos los papás, las hijas en su mayoría seguirían siendo agredidas, sin que sus agresores tuviesen la posibilidad de someterse a la justicia del hombre. Sin el amor del padre, difícilmente la mujer habría roto paradigmas que si bien continúan, cada vez son menos. Sin el amor del padre físico, difícilmente las nuevas generaciones de hombres y mujeres podrían mantenerse en una común unidad.

Se celebra con ímpetu el día de la madre, pareciera haber dejado en segundo término el amor del padre, sin embargo no habría ese amor y dedicación de la madre, sin la evolución espiritual, sin el apoyo de un hombre-tutor de los hijos, sean llamados, papás, tíos, abuelos etc., ahí siempre han estado ellos, con un amor cada vez más comprensible dentro de la sociedad.

Un entrevistado del cual algunas personas pudiesen pensar que es nulo en expresión del amor, hace trizas el paradigma que indica: “no es capaz de dar o expresar amor quien no lo ha recibido”, al señalar lo siguiente:

“…cuando nació mi primer hijo, fue emocionante; definitivamente los hijos son noticias agradables, no, no se siente lo mismo el nacer de cada hijo, son sentimientos distintos… tal vez el primero fue emoción, miedo, orgullo, etc., en el segundo que en este caso fue niña, fue una sorpresa tan grata…” (sic).

Si la frase anterior se relaciona con las últimas dos generaciones no sería extraño esa expresión, pero esta frase pertenece a alguien ubicado en una tercera generación, época en la cual las muestras de cariño abierto, el compartir sentimientos de amor de un hombre hacia alguien en quien no tiene una profunda confianza no fue común, sin embargo esa frase que dice “…fue niña, fue una sorpresa tan grata…”, refleja un amor puro hacia su hija, un amor que no proviene del amor que se le tiene a la madre de la hija en mención, no, no es así, porque tal amor por boca del entrevistado se sabe que no existe, sin embargo eso no impide que el hombre terrenal ame perdurablemente a los hijos, ¿acaso no es esto comparable al amor del Gran Padre Creador, que no termina pese a todo lo que somos?

El amor del padre físico, ha roto sus propios paradigmas, hoy se da permiso de que fluya su esencia natural, es decir sus sentimientos, sus emociones, para dar y recibir amor; para dar muestras del inmenso cariño que también como hijo de Dios existe en él, esto lo vemos en hogares donde padres e hijos conviven con respeto y armonía; lo vemos en las relaciones abuelos, tíos, nietos; la felicidad que expresan sus caras, el brillo que emana de sus ojos, se asemeja a un mayor acercamiento al amor de Yahvé que nos comparte a través del tutor quien actúa bajo el rol de papá en nuestro mundo diverso, y que a grandes pasos en miles de hogares ha dejado atrás al energúmeno que muchas veces caracterizó al ser pensante y actuante; al ser que se le llegó a encasillar como la fuerza bruta, cada vez más su actuar muestra que es más bien una entidad de nobleza que por siglos se le negó el derecho a sacar su parte emotiva.

No se puede explicar ni verbal, ni tangiblemente cómo es el amor del Padre Yahvé si no explicamos primero cómo es el amor del humano, porque precisamente ahí existe un brote de ese gran amor de Dios, que no sólo vive en medio, sino alrededor, está arriba protegiéndonos, pero también abajo sosteniéndonos para el buen vivir.

Fabiola Cueva R.

Baja California Sur.

Correo: cueva_asoc@yahoo.com

 

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