Repudio
Rosario Mosso Castro
Descontento e ingobernabilidad son las palabras que definen el proceso de renovación de poderes en estos días en México.
Con candidatos inhábiles, seleccionados por intereses y dedazos, electos por el hambre o el miedo de paupérrimas mayorías compradas, en medio de elecciones envueltas en la narco-política, con costosos institutos y tribunales que en nada abonan a la democracia, las manifestaciones de inconformidades se están convirtiendo en el pan de cada día.
El repudio y la rabia ciudadana toma formas cada vez más violentas e inverosímiles,
Los pomposamente llamados representantes de elección popular, definitivamente ya no son tan populares.
Sus decisiones (diputados y senadores), incluso, sus tomas de posesión (alcaldes) no están siendo bienvenidas. Impunidad, la ausencia del estado de derechos y falta de autoridad en el país entero, está degenerando en actos barbarie.
Así es difícil definir una autoridad, moral y formal capaz de existir. En la clase política recién llegada, cuando Ignacio Jesús Valladares, alcalde de Teloloapan, Guerrero, puede ser acorralado, amenazado y evidentemente intimidado –al punto de reconocerse amigo de un cabecilla criminal– por hombres que se identifican abiertamente como integrantes del grupo delictivo La Familia, mientras es vídeo grabado.
Cuáles son las expectativas de los gobernados cuando una turba enfurecida puede quemar el palacio municipal, la casa de la cultura, patrullas y la cárcel distrital, como sucedió la noche del 30 de septiembre de 2012 en Motozintla, Chiapas, porque no estuvieron de acuerdo con que el candidato del partido Verde Ecologista, Óscar René González Galindo fuera validado como nuevo alcalde por el tribunal electoral.
Cómo se puede hablar de estado de derecho con gobiernos municipales, estatales y federales que permiten, un día si y otro también, que a decenas de niños les sea negado el derecho a la educación en la comunidad Nueva Jerusalén en Michoacán.
Dónde está la paz social cuando un puñado de estudiantes de la normal rural de Tiripetío secuestraron cuatro camiones que transitaban en la carretera Morelia-Pátzcuaro, para conmemorar la matanza de estudiantes del 2 de octubre.
Con qué cara pueden los políticos hablar de seguridad mientras filtran información señalando que los policías federales que balearon “por una confusión” a funcionarios de Estado Unidos en Tres Marías sobre la carretera México-Cuernavaca en agosto de 2012, servían a los narcotraficantes identificados como Hermanos Beltrán Leyva.
O hasta dónde se puede confiar en diputados que al aprobar una reforma laboral incompleta –a la que de ninguna manera se le puede dar el beneficio de la duda– están más preocupados en los intereses de empresarios y sindicatos que en las necesidades de sus representados.
Y cómo se puede respetar a senadores que deciden no ver ni escuchar a los ciudadanos plantados en las afueras de su recinto oficial, y de plano deciden huir en carros oficiales y esconderse en una “sede alterna” para ignorar con mayor tranquilidad los reclamos comunitarios, en lugar de aceptarlos y analizarlos.
Definitivamente, la semana que termina se ha convertido en un muestrario espeluznante de las malas capacidades y calidades de la nueva camada de políticos que conducirá las riendas del país y de su sociedad durante los próximos trienios y sexenios.
Pero sobre todo, ahí está la evidencia fehaciente de que el fastidio ciudadano tiene límites que la incapacidad e indolencia de los políticos provocan día a día en este país.
Si bien las quemas y la destrucción no son manifestaciones aceptables de protesta, lo que los políticos están obligados a reconocer es que el mensaje implícito es la temeraria inconformidad ciudadana que en diciembre despedirá a Felipe Calderón Hinojosa y recibirá a Enrique Peña Nieto.








