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El besito
Apenas empezaban a caminar. Los conocí en una fiestecita de niños hace más de 20 años. Ella hermosa. Con unas pestañotas resaltando sus ojos azules. Chapeteada. Vestida ahora sí que como muñeca. Inquieta. Por eso se iba de lado o espaldas cuando estaba sentada. Y é1, chavalito simpático. Le recuerdo con pantaloncito de pechera. Rellenito. Ojazos negros. Boca y labios finitos. Vivaracho. Quién sabe por qué les dio sentarlos como si fueran parejita. Al padre, la madre o los dos matrimonios se les ocurrió decir: “¡Qué curiositos¼ hasta parecen novios chiquitos!”. Y como para ponerlos a tono, alguien les tomó las manos. Uno y otra se las apretaron seguramente sin saber por qué. Con eso de que los chamacos todo agarran. Alguien dijo por allí: “Vamos a tomarles una foto”.
Y salió la histórica Polaroid. Luego escuché cuando alguien les decía “a ver¼ a ver¼ una sonrisita”. No faltó el “mirando para acá¼ pajarito, pajarito”. De repente, la madre del chamaco le dijo-ordenó: “Dale un besito, a ver, dale un besito”. Hasta que el escuincle hizo caso y ¡pas! En el mero cachete. Gran aplaudidera. Por eso “¡hay que tomarles una foto!”, le insistían al nene. También a la muñeca. Hasta cuando llegó un momento increíble. Voltearon sus caritas al mismo tiempo. Se besaron. Tuvo fortuna el de la cámara dar el click en ese momento. Total. La foto al álbum. Y en cada fiesterita relucía. Ya cuando niños en kinder y primaria, seguían repitiendo el momento aquel. Hasta que terminaron noviando. Todos en el vecindario sabíamos de su romance. Por las tardes cuando salían de la escuela secundaria, llegaban sudando mano. Seguramente en el camino algún besito rápido. Nada cuando la dejaba en su casa. Todo mundo les saludaba y no faltaba quien dijera “desde chiquito se gustaron” o “nacieron para ser novios”, recordando aquellas fiestecitas infantiles. Cuando entraron a la preparatoria cambió el trato. Él no la soltaba. Caminando y abrazándola. Cuando veía a cierto vecino agachaba la cabeza. Su largo cabello casi rubio le cubría el rostro. Y él, sin retirar los cabellos, le plantaba largos besos en la mejilla. Alguna vez los vi. Nunca me imaginé cómo ya jovencitos seguirían igual cuando aquella fiesta.
Un incendio al lado de mi departamento me obligó a la mudanza. Nos dolió salir de aquel rumbo. Estaba a un paso del bulevar principal. Era tranquilo el ambiente. Mercadito en la esquina. Calle cerrada para el juego libre de chamacos. Cerca iglesia y hospital. Seguido nos faltaba el agua como en todo Tijuana, pero vivíamos muy a gusto. Con rumbo distante, ya no vi a los enamorados. Pero me imaginé que seguirían con su romance. Hasta pensé: “Cualquier día de estos llega invitación para la boda”. Pero en lugar de pliego, aterrizaron amargas novedades. El joven salió de la preparatoria sin avisar. Dejó a la madre llorando al abandonar su casa. Se fue a un departamento bueno. Cuarto y último piso. Rumbo mejor. Dejó playera blanca y pantalón livais de todos los días. Ahora camisas de seda, pantalón negro de casimir. Hasta el corte de pelo se cambió. De normal exigido en la escuela, al moderno sin caer en la extravagancia. Lo que sí me sorprendió: Sus padres no tenían ni para comprarle una bicicleta buena. Y ahora él andaba en camioneta Explorer nuevecita. Relumbrante. No faltó quien viniera a decirme: “Lo vieron en la discoteca con una güera bien guapota”. Y pagaba sacando un fajo de dólares. También supe que se las esnifebeaba en el baño. Traía siempre para él y repartir. No hacía falta consultar a las estrellas, algún instructivo de conducta juvenil o preguntar. Estaba claro. El chaval aquel segurito andaba con los mañosos del narcotráfico. Pensé: A lo mejor y hasta matando competidores. Estaba de moda.
