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J. Jesús Blancornelas

Dejé todo en el hotel Fiesta Americana-Reforma del Distrito Federal y salí con las bolsas vacías al Reclusorio Oriente. “Nada más llévese dos identificaciones” fue la última de las advertencias que me hicieron, tan insistentes como las dos anteriores: Ni pantalón ni camisa kaki porque de esa tela visten los internos. Tampoco botas ni botines.

Alguien dijo a los custodios que llegaríamos y, contrario a todos los visitantes, nos permitieron pasar por alto la revisión que era obligado hasta desnudarse. Estaban avisados a quién íbamos a ver y por eso fueron muy amables. Entregamos una identificación a la entrada de un largo túnel y otra al final, donde inmediatamente nos encontramos, asombrados, en un enorme y limpio patio. Los pequeños árboles frondosos –creo que “benjaminas”– eran como un adorno a la inexplicable tranquilidad. Ni gritería, ni maldiciones, ni pleitos. La gran mayoría de los presos en pequeños grupos platicando y otros jugando amistosamente basquetbol.

Pasmado, porque esperaba todo lo contrario, ni siquiera me di cuenta que un reo se emparejó a nosotros. Luego otro, uno más y dos que tres hasta formar un círculo y a señas, sin palabras, nos llevaron hasta el restaurante. Nos indicaron sentarnos junto a la mesa al fondo y en la esquina. Luego formaron un semicírculo algo así como de tres metros a la redonda. Unos los teníamos de frente y otros nos daban la espalda, indudablemente para garantizar nuestra seguridad.

Después supe que nadie más ocupaba ese lugar. Era el más limpio. Pared, piso y mesa. Un hombre se acercó con un cajón de bolear y sin yo pedirlo empezó a sacar lustre a mis zapatos. Otro nos trajo un Sidral al tiempo que nos decía “¿…o quieren otra cosa? ¿Almorzar? ¿Unos huevitos revueltos o un platito de frutas? El cocinero ya tiene la orden del jefe. Lo que Ustedes quieran”. Nos quedamos solamente con la bebida a pesar de la insistencia.

“Ahorita viene el señor”, dijo un reo y efectivamente, apareció por la única puerta al patio. Altivo, bien peinado, perfumado, vestido del mismo color que los prisioneros, pero de un delgado casimir inarrugable. Aunque no estaba permitido, traía botines cafés bien lustrados. Saludó con caballerosidad y sus manos estaban tan delicadas como las de un ejecutivo. A mi compañera reportera le pareció muy guapo, “tiene todo para ser artista de cine”. Yo le vi pasta de playboy. A nosotros nos hablaba en español, y aunque sus hijos eran latinos, a ellos se dirigía en inglés.

En aquel 1978 nunca me imaginé que estaría frente al renombrado y poderoso narcotraficante cubano-americano Alberto Sicilia Falcón. Tenía su historia: En tiempos de Kennedy participó en la estrategia para invadir la isla habanera y sacar a Castro. Fracasado el plan de Bahía Cochinos y muerto el presidente norteamericano se metió de lleno a la mafia.

Cuando lo detuvieron ocupaba un esplendoroso chalet en el más pudiente fraccionamiento tijuanense, pero pescaron a su gente. La interceptaron en la Garita Internacional Tijuana-San Ysidro, California con un camión repleto de cocaína. Serio y visiblemente molesto, Sicilia nos contó que lo traicionó el ex-Secretario de Gobernación, Licenciado Mario Moya Palencia, dándonos a entender que estaba de acuerdo con él. También nos contó que pagó para excavar un túnel y se fugó de la prisión de Santa Marta Acatitla. Que lo capturaron a los pocos días y lo torturaron hasta romperle las espinillas y nos las enseñó.

Luego nos explicó el por qué nos pidió verlo. Quería que le escribiéramos un libro de su vida. Arreglaría para que pudiéramos visitarlo cuantas veces quisiéramos y a cualquier hora. “Mi gente allá afuera”, dijo, nos daría más información. No le gustó mucho cuando le advertimos que necesitaríamos entrevistar a otras personas o funcionarios para confirmar sus versiones y obtener más datos oficiales sobre su captura, encarcelamiento, fuga y reencarcelamiento.

En eso estábamos cuando hizo una seña y la valla de reos empezó a moverse hasta formar una recta hacia la puerta. Nos invitó a salir, caminamos en medio del escudo humano y luego fuimos platicando por el patio. Uno, dos, tres, más querían acercarse para decirle algo, pero no se necesitaba preguntar que primero debían consultar a uno que actuaba como secretario. Solamente lo permitió a dos. Uno le pidió “atender a mi mamacita allá afuera, que está enferma” y otro le habló tan cerca al oído que no escuché, pero por las instrucciones que dio, a los dos les concedió el favor.

Entramos a la zona de celdas y llegamos hasta la suya. Era más grande, como que habían derrumbado una pared para hacer de dos una. Olía a lavanda. Una gran cama de colcha rosa con sus varias revistas desperdigadas, un radio de banda civil y sus respectivos burós. Lámpara y radio en un uno. Teléfono y agenda en otro. Televisión. Una pequeña pero limpia cocina con su respectivo comedor de cuatro sillas. Cuadros y banderolas en la pared pintada de un café tenue. Un librero. Los periódicos del día. También su baño, regadera y sanitario.

Nos enseñó varias libretas con apuntes de su puño y letra en muchas hojas y también fotos muy interesantes. Aunque estábamos solos se acercó para decirnos en voz baja: “El libro lo escribo yo, pero Ustedes lo firman… ¿no?” Y otro no, fue la respuesta. Calmado nos dijo que lo pensáramos. Que no había prisa. Que ya tenía contratada la empresa editora. Que cuando nos decidiéramos le habláramos a Fulano y todo se arreglaba.

Bastó que se diera la media vuelta para que los protectores abrieran paso y en el patio se repitió la escena de las peticiones. Nos acompañó hasta la boca del túnel y amablemente se despidió. A mi compañera le dio un beso en la mano. Los policías nos entregaron rápidamente nuestras identificaciones y poco faltaba para que se nos cuadraran.

Afuera nos esperaba un hombre que no habíamos visto. Solamente nos dijo que tenía instrucciones de llevarnos al hotel y lo hizo sin que hubiera palabra de por medio en el trayecto. Naturalmente, no escribimos el libro y jamás volvimos a verlo. Todavía está en prisión.

Recordando aquellas comodidades, su vida placentera, los custodios y reos a sus órdenes, alimentos y todo lo que quisiera a su disposición, me viene a la mente Raúl Salinas de Gortari ahora que lo trasladaron de prisión. Creo que poco a poco irá teniendo las mismas o más comodidades. El mismo o más poder y que no durará allí los cincuenta años.

A mi entender, le favorecerá el cambio de Presidente en el 2000 aunque sea de la oposición. Y ni de broma piensa fugarse. ¿Para qué si en estos momentos está mas seguro y cómodo adentro que afuera?

Tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 20 de abril de 1999; propiedad de Jesús Blancornelas.

 

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