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La naturaleza y la cultura en estrecha relación forman el mundo del hombre. La primera lo abruma, lo domina, lo encarcela y lo hace su esclavo. Cuando el hombre descubre las leyes de la naturaleza  no la domina, sino aprovecha ese conocimiento para su existir.

La cultura lo salva de perecer, al transformar y adaptar las cosas, lo que en verdad está transformando es al propio hombre. La economía no es un factor preponderante sobre la cultura. Por el contrario, es a manera de un puente un medio que lo puede llevar a la otra orilla.

La expresión “No solo de pan vive el hombre” es justa si pensamos que una vida estrictamente material nos abruma y nos deprime. Sin las fuerzas espirituales que forman la madeja de nuestro vivir cotidiano, la vida no mercería vivirse. Un caballo pastando y un ser humano serían idéntica cosa.

Por eso el Estado debe desarrollar los fines espirituales del hombre, encauzar su energía espiritual dándole todo lo que culturalmente una sociedad ha podido acumular. El Estado debe despejar el camino que conduce al goce de los más elevados valores humanos, por medio del proceso educativo que debe ser fiel reflejo de las “cosas valiosas”, las cuales debe continuamente revisar.

Todas las corrientes de pensamiento deben afluir al espíritu para que éste encuentre su verdadero sentido, su propia interpretación del mundo en el que vive y la significación de las cosas que maneja.

El mundo social que nos rodea ha creado un mundo de fantasmas engañosos, de imágenes o alegorías para expresar lo inexpresable, de palabras sonoras y lapidarias para hacernos creer que ellas son nuestras verdades. Tal es el drama que actualmente vivimos, en que las mentiras del capitalismo se pretende sustituirlas por las mentiras del comunismo.

(Narrativa tomada del libro “Ciencia Política” de Andrés Serra Rojas)

 

Vicente Martínez Méndez

Tijuana, B. C.

 

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