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Después de todo aquello pensé: “¿Y la muchachita?”. Se me hacía difícil preguntarle. Pero a veces las respuestas le caen a uno sin buscarlas. “Siguen siendo novios”. Iba a soltar un “¿¼ pero no se da cuenta en los pasos que anda este muchacho?”. La respuesta me estremeció: “Ella lo quiere mucho. No le importa”. Por mi trabajo, las malas y feas noticias me llegan pronto. El muchacho fue detenido pasando la garita internacional. Los gringos de Migración le descubrieron cocaína. La llevaba escondida en el respaldo del asiento. Fue encarcelado en la prisión federal de San Diego. Luego a la Corte. Rápidamente sentenciado y acarreado a una prisión de Texas. Como ya no eran novedad captura y motivo, los periódicos dieron cuenta con una notita perdida. Pero fue tan fatal como un epicentro. Derrumbó a la noviecita con todo y familia. No se diga a los padres del fulanito. Pero aquella desgracia no vino completa. La muchacha quedó embarazada. Creí que sería corrida de su casa. Pero los padres tuvieron compasión y la atendieron. Afortunadamente, el alumbramiento fue preciso y en el hospital cercano a su casa, pegadito a la iglesia. Dicen que el bebito a los pocos meses, era una preciosura y se parecía a ella. También ojo azul. Los abuelos le tomaron cariño. A ella el embarazo le sentó. Se puso más guapa y su cuerpazo no parecía como recién parida, sino concursante de belleza. Hubo valientes buscando su amor. Otros deseosos ni se le acercaron por temor al encarcelado y sus amigos libres. Por eso se supo: “Ya dijo que esperará a que salga su novio”. Los padres bondadosos aceptaron tal decisión, sumada a la de “¼ en cuanto regrese, se casarán”. Ella estaba convencida. En cuanto quede libre, entenderá muy bien todo y dejará toda la maldad atrás. Prisionero en Texas, luego lo mandaron a Wisconsin. Y de allí hasta una cárcel de Arizona. Para su fortuna, en todas había mexicanos. Los más igualitos a él en delito. A los interrogatorios luego de capturado, siguieron otros en cada cambio. Luego al convencimiento: Libre inmediatamente a cambio de contar quién le cargaba con droga y a dónde la llevaba. Todo esto lo supe por espaciados carteos entre la pareja. Cada correo alegraba tanto a la muchacha hasta contárselo a todo mundo.
El chaval decidió hablar de sus cómplices. Como dicen por allí, dio santo y seña. Por eso le cumplieron dejándolo libre con la advertencia: No podría salir de Estados Unidos como testigo protegido. Por eso días después de comunicarse con su novia, le dio su dirección y promesa para casarse en cuanto pasara a Estados Unidos. Ella se dispuso a organizarse. Pero él no se aguantó. Cierta noche cruzó la frontera. Vio a su novia. Conoció al niño. Acordaron empacar para salir al otro día. Mientras iría el joven a casa de sus padres. Pasaría la noche con ellos. Pero no alcanzó a verlos. Ni media cuadra había caminado cuando se le emparejó una Suburban. Bajaron dos. Dicen que uno se puso por adelante con ametralladora, sin dispararle, y otro atrás, le dejó ir tres tiros. Cabeza, nuca y espalda. “Por soplón”, dijeron policías al verlo tirado. Sus padres lo vieron deshilachado en la banqueta. “Ajuste de cuentas”, publicaron los periódicos. Fue terrible. La muchacha casi se volvió loca. Y después del entierro no salió a la calle para nada. De eso hace como dos años. Hace poco supe: Le dejó el hijo a los padres. Unos dicen que se fue para Guanajuato. Otros a Zacatecas. Lo único cierto: Entró a un convento. Quién sabe dónde quedaría la foto aquella cuando niños y besándose.
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