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Las dimensiones de Simonetti
A casi tres años su obra “Madre que Estás en los Cielos” sigue en el gusto de lectores, luego de que la muerte de quien lo trajo al mundo, desatara en el autor chileno un torrente de inspiración.
Luis Carlos Sáinz
Aún disfruta, difunde y redescubre su novela “Madre que Estás en los Cielos”, y el escritor chileno Pablo Simonetti continúa trabajando en su nueva obra, “La Razón de los Amantes”, para que pueda ser presentada en septiembre próximo.
Con apenas diez años como profesional de la literatura, el espigado hombre de 46 años mantiene fresco el recuerdo de la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara, como el de la primera vez que vino a México en 1999, cuando Chile fue el país invitado de honor.
Entre las más emocionantes anécdotas de su primera visita a México, Simonetti recuerda cómo, sin ser aún escritor, conoció en Guadalajara a su compatriota Sergio Pitol, quien le tendió la mano para que decidiera inclinarse por las letras, luego de dedicarse a la ingeniería durante 35 años.
En esa ocasión vino a la Meca literaria acompañado de su amiga Carla Guelfenbein, hoy en día destacada escritora chilena, aunque en ese entonces era desconocida.
Pablo ya había escrito sus primeros cuentos en 1996, cuando dejó atrás siete años de laborar como ingeniero civil para una empresa privada. Ese mismo año consiguió el segundo lugar en un prestigioso concurso de cuentos con Peter Faraday y al año siguiente logra el primer lugar con el más afamado de sus relatos, “Santa Lucía”.
Una serie de sus cuentos se publicaron por primera ocasión en un volumen editado por Alfaguara en 1999, bajo el título “Vidas Vulnerables”, que mereció la Mención Especial del Premio Municipal de Santiago.
En 2004, Pablo Simonetti sorprendió a los críticos de la literatura con su novela “Madre que Estás en los Cielos”, cuyo personaje principal es Julia Bartolini, una mujer de 77 años condenada a muerte por una enfermedad terminal.
Se trata de una historia de amores filiales, rupturas familiares y redención. Una verdadera lección de vida, en la que Julia, en vez de buscar un paliativo para sus dolencias, hace una retrospectiva del camino que siguió su vida y de cómo sus hijos se fueron distanciando entre ellos, sobre todo del que era homosexual.
Pablo escribió la historia al poco tiempo de que murió su madre y, como coincidencia, nunca ha negado su homosexualidad, pero aclara que no se trata ni de su vida, ni de la de su madre o familia.
La novela ha sido un éxito total en toda América Latina, con más de 30 mil ejemplares en 15 ediciones y se ha traducido a cuatro idiomas: portugués, italiano, holandés y hebreo.
El escritor habló para los lectores de ZETA y esta es la entrevista:
– ¿Cómo la muerte de alguien tan cercano, de un ser querido, desencadena un libro, una novela?
“Verdaderamente, el momento de la muerte de mi madre es un golpe fuertísimo, porque además fue algo repentino. Como te digo, no lo esperaba. Ella hasta ese día estaba muy sana y en dos semanas murió. Y la impresión fue enorme, y lo otro es que sentí la diferencia que teníamos todos los hermanos respecto a su muerte. Y también el interés de ella de dejar arreglado el recuerdo, la memoria, porque hablaba con cada uno de nosotros y nos pedía algo, con respecto a otro hermano, con respecto a nuestro padre.
“Entonces, fue un chispazo de una fuerza enorme. Yo, eso sí, dejé pasar dos años antes de escribir algo, aunque ya al poco andar de la muerte de ella, ya había imaginado la novela, pero claro, no tenía la distancia, ni la tranquilidad, ni el ánimo, porque su muerte me desanimó mucho. Estuve un año con las defensas bajas, como decimos en Chile, así que pasaron los años y empecé a escribir; la escritura fue bastante torrencial, la voz de mi madre estuvo ahí presente, aunque los conflictos que relato no son los conflictos de mi familia y las cosas no ocurrieron de esa manera, pero está verbalizada. Yo sí la tomé de ella y me impresiona hoy cuan viva la guardaba”.
