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Descenso de salarios en EU provoca migración antimigrante

Las dimensiones de la migración

Estudiosos de la Universidad de Stanford, explican el fenómeno migratorio a través del análisis de las raíces de este tema binacional. Aun así, la solución no se vislumbra en el corto o mediano plazo. La reunión Calderón-Bush no aportó esperanzas a los millones de mexicanos en los Estados Unidos. Los migrantes siguen presionados por las políticas económicas de los países fronterizos.

Gabriela Olivares Torres

A principios del sexenio de Vicente Fox, la promesa de una reforma migratoria en los Estados Unidos fue digerida con relativa facilidad en México. Parecía, pues, que había un entendimiento entre el entonces Presidente y George W. Bush, que representaba un sello de garantía para una legislación anunciada. Así de sencillo, vistas las cosas desde este lado.
Ahora dicha posibilidad ya no se aprecia con los mismos ojos. Prueba de ello es la mesura en torno a la visita que el martes 13 y miércoles 14 de marzo realizó el Presidente norteamericano al país sureño.

Cuando estuvo frente a  su homólogo estadounidense en la sala contigua a la Suite del Patrón, en la hacienda Temozón, Felipe Calderón evitó los rodeos. Según la crónica de la prensa nacional, el Presidente mexicano le preguntó a Bush qué posibilidades reales había para una reforma migratoria en el corto y mediano plazo.

A Calderón lo acompañaban la Canciller Patricia Espinosa; el Secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña; el Embajador de México en Estados Unidos, Arturo Sarukhán, y el Jefe de la Oficina Presidencial, Juan Camilo Mouriño. Con Bush iban la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice; el Consejero de Seguridad Nacional, Stephen Hadley; el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Joshua B. Bolten y el Embajador en México, Tony Garza.

Como podría anticiparse, Bush habló de su compromiso para impulsar una nueva estructura migratoria en los próximos dos años de su segundo turno en el poder. Calderón mejor se fue por la apuesta bilateral, criticando la construcción del muro fronterizo, antes de sugerir un esquema que permita mayor inversión en México para evitar, precisamente, la migración. Insiste, pues, en ser “el Presidente del empleo”.

A manera de ejemplo, Calderón se refirió a la ampliación del Banco del Tratado de Libre Comercio para que pueda convertirse en una fuente de apoyo financiero para las comunidades tradicionalmente expulsoras de mano de obra. Realidad o discurso.

En otras palabras, la insistencia de Bush respecto a lo que México todavía quiere oír fue contestada con sugerencias, con el telar de fondo de opiniones encontradas de republicanos y demócratas que fortifican la duda. Como dijo el diputado panista Alejandro Landeros: “Una, que considera incluso a los inmigrantes casi, casi como terroristas; y otra en la que sí reconocen sus derechos. Entonces, creo que es positivo que pueda haber la intención del Presidente Bush, pero creo que hay un camino todavía largo que recorrer”.

Palabras más, palabras menos, lo único que queda claro hasta el momento es que el tema migratorio implica riesgos considerables, difíciles de afrontar por una circunstancia extraordinaria: nunca antes Estados Unidos había vivido un flujo migratorio tan numeroso como el que en los últimos 20 años se ha disparado desde Centroamérica. Es entonces cuando el resto del Continente empezó a reflejarse en la mirada del país vecino, pero lo que se observa no termina de resolverse.


Las peculiaridades de la reciente migración

Sin duda, hay que recordar que el mundo cambió radicalmente a partir de un 11 de septiembre de 2001, a lo que sobrevino la decisión del Gobierno estadounidense de invadir Irak, pese a la negativa del Consejo de Seguridad de la ONU. Negativa a la que México -y esto quizás no se olvida- se sumó.

Para estas fechas, el confuso desenlace de la guerra afecta la creciente impopularidad de un Presidente Bush que ha llegado a América Latina tras ocho años de relativa ausencia en lo que a política exterior se refiere. Hasta este momento, lo único que había importado hacia el sur era la seguridad nacional que cambió la forma de ver a la frontera norte mexicana.

