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Anonadado

Contrariedadez

Raúl Paredes y Hernández

Aunque existe confusión entre algunas personas por el significado de esta palabra para mí está perfectamente claro y en ese sentido la usaré como titular de esta columna porque estoy estupefacto, sorprendido…
Resulta que tuve oportunidad de ver a través de un canal serio de televisión una extraordinaria reseña sobre la construcción de la plaza de toros México. Esta vez no voy a abundar sobre mi gusto por “la fiesta”, sino que me quiero referir a lo que vi en dicho corto cinematográfico de gran valor documental.
La dirección de la monumental obra estuvo a cargo del ingeniero Modesto Rolland, quien asumiría durante su vida pública diferentes cargos de importancia en aspectos de planeación y obras públicas. Creo recordar que la constructora era la del ingeniero Beltrán Cusiné.
Me sorprendió la capacidad que demostraron este par de técnicos mexicanos para realizar, en aquella época, una de las obras de ingeniería –y arquitectura– más importantes de este tipo en Latinoamérica; la otra es el estadio de Maracaná en Río de Janeiro. Estamos hablando de los primeros años de los cuarentas.
En el documento filmado se aprecian los recursos técnicos con los que contaban estos profesionistas.
Siendo construida totalmente de concreto armado se requirió la colocación a diferentes alturas de miles de metros cúbicos del  material pétreo, sin contar con bombas neumáticas o mecánicas, las grúas que ahora oscurecen el cielo, ni con los camiones-revolvedoras que nos atropellan en nuestras calles.
Mientras que el colado de concreto que correspondía a la parte que quedó bajo el nivel de banqueta (20 metros aproximadamente) y sobre tierra firma, era de relativa sencillez pues consistía de piezas prefabricadas en el mismo sitio y arrastradas a su destino final; el elevar, colocar y sostener el concreto en los niveles superiores exigía de una estructura de soporte (cimbra) impresionante, no sólo por el volumen de madera utilizada, sino por el diseño y cálculo preciso que debió hacerse para que la obra falsa pudiera soportar el peso propio y el del acero y concreto y evitar un colapso durante el proceso de construcción, con consecuencias fatales.
Antes de inaugurarla tuvo que efectuarse –a petición de la autoridad– una prueba de carga colocando casi el mismo número de costales de arena que los espectadores que cabrían en la inauguración –50 mil–. Los costales fueron colocados, a lomo, uno a uno, en todos y cada uno de los lugares previstos.
Bueno, eso fue la plaza de toros, pero igual prestigio compartían los ingenieros que realizaban las obras públicas. Los primeros caminos –sin cuota; el casi único ferrocarril, el Chihuahua–Pacífico, las grandes presas. Y no sólo eso, también se revisaba que funcionaran bien. Para el buen estado de los caminos había una Dirección de Conservación de Caminos, así como los “laboratorios” que no permitían que algo saliera de especificación.
Existieron ingenieros que heredaron –por su prestigio– su nombre a estructuras, puentes y obras hidráulicas construidas en condiciones inverosímiles para su época.
Yo creo que el orgullo que me da por apreciar la calidad de aquellos ingenieros realizando obras como ésa y otras que se han logrado a través del tiempo, es por el contraste del des-prestigio que hoy tienen los ingenieros y arquitectos. Ejemplos: como lo que mencionaba la semana pasada. Recuerde Usted que me lamentaba de los baches, las obras en proceso sin señalamientos, inconclusas y con dudosa calidad en diseño y ejecución como la recién inaugurada de la Alba Roja y el bulevar –llamado equivocadamente– 2000. A lo que se suma lo de esta semana como el aviso de la CESPT de suspender –por enésima vez– el agua a trescientas y tantas colonias. No cabe duda que todo esto, en cualquiera de sus etapas fue, o está siendo, supervisado por ingenieros. O arquitectos.
Como Usted puede apreciar el documental referido me sorprendió notablemente. Quedé anonadado…
Debo aclarar que sí, hay quien usa la palabra en otro sentido y es al referirse a un parcial aseo del cuerpo que usaban nuestros antepasados, que únicamente se ejercía en ciertas pudibundas áreas de nuestra anatomía y de ahí le venía también el nombre de “baño de asiento”. Pero no, insisto, yo lo usé simplemente como una exclamación de sorpresa…
Recuerde: ya viene el 24…

Raúl Paredes y Hernández es ingeniero civil y reside en Tijuana, B. C.
Correo electrónico: raul3824@prodigy.net.

 


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