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Hace poco se implementó en Tijuana el programa del alcoholímetro. Un programa asumo, diseñado esencialmente para prevenir los accidentes causados por el uso irresponsable del alcohol.

Inmediatamente las diligentes patrullas han comenzado a despachar a briagos, borrachetes y hasta bebedores sociales que tuvieron la mala fortuna de hallarse frente a frente con la celosa autoridad alcoholimetrística, una policía presta a llevárselos a la cárcel en caso de hallarles más vodka en su sangre que plasma y hemoglobina.

Todo esto del alcoholímetro en teoría debería ser benéfico para todos. Definitivamente una persona que no está en las mínimas condiciones de manejar un automóvil debe ser consignada y detenida hasta estar en óptima y cruda sobriedad para enfrentar su ejemplar multa y lo que resulte. Pero aquí mismo, entre las pipetas medidoras de intoxicación etílica y las peripecias de los implicados, nace un serio problema colateral que se gesta por la aplicación misma del alcoholímetro. Un problema que va más allá de detener al conductor ebrio antes de llevarse a un cristiano de corbata.

La severidad, y no dudo la cero tolerancia con la cual se aplica este sistema a todos los que son detenidos por retenes que bloquean las avenidas, está cobrando factura a los negocios nocturnos. Muchos se quejan de que los oficiales de los retenes están intratables, pues le hacen la vida imposible incluso a quien no presenta propiamente señales de intoxicación etílica severa. Al parecer basta con echarse un par de cervezas para estar en problemas. Y no es que eventualmente no lo dejen ir a uno en su camino, sino la monserga de tener que probar que uno anda en condiciones de manejar y el tiempo que uno pierde haciéndolo.

Ahora bien, hasta donde yo tengo entendido la ciudad de Tijuana ha sido, es y siempre será una ciudad con una gran vida nocturna donde la gente sale a divertirse y a tomarse unos tragos, casi siempre sana y responsablemente. ¿Qué sucede entonces con la vida nocturna de una ciudad como ésta cuando la gente se vuelve temerosa de salir a divertirse por miedo a los abusos de la autoridad o a un alcoholímetro demasiado sensible? Ah, pues sucede que de esta manera la vida nocturna, los negocios y la economía establecida se pone en riesgo de quiebra.

Ya se puede constatar claramente cómo los estacionamientos, bares y los centros de diversión están más vacíos que de costumbre. La gente prefiere ahora tomar en su casa que arriesgarse a que después de dos chelas tengan que pagar sabe cuantos miles de pesos de multa por encontrarse a un oficial de malas y sin sentido común. Esto no beneficia ni a los bares ni a los negocios como tampoco ayuda mucho a los taxistas quienes en teoría serían los que se llenarían las bolsas con los borrachines que andan a pie. Sin gente no hay ventas para nadie.

Este programa anti-borrachín para la gente mal pensada podría sonar como  un negocio de algún funcionario que vio en los alcoholímetros una mina de oro. Solo con ver las multonas que se aplican se da uno cuenta del potencial de corrupción.

Me pregunto yo si no sería más efectivo desarrollar un programa integral permanente que concientice principalmente a los jóvenes bebedores sobre el abuso de sustancias como el alcohol. Un programa que aplique multas, obligatoriedad de infractores de asistir a servicio social y tomar programas de prevención.

La solución no es andar cazando como patos a todo aquel que quiera divertirse porque, como lo indiqué, ello acabará muy pronto con la esencial vida nocturna de Tijuana.

Tijuana, especialmente su centro, apenas se está recuperando después de una larga sequía de turismo y con este programa aparentemente mal aplicado, lo poco que se estaba recuperando otra vez provocará el cierre de muchos negocios nocturnos como los de la Calle Sexta.

Insisto, no estoy en contra de un programa de seguridad ciudadana tan importante como el alcoholímetro, sino cómo y cuándo se aplica. Hay que medir las consecuencias para los negocios, sopesar los beneficios y consecuencias que provoca cualquier programa de este tipo.

Espero como ciudadano responsable, que quienes están a cargo, moderen y revisen las políticas de la aplicación de este sistema de alcoholímetros antes de que por propia mano, pulvericen al turismo y la vida nocturna que aún sobrevive en nuestra ciudad.

Muchas gracias.

Toraijin Arendori

Tijuana, B.C.

Correo: atoartfilosografic@hotmail.com

 

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