Después hay que pensar en las rutas que han tomado los mercados globales y cómo se ha comportado una economía en desarrollo pausado como la propia. A manera de ejemplo se viene a la memoria que con la posible “modernidad” que proclamó Carlos Salinas de Gortari a fines de los ochenta, se dio el “error de diciembre”, acontecimiento que estremeció el arranque del sexenio de Ernesto Zedillo y puso a temblar los cimientos de las finanzas nacionales en medio de la competitividad exigida desde el TLC.
No es coincidencia que durante el desplome del peso mexicano en la década los noventa, se registró el flujo migratorio más grande en la historia del vecino país, apenas comparable con las cifras de la década de 1901 a 1910, donde 8.8 millones de extranjeros fueron admitidos legalmente a territorio norteamericano.
Y aquí es cuando la situación se complica porque la cantidad de gente que se ha desplazado a raíz de la inestabilidad económica y, sobre todo, de la escasez de empleos bien remunerados,  lleva a cuestas un enorme reto de adaptación que, por ende, ya está obligando a la sociedad
norteamericana a sufrir notorias transformaciones. Como anticipó William Frey, académico del Centro de Estudios de Población de la Universidad de Michigan: “La persona que represente los 300 millones de ciudadanos será un latino mexicano del Condado de Los Ángeles, cuyos padres hablan español en su casa y sus hermanos son bilingües”.
El 17 de octubre de 2006, la cifra -en efecto- fue alcanzada con el nacimiento de una niña que recibió el nombre de Marla Pérez. Otros de los bebés nacidos en Los Ángeles ese día fueron Génesis Bosque y Anareli Meza.  Puede deducirse que todos son de origen hispano.
Siguiendo con esta pauta, según el censo oficial de marzo de 2004, Estados Unidos sumaba 34 millones de inmigrantes, lo cual se traducía en el 12 por ciento de la población, siendo el registro más elevado de personas nacidas en el extranjero en los últimos 80 años.
Los inmigrantes procedentes de México representan, en la actualidad, el 31 por ciento de toda la población de origen foráneo que reside en Estados Unidos. En 1980, apenas formaba el 16 por ciento.
Asimismo, según datos de la Current Population Survey (Encuesta Actualizada de Población), en esta época se registra una creciente expansión territorial de la migración y la emergencia de la Costa Este como destino para los inmigrantes, sobre todo que ingresaron al país durante el periodo 1996-2006. De hecho el 56 por ciento de los mexicanos que se trasladaron a Estados Unidos entre esos años, se dispersó en esta parte del país. En el año 2000, el 69 por ciento de los mexicanos residentes en suelo norteamericano habitaban los estados de Arizona, Nuevo México, California y Texas.
Los números, pues, lo dicen todo.
Por eso se asimila el análisis que el historiador David M. Kennedy, de la Universidad de Stanford, comparte con ZETA, perspectiva que vuelve hacia atrás en busca de una explicación a los distintos modos de ver la movilización masiva de mexicanos hacia el norte.
Ante todo, el investigador precisa cinco variables que distinguen el flujo acelerado: la cantidad de inmigrantes, la calificación de “ilegal”, el carácter peculiar de los que llegan de México y Centroamérica, el costo que conlleva para los servicios sociales en los estados vía impuestos, llámese educación y salud, principalmente; así como la idea de que los inmigrantes fomentan una depreciación de los salarios de los estadounidenses, porque están dispuestos a trabajar por pagas inferiores.
“Históricamente, cuando la población de extranjeros nacidos en el extranjero llega a ser del 10 por ciento, casi hay una correlación estadística precisa de que ello generará alguna forma de respuesta política. Esto sucedió en los 1850’s, en los 1920’s, y ahora de nuevo lo tenemos. Creo que ahorita estamos acercándonos al 12 por ciento de personas nacidas en el extranjero, es una cifra grande, actualmente hay más gente en los Estados Unidos que nació en el extranjero que en todo Estados Unidos cuando la Guerra Civil en los 1860’s”, explica Kennedy.
Esto conlleva el cambio mencionado de los procesos de convivencia y de la evolución en general de los estadounidenses, tema del que nos ocuparemos más adelante.