– ¿Te metiste en su voz de alguna manera?
“Mira, en la novela hay mucho de mí, pero que está pasado por un gran velo, por un tamiz y que al otro lado de ese tamiz, de ese velo, surge una voz propiamente femenina y también anciana. Una mujer de 77 años. Muchas de las cosas de ahí, seguramente mi madre nunca las llegó a pensar, ni las llegó a imaginar de esa manera. Pero el gesto del pensamiento, el gesto del padre, están presentes”.
– ¿Refleja tu novela a Chile y la sociedad burguesa de esa época?
“No. Yo me planteo una novela, una historia, pero tiene varias dimensiones. No está solamente la dimensión dramática; es decir, la secuencia de la trama, sino que también están las dimensiones psicológicas de los personajes, su mundo valórico, las pertenencias sociales, el momento histórico, el momento político. Todo esto contribuye a darle muchísimo mayor contraste a cada personaje y también a la historia.
“Dado un cierto tema o cierto grupo de personajes, yo tengo que alcanzar la mayor cantidad de dimensiones posibles y como decía en algún momento, alcanzar los límites de este marco que yo mismo he compuesto, pero no dejar lugares inexplorados y en ese sentido, por supuesto, la novela en Chile, en Argentina y en Brasil se ha leído como un retrato de la clase alta, de la clase media alta o de la familia burguesa o alto burguesa y, en otro sentido, se ha leído también como una representación de la apertura que hay al interior de la familia chilena.
“En la familia chilena hay una cierta vocación por el secreto. Hay ciertas historias no oficiales que son apartadas de la historia oficial principal de la familia. Nosotros somos así. Somos una familia de este tipo. Los hijos ilegítimos, los hijos homosexuales, las mujeres que tuvieran relaciones prematrimoniales e hijos fuera de matrimonio, todas esas eran apartadas de la historia oficial. Y en ese sentido, hay un retrato, sí, de esta vocación por el ocultamiento que tuvo la familia chilena durante el Siglo XX”.
– ¿Qué tanto hubo de esto en tu familia y qué influencia de Ustedes tienen tus personajes?
“Una vez que empiezas a crear, le empiezas a agregar ciertas características, ciertas virtudes, ciertos defectos, acentúas unos, disminuyes otros y además empiezan a ocurrir las cosas en la novela; inmediatamente tu personaje empieza a ser afectado, aunque el chispazo original de Julia sea mi madre, a la página veinte ya es una persona completamente distinta porque ya le han pasado cosas distintas, está sufriendo una enfermedad distinta a la que sufrió mi madre, la enfrenta de una manera distinta de cómo la enfrentó mi madre.
“Por ejemplo, en el caso de Andrés, que podría ser el chispazo original de mi persona, pero yo nunca llegué a quebrar con mi familia de esa manera, nunca me fui a vivir 25 años fuera de Chile, mi proceso de salida del closet fue completamente distinto en el sentido de que fue más pacífico, con otros dolores. Ahora, ¿qué es lo qué me pasa a mi?, que los personajes empiezan a orbitar sobre el núcleo que yo guardo dentro y empiezan a generar, no sé, como decir una nebulosa en torno de ellos ¿no? Y después interactúan. Entonces, empiezan a llamar a sus propios conflictos y el tono del conflicto se exacerba en cierto sentido.
“Además de eso, subrepticiamente los escritores lo que hacemos es darle un sentido a la realidad y a las cosas. La vida es muchísimo más fragmentaria, con menos sentido. No tiene una lógica narrativa. Entonces, si yo contara la vida de mi familia, más que seguro, hubiera entregado algo sin las alturas dramáticas que esta novela alcanza, y sobre todo como si un suceso se uniera con el otro en una corriente de sentido”.
– ¿Cómo te ha tocado el éxito, cómo ha transformado tu vida?
