
El Grito
Adela Navarro Bello
Acaso el grito menos escuchado en estos aciagos tiempos mexicanos, será el de emular al cura Miguel Hidalgo para hacer un llamamiento al levantamiento en armas y la lucha por la independencia. Quizá el grito más socorrido estos días, será el de la desesperación. Política, social, de seguridad, de tranquilidad.
México, en efecto, está para dar de gritos. No en son de fiesta, de recuerdo, nostalgia o patriotismo, sino en un dejo de liberación por lo que sucede alrededor de cualquier escenario posible en esta tierra de mosaicos.
Un grito fuerte, es un llamado a terminar ya, los conflictos postelectorales. Sería mucho, muchísimo pedirle a Andrés Manuel López Obrador que cambie su estrategia, que debata con las ideas, predique con el ejemplo e imponga con la razón lo que quiere ganar en el campo de la presunta rebeldía civil.
Es un hecho que a gritos no se le puede desplazar de los campos de concentración amarilla que él mismo ha creado a fuerza de terquedad, pero también lo es, que México es de todos, y que la lucha que inició debería tomar un sesgo más serio, más político y más eficiente, fuera de las calles y cerca de las instituciones.
El grito de Andrés Manuel se escucharía mejor si por ejemplo, se convirtiera no en un gobierno alterno, pero sí en el crítico oficial de la función pública federal. Ayudado por sus legisladores en las dos cámaras y sus gobernadores, puede cambiar o por lo menos reformar partes de las leyes que hoy, le guste o no, nos rigen y determinaron que la voluntad ciudadana eligió a Felipe Calderón Hinojosa.
El grito del Presidente electo es otro boleto. Es un aullido de temor. Un lamento mexicano, una llamada de auxilio, un arrebato de paranoia. Al pobre Calderón no lo dejan ser Presidente. Su partido por estorboso, el PRD por no dejarlo, y el PRI porque quiere sacar tajada en la negociación.
Felipe Calderón parece gritar de un lado a otro mientras se esconde, se escabulle, se mete a los actos oficiales por la puerta trasera, conoce México desde el cielo, dado que no se atreve a recorrerlo caminando por el temor que los pejistas le saquen un susto. El pobre Presidente electo ya se ve avejentado y todavía no toma protesta, lo cual es un temor en sí mismo.
Vicente Fox, el todavía Presidente, es quien debe dar gritos de gusto, nada más saber que ya terminó su administración, que ya podrá retirarse a su rancho sin tener que aguantar a todos esos mexicanos y mexicanas que no estuvieron de acuerdo con su gobierno. Que lo injuriaron, que se burlaron de él, que lo criticaron y lo denigraron aprovechando sus limitadas capacidades lingüísticas.
Aunque el grito de gozo de Vicente, tal vez será opacada del grito de frustración de su señora esposa, doña Marta Sahagún, que todo indica, no dejará el poder por gusto sino por obligación, aun con la amenaza de seguir trabajando por los pobres, con sus vestidos de marca al último grito de la moda internacional.
El peor grito, definitivamente correspondería al Partido Revolucionario Institucional. Un grito de agonía, de sufrimiento, de ahogamiento, de incertidumbre y derrumbe. Un grito sin esperanzas y sostenido por los resultados tan pobres que obtuvo en las últimas elecciones.
En Baja California el panorama no es menos desastroso. Mientras los ciudadanos, sobre todo los tijuanenses, gritan de desesperación e impotencia ante la terrible inseguridad en la que residen, los empresarios claman en un grito de dolor por la liberación de familiares, amigos y conocidos.
Las autoridades gritan puras tonterías y estadísticas engañosas, cochinas y falseadas. El Gobernador Eugenio Elorduy grita de placer al ver que su partido le obedece, que seguramente sus candidatos serán tales y que está empeñadísimo en ganar la elecciones de 2007.
La Botarga Municipal que tenemos como Alcalde en Tijuana, también da sus grititos, delicaditos, medio agudos, con entonación festiva y a cada rato.
Las fiestas le ameritan.
Total, muchos gritos pero ninguno para conmemorar.
Feliz día de la Independencia.
Si es que algo hay que festejar.
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