En voz del historiador: “Creo que el segundo factor es lo que se percibe como el carácter especial de los inmigrantes mexicanos. La propuesta de Samuel Huntington no debe tomarse literalmente, pero si la lees como un señalamiento de los ‘factores de riesgo’ que ilustran este patrón actual de migración que antes no veíamos, es algo que tenemos que atender. El flujo migratorio es grande, internamente es más coherente lingüísticamente, culturalmente. En fin, estamos en el Siglo XXI, la comunicación y los medios de transporte son más accesibles, el país está a un lado, hay todos estos factores de los cuales no tenemos experiencia histórica.
“La oleada previa de inmigrantes fue hace cien años, la mayoría vinieron de Europa, algunos de Asia, estaban a un océano de distancia. Estos grupos eran relativamente pequeños, ninguno era lo suficientemente grande para tener incluso una oportunidad imaginable de sostener su propia herencia cultural por una generación o dos; tampoco tuvieron la opción, tuvieron que hacer la paz de alguna manera con nuestra sociedad. Entonces, al menos estructuralmente está la posibilidad de que la migración ahora no tenga que hacer esto, tienen una decisión realista que pueden o no tomar”, precisa el académico.
En tercer lugar, Kennedy se refiere al concepto de “ilegal”, con el que se ha calificado a la migración en las últimas dos décadas principalmente, pues dentro de un marco histórico, la primera vez que el adjetivo figuró fue en 1882, cuando se creó una ley que prohibió la migración china; hecho que se reprodujo en 1907 para los japoneses, hasta que en 1924, el Congreso decretó el Acto de Orígenes Nacionales que determinó que el total de inmigrantes que podían entrar al país sería de 150 mil, aproximadamente.
“Podría uno argumentar que la noción de ‘migración ilegal’ es un asunto históricamente reciente, esto no se tenía durante los grandes períodos de migración anteriores. Por lo tanto, quizás deberíamos revisar nuestra historia y encontrar una fórmula para la migración motivada por el mercado laboral, donde tomaríamos a la gente que fuera necesaria para producir en esta sociedad sin preocuparnos por las cantidades. La gente vendría hasta que ya no hubiera más trabajo, de todos modos los necesitamos, para qué tanto problema. Yo creo que eso podría ser una política sana”, deduce David Kennedy.
“Tenemos que retirar el debate de esta esfera de lo ‘ilegal’, es muy difícil defender algo que es etiquetado de ‘ilegal’ porque nadie lo va a hacer, entonces tienes que encontrar una manera de convertir lo ‘ilegal’ en legal. Creo que algo que va a calibrar esto, son las necesidades económicas reales de esta sociedad. Eso fue lo que hicimos hasta 1924, no veo por qué no podemos hacerlo otra vez, tomar a la gente conforme la necesitemos, conforme puedan encontrar empleo. Si no lo encuentran, no vendrán, para qué vendrían, no tenemos una red de seguridad tan grande para que la gente venga a aventarse nada más por así. Por ejemplo, 45 millones de personas no tienen servicios médicos”.
El último argumento que surge con frecuencia, consiste en la suposición no tan fundamentada de que los recién llegados, sin documentos en mano que avalen su estancia, están dispuestos a laborar por menos dinero. Kennedy se pregunta qué pasaría si de pronto, aumentaran los sueldos en el sector agrícola. Quizás la población oriunda de los Estados Unidos aprovecharía la oferta.
Sin embargo, hay que remitirse de nuevo al pasado, donde prevalecen los ejemplos. En lo particular viene a colación la figura de César Chávez, líder de los campesinos que, no obstante, “se opuso fuertemente al programa ‘Bracero’, porque desde su percepción, el abastecimiento constante de inmigrantes nuevos dispuestos a trabajar en las industrias agrícolas especialmente del sureste, en granjas, cañerías, plantas procesadoras, en el campo, disminuían continuamente los salarios de gente que estaba empleada y su seguridad de empleo también era más incierta”, cita Kennedy.
Pero contra todos los temores, infundados o no, lo que subsiste es una lucha intensa entre un país que por un lado, evidentemente requiere subsidiar su fuerza laboral para seguir adelante con el crecimiento económico gozado a la fecha y un México que continúa expulsando mano de obra a raíz de una economía que se adolece al intentar crecer.
Frente a tal escenario la resolución, una vez más, pudiera ser fácil, hasta se antoja lógica; basta con determinar cuántos trabajadores se requieren anualmente del extranjero para extender la cantidad de visas temporales y evitar, entonces, la migración ilegal.