“Sigo integral. Lo que hago es que le asigno un valor y un tiempo a cada etapa de mi vida. Digo, ya, la próxima semana voy a hacer prensa y después me escondo y digo, no tomo nada (no acepta entrevistas), porque realmente la prensa, el éxito, la conversación y el contacto es inevitable que sean algo superficial ¿no? Aunque uno se sienta muy halagado. Definitivamente, yo me empiezo a volver en una máquina de hablar, más que de sentir. En una máquina de hablar, más que de escribir y de meditar, y de razonar y de abstraerme.
“Yo me siento feliz cuando estoy escribiendo abstraído del mundo o leyendo los tantísimos autores que me gustan. Entonces ahí estoy ‘en mi salsa’, como es un dicho que tengo allá en Chile, aquí el estar dentro de la salsa sería un poco picante. Pero es como ‘estar en mi salsa’. Entonces, cuando me sacan al mundo real, al mundo de la promoción, de la exhibición de mí mismo, al poco andar, a las pocas semanas, al mes o qué sé yo, empiezo a sentir un vacío muy grande porque ahora yo estoy hablando contigo y me siento el hombre más considerado del mundo y quiero más, y quisiera salir en un programa de televisión con cinco cámaras simultáneas ¿no? Pero después quisiera que fuera con diez, después quisiera estar, no sé, dando el discurso principal en la ONU.
“El ego no tiene ningún límite, un animal absolutamente insaciable y mientras más come, más necesita. Y cuando llegamos a estas alturas y se le deja de comer, le das de comer, inmediatamente baja la protesta enorme. Entonces lo que yo hago es mantenerlo a raya; es decir, esto no es para ti, esto es para la novela, lo saco de mí, y como te decía, trato de volver muy luego y lo más pronto posible a mi reducto y mi aislamiento, porque ahí con la literatura y con mis seres queridos, es donde me siento bien”.
– ¿Qué lees? ¿Cuáles son esos tantísimos autores que dices que te gustan o qué estás leyendo ahora?
“En este momento estoy leyendo una novela de Somerset Maugham, que escribe su primera novela en 1897, las últimas en 1950. Es un escritor inglés muy longevo y que escribe a lo largo del tiempo. Este libro que leo se llama ‘El Estrecho Rincón’. Se trata de un doctor opiómano que vive en las islas tropicales del suroeste de Asia. Maugham me alucina. He leído en los últimos dos años todo lo que está traducido al castellano de él. Leo muchos artistas ingleses, tanto contemporáneos como Ishiguro, Kureishi, como tradicionales como Shakespeare, que ha sido una fascinación siempre; Austen y la generación ésta de principios de siglo, así como James Joyce.
“En esta etapa que tú me preguntas qué estoy leyendo, bueno estoy leyendo a Graham Green y a E.M. Forster, que escribió ‘La Mansión de Howard’, ‘Pasaje a la India’, ‘Una Habitación con Vista’, esa ha sido como mi dedicación. Yo leo los autores que me gustan, no leo por leer, a ellos los he leído enteros porque verdaderamente creo que son también unos reyes del estilo. El estilo para mí es algo fundamental y en ellos lo encuentro en todo minuto”.
– Por último cuéntanos, ¿cómo te tocó en tu vida el haberte cruzado con Sergio Pitol en aquella Feria del Libro de Guadalajara en 1999?
“Fue lo más maravilloso que hay, porque notas que un escritor, a pesar de la fama y del reconocimiento que ya había alcanzado Sergio Pitol, en ese minuto era capaz de fijarse en seres mínimos y de prestarle una atención a la vida que iba más allá de sí mismo ¿no? De que fuera un hombre que no se estuviera viendo a sí mismo y dijera ‘qué importante soy’, ‘qué buen escritor soy’, ‘qué famoso soy’, sino que estaba viendo todavía. Eso quisiera conservar en mi vida también. No perder la capacidad de contemplación y de tener todos mis sentidos despiertos, los sentidos sensibles ¿no? Esa capacidad de estar yo mirándote a ti y sentir de alguna manera lo que tú experimentas y sientes en este momento”.
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