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El olvido

J. Jesús Blancornelas

Lástima que no la hizo. Hubiera sido una buena película. Tal vez excelente serie de televisión. Pero quién sabe por qué no se decidió Epigmenio Ibarra. Me encanta el estilo de este hombre. Sobre todo con su “Nada Personal”. Exitazo de televisión. Desde entonces me recordó las maravillosas novelas de Luis Spota. Escribía con tino sobre la realidad mexicana. Endilgaba extraños pero pegajosos nombres a sus personajes. En realidad se trataba de políticos vivientes. Relataba virtudes y defectos. Cochupos y transas. Costumbres, secretos personales y relaciones sentimentales. Caprichos entre familia y amantes. Homosexuales en el gabinete presidencial. Maravillosa aquella su serie titulada “El Poder” empezando con “Palabras Mayores”. De cómo el Presidente en turno decidía a quién y cuándo heredaba el poder.

Epigmenio quiso filmar sobre vida y muerte de Luis Donaldo Colosio. Se enteró muy bien de tan dramático, inolvidable episodio. Cierto día me invitó a comer en su búnker sorprendente. Avenida Masaryk. El singular Polanco defeño. Sopa de fideos bien calientita. Luego pollo cocido. Dos, tres piezas. Limonada y de remate sabroso café.

Como jefe de la casa Epigmenio estuvo a la cabecera. No le conocía pero me cayó bien. Sonriente y sincero. Nada de fingimiento. Barbado desaliñado. Descorbatado. Quedé sorprendido: No siguió la costumbre defeña de quitarse el saco para sentarse a comer. Tampoco tomó ni me ofreció el obligado aperitivo tequilero.

No creí que supiera tanto de Colosio. Indudable. Certero. Seguramente le llevó buen tiempo enterarse. Habló de su proyecto. Entusiasmado. Hasta me enunció gustoso: “Jorge Volpi se encargará de escribir la historia”. Naturalmente esa era una buena noticia y garantía. Todavía no tenía muy claro quién haría de Colosio. Ni siquiera dijo nombres. Menos me atreví a sugerirlos. No era ni es mi papel. Tampoco la actriz para el difícil papel de Diana Laura, la finada esposa de Luis Donaldo. Pero sí me agradó escuchar: “Roberto Sosa puede ser Mario Aburto”. Hasta lo imaginé luego luego. Con overol en las maquiladoras. Viendo las figuras de cera. Noviando. Comprando la pistola en el taxi. Disparando. Sangrante al ser detenido. Y luego enchironado en Almoloya. Lector incansable.

Epigmenio habló con harto entusiasmo. Tanto que sin pedirlo me adelanté ofreciéndole ayuda. Eran los tiempos finales del zedillismo. Dos años atrás publicamos los editores de ZETA “De Lomas Taurinas a Los Pinos”. Un libro sobre el crimen. Detalles antes, durante y después del 23 de marzo de 1994. Nos llevó tres años investigar. Lo presentamos con una frase idea del excelente editor Rogelio Carvajal: “Hechos, no suposiciones”. Desde la confesión de Mario Aburto hasta los detalles sobre la tarea de fiscales especiales. Me imagino: Epigmenio lo leyó.

A la comida asistió otro invitado: Un ex guerrillero centroamericano. Relataba emocionado mucho de lo vivido en su revolución finalmente triunfante. Cuando hablaba se me figuraba verlo corriendo, pecho a tierra o agazapado echando bala con su paliacate al cuello. Barba crecida. Días sin bañar. Agotado. Medio flaco. Despertaba esa imaginación porque platicaba con ánimo. Le ponía mucho sabor. También estaba enterado sobre el asesinato de Colosio. Por eso de repente interrumpía y opinaba.

Mientras platicábamos de cuando en vez corregía o aumentaba Pedro Ocho Palacios. Único de los poquísimos coleccionistas de todo artículo, comentario o noticia publicada sobre el caso. Tiene un resumen excelente. Y en la misma mesa una dama joven. Casi no hablaba. Pero eso sí, escribía cuanto creía interesante de lo dicho.

Todavía no abandonábamos el comedor. Últimos sorbos de café. Pensé para mis adentros. “Epigmenio hará esa película. Estaba seguro. Más cuando la despedida. No fue definitiva. Todos quedamos de vernos otra vez para seguir tratando el tema. Cuando en adiós chocamos las manos pronunció “…te van a ver mis gentes por allá”, refiriéndose a Tijuana. Al poco tiempo me visitaron y los recibí en casa. Eran como cinco o seis. Pero no hablamos sobre Colosio. Durante buen rato nos metimos en el tema de indocumentados. Ya era otro proyecto. Hasta me dejaron un videocasete para ver las primeras escenas. Damián Bichir aparecía caminando entre una bola de trenes. Según eso en la frontera. Pero de Colosio nada. Nunca.

Lo recordé ahora en su cumpleaños y a punto de cumplirse trece de su asesinato en “Lomas Taurinas”. Los dos disparos. El tardado acarreo al hospital. Los médicos y las doctoras tratando de salvarle. La llegada de Diana Laura. El Obispo Berlié Belaunzarán auxiliándola. Aquel fin. Liébano Sáinz trepado en un escritorio anunciando el fallecimiento. Tan discutido traslado de Mario Aburto a México. Hace unos años reporteros defeños viajaron a Tijuana y regresaron. Buscaron novedades que no existieron. Pero tal vez aparezca por allí otra versión. A lo mejor como en años pasados. Fantasiosas. Estacionadas en lo imaginario. Rayando en la ocurrencia.

Recuerdo hace años antes y a inicios del foxismo. Cada día 23 de mes se apersonaba un puñado de priístas en “Lomas Taurinas”. Llevaban una o dos coronas hasta la estatua de Colosio. Discurseaban. Luego procesión hasta el edificio de la Procuraduría. Entregaban un escrito exigiendo aclarar el caso. Pero después  no más coronas, manifestaciones ni escritos. El PRI olvidó a Colosio. La plazoleta está abandonada. Es un cochinero. Hace tres años un fotógrafo de “Proceso” llegó allí. Fue bronqueado por drogadictos. Creyeron que les tomaba gráficas a ellos y no al monumento. Quisieron robarle su cámara. Hasta eso: Refugio de viciosos. Seguro de narcos. Lástima que Epigmenio no hizo la película. Hubiera aclarado más el caso y se respetaría más el lugar donde mataron a Colosio.

Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas”, propiedad del autor Jesús Blancornelas.


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