Sin embargo, qué pasa con las familias, en qué lugar quedan los hijos de los inmigrantes que nacen en suelo norteamericano y qué ocurre en el proceso de estancia con la gente que mediante sus costumbres, el idioma, la forma de vestir, la manera de ver el mundo, obliga a formas de convivencia antes no practicadas.
Es decir, ¿qué pasa con el fenómeno cultural que la migración, por su carácter masivo,  principalmente de origen mexicano, arrastra? ¿A esta luz los señalamientos de Huntington, autor de “El Choque de las Civilizaciones y la Reconfiguración del Orden Mundial”, que han sido tan controversiales justo desde mediados de los noventa, podrán valorarse como verdaderos “factores de riesgo”?
“Como sociedad, Estados Unidos históricamente no tiene experiencia en esto, otras raíces migratorias fueron mucho menores, se repartieron en territorios geográficos más grandes, no tenían su país al lado, no tenía otra opción práctica más que adherirse; entonces no sabemos cómo será esto en nuestro contexto particular social, cultura e histórico, esto es una gran interrogante. Si ves alrededor del mundo, hay sociedades que tienen problemas como éste, Irak, Nigeria, Bangladesh y Paquistaní. La forma más sabia de actuar de esta sociedad es administrar este asunto hacia adelante para que la gente se incorpore completamente, ya sea a esta sociedad o a la sociedad mexicana”, advierte David Kennedy.
Por su parte, el también historiador de Stanford, Al Camarillo, encuentra un punto de acuerdo: “El cambio cultural es inevitable, hay mucha gente aquí que está teniendo hijos, sus hijos se están haciendo adultos, son ciudadanos americanos y no se van a ir a ningún lado. La cultura está cambiando, ¿cómo? En realidad no estoy seguro, pero está cambiando.
“Esto ya es bicultural y lo ha sido por mucho tiempo, pero qué significa para la gente que lo vive, ¿significa que aquí -California- puedes sentirte más seguro como un hispano parlante de origen mexicano o latino que si vivieras en Maine, donde tal vez haya dos latinos? ¿Significa que la realidad de la gente que vive en esta área será diferente? No lo sé”, agrega el profesor.
“Sin embargo, puedes hablar de esto en un sentido cultural porque ahí es donde el lenguaje, las tradiciones. Las instituciones religiosas han sido más memorables para los inmigrantes latinos que en otras partes del país. Culturalmente es una zona interesante. Pero más allá de esto, no sé lo que realmente significa. Es una noción interesante porque hay que pensar en la gran mayoría de mexicanos que viven a lo largo de 150 millas de frontera con México y Estados Unidos, es una zona que contiene a la gran mayoría de inmigrantes de generaciones pasadas y actuales.
“Piensa tantito, ¿qué pasará en unos 50 años, cuando California sea 75 por ciento latino y el sur de Arizona el 60 por ciento, y el sur de Texas, el 90 por ciento? Esto está emergiendo, hemos visto los cambios. Cuando era niño recuerdo haber ido a Tijuana en los años 50 y era un pueblito, ahora es un centro urbano increíblemente agitado, ha sido transformado como resultado de muchos factores.
“Cholos en Tijuana, la adopción de la cultura de las gangas estilo Los Ángeles en Tijuana y en otras ciudades fronterizas. Es porque la gente constantemente se está moviendo de un lugar a otro. Es algo fascinante”.
– Y no puede constreñirse por políticas migratorias…, interviene ZETA.
“No lo sé, es que es la condición humana. Tienes una zona internacional que separa, pero si lo piensas, históricamente esas son zonas de penetración que han sido cruzadas una y otra vez por generaciones, esa era la vida de la gente, cruzar la frontera. En los últimos ochenta años lo hemos fortificado, y de manera significativa en los últimos 50 años, en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial”.
Finalmente, el académico de Stanford, Richard White, comparte algunos puntos que resumen la problemática migratoria y que terminan por esclarecer los motivos de un proceso complejo para que se conciba y quede instalada la tan comentada reforma migratoria integral.
– ¿Cómo percibe la tendencia migratoria mayoritariamente de América Latina en los últimos diez años?
“Me ha sorprendido la hostilidad que ha irrumpido en los últimos años y cómo se ha expandido en los Estados Unidos. Una de las cosas que ha pasado es que la migración latinoamericana había estado más constreñida, especialmente hablando no sólo en California y Texas, donde han estado familiarizados con esto durante mucho tiempo, o en Chicago, o Michigan con sus fábricas automotrices. Su movimiento hacia el sur y al noreste ha sido un gran cambio y creo que ha producido mucha hostilidad.
