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J. Jesús Blancornelas
La Logia Masónica
Más vale tener una gallina mañana, que un huevo hoy.
Refrán poco conocido.
Era un edificio pintado de gris y, si mal no recuerdo, arcos de puertas y ventanas con un filo de rojo cenizo. Dicen que lo construyeron e inauguraron en 1926. Pero en 1960, y hasta sus últimos días, no tenía reja al filo de la banqueta y normalmente, el jardín lucía descuidadón.
Estaba en la esquina de la Avenida Reforma y “D” en Mexicali, y era el respetable local de la Logia Masónica. Tenía enmosaicado su salón principal con un cuadro blanco y otro negro. Su cortinaje interior, aunque desgastado, impresionaba. El tiempo, la modernidad y el viento se lo llevaron. Ahora está allí el restaurante Villa de Series y la calle ya no se llama “D”, sino Gastón Salazar.
Pero ni el tiempo, ni la modernidad ni el viento, borraron los recuerdos de tantas cosas que allí pasaron. Imagínense: El que fuera Gobernador de Baja California, Sonora y hasta Presidente de la República, Don Abelardo L. Rodríguez, inauguró el local. Los pioneros de Mexicali bajo su techo. Los actos notables. Las decisiones políticas. Los quince años, las recepciones de bodas, los acuerdos sociales importantes. ¡Uuuy!, tantas cosas.
Como por ejemplo, aquella de 1968.
Por edificio respetable como seguro, fue donde llevaron las urnas después de las elecciones municipales. Era entonces cuando duraban guardadas una semana hasta abrirlas al domingo siguiente de la votación y empezar a contar los votos. Pero entonces todo mundo, incluyendo los priístas, sabía que el panista Norberto Corella había ganado la Presidencia Municipal mexicalense. Por primera vez, en el Partido Acción Nacional (PAN) se organizaron y lograron tener en sus manos las actas que así lo comprobaban. Siempre, y antes, se las escamoteaban los del PRI, que no sólo controlaban las casillas, sino toda la votación. Aquel 1968, como ya era costumbre y para más seguridad, el Ejército rodeó el edificio masónico.
No entraba ni salía nadie. Mañana, tarde y noche, los mexicalenses pasaban por allí echándole un ojito al edificio y siempre vieron todo en orden. A lo mejor hubo quien no despegó el ojo de allí toda la semana y, la verdad, jamás vio nada irregular. Pero a la hora de abrir las urnas –“¡sorprais!”-, todas las boletas y todas las actas estaban a favor del PRI. Ni una sola a favor del PAN. El candidato “ganador” fue el priísta Gilberto Rodríguez, entonces propietario próspero de Casa Carmina, restaurante y bar de prosapia y fama en la Avenida Reforma. ¿Cómo fue que sucedió tan increíble falsificación de boletas y actas?.
Con el tiempo se supo: El autor fue Federico Rioseco, hombre de todas las confianzas de Oscar Baylón Chacón, entonces Presidente del PRI. A este hombre le dieron, de su medida exacta, nuevecito uniforme de soldado.
Llegó al edificio de la logia. Entró como Pedro a su casa y durante dos días y medio, con sus respectivas noches, permaneció en el salón principal de la logia abriendo urnas, sacando boletas y actas a favor del PAN, destrozándolas para depositar otras a favor del PRI, que él mismo se encargó no sólo de marcar como si fuera volante, sino de suplantar las actas con su puño y letra, como si fuera funcionario de casilla. Después de dos días y medio, salió como si nada. Vestido de militar, nadie sospechó de él. Se fue primero con su jefe, Oscar Baylón Chacón, para reportarle “sin novedad” y luego a dormir, tras sus dos noches de vela. El problema tronó cuando las urnas se abrieron y las actas eran diferentes a las que tenían los panistas. Las autoridades electorales, formadas sólo por priístas, las dieron por válidas.
El escándalo fue enorme. Tan enorme, que el Licenciado Luis Echeverría Álvarez dio órdenes a los diputados locales: “Anulen la elección y nombren a un Concejo Municipal encabezado por un priísta”. Los diputados se metieron en problemas porque el PAN publicó la lista de sus actas. Entonces decidieron desconocer al candidato realmente triunfante, Norberto Corella, según eso porque había nacido en Estados Unidos.
Los panistas comprobaron que a los 18 años renunció a la ciudadanía norteamericana, prestó su servicio militar nacional y estaba todo en regla. Pero no les valió. Lo desconocieron y punto. El trabajo de Federico Rioseco fue tan bueno en su papel de falso soldado, que luego el PRI nacional se lo pidió prestado a Baylón Chacón y lo trajeron por varios estados del país. Cuando derrumbaron el viejo edificio de la Logia Masónica mexicalense, muros, techo y enmosaicado del salón principal se llevaron la triste historia de la falsificación electoral. De Federico Rioseco no se supo más.
Por lo menos en política desapareció, como el monumento masónico.
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