“Lo interesante es que la mayoría de las investigaciones que he revisado, demuestran que los inmigrantes siguen siendo una suma neta para la economía americana, el desempleo, históricamente comparado es ahora bastante bajo, por lo que no puedes argumentar que todo tipo de trabajos se están perdiendo porque los están tomando los inmigrantes.
“Hay cosas que están cambiando. Leí en el periódico que hay una idea de que los niños nacidos de padres ilegales en los Estados Unidos no podrán recibir Medicare, esto me parece un cambio increíble en la ley norteamericana que establece como regla básica que si naces en los Estados Unidos eres ciudadano americano, no importa quiénes son tus padres.
“Por lo tanto, las cosas están cambiando muy rápido, los cambios principales se han dado en los últimos diez años, no había tenido la percepción de una crisis de migración como claramente la veo ahora en partes del país, los políticos están participando en esto”.
–  ¿Tendrán una dimensión de las consecuencias? Porque el problema es, culturalmente, muy profundo…
“Yo creo que no lo tienen, pienso que la mayoría tiene muy poco conocimiento de cómo funciona la migración, con sus políticas es que han logrado cambiar la dinámica de la migración precisamente como no querían hacerlo. Me parece que al principio de la última década, el flujo de trabajadores era relativamente libre a lo largo de la frontera, la gente volvía a México por temporadas para vivir y planeaba regresar. Al militar la frontera han vuelto tan complicado ir y venir, que ahora tienes mayores cantidades de gente que se queda.
“Tengo que la impresión de que mucho de esto lo generó el Sur, muchas de las reacciones antiinmigrantes viene del sur, pero no del todo. Es interesante ver la reacción de Bush, Bush es texano, entonces no es tanto lío para él, pienso en Flórida y ahí hay más reacción, pero hay un enlace con el Caribe y América Latina, entonces no hay tanto problema. Pero lo que es el estado de Nueva York, lugares en Michigan, Wisconsin, ahí tienes una reacción porque nunca han tenido grandes cantidades de inmigrantes, o porque no ha habido una migración significativa en mucho tiempo.
“Creo que sí hay un elemento racial en todo esto. Si fueran europeos, no creo que habría la misma reacción, pero también detecto una reacción antiinmigrante muy fuerte entre los latinoamericanos, ellos se ven a sí mismos como los más vulnerables dentro de la economía norteamericana y se sienten amenazados por la migración”.
–  Por parte de México se percibe una falta de apoyo sustantivo para los inmigrantes, se les ve como “héroes” por aquello de las remesas, pero no se les protege. ¿Esto es excepcional?
“No es excepcional, pero es muy peligroso. Ha habido una serie de migraciones donde las remesas de los inmigrantes a sus países han sido el soporte de las familias, y sigue ocurriendo con la migración africana, la caribeña, pero esencialmente, a pesar de que las razones de la migración varían en cada país, es una señal de que el Estado ha fallado y tiene que exportar muy a menudo a la parte más joven y fundamental de tu población a que gane dinero a otro lado. Ése es un país en problemas, fíjate en los países que lo hacen, son países que tienden a estar en crisis. Aquí hay un problema fundamental en el Gobierno mexicano, una economía y un país saludable no expulsa a su gente, México claramente depende de la gente que trabaja en los Estados Unidos y muchos no tienen trabajos de salarios elevados, esto ha pasado antes y ha sucedido con China, Italia, Irlanda… nunca ha sido una buena señal”.
–  Los inmigrantes parecen muy vulnerables, tienen familias en Estados Unidos que sostener con una economía exigente y aparte envían dinero a casa…
“Son muy vulnerables, algo se tiene que romper, esto no puede seguir para siempre. Ya estamos viendo que la segunda generación de inmigrantes tienen qué decidir dónde van a quedarse, no pueden seguir mandando dinero a México, sus vidas se han vuelto más y más americanizadas; al decidir quedarse su contacto con México se vuelve sentimental, nacionalista, pero sus vidas reales son americanas y esa gente México la pierde”.
– ¿Será que México y Estados Unidos actualmente no tienen nada en común? ¿Será que en cierto grado México sigue sin superar su colonialismo y en Estados Unidos la diferencia de perspectivas entre el sur y el norte hasta cierto grado prevalece?
“Me parece que en el Siglo XIX, Estados Unidos y México tenían mucho más en común, ambos comenzaron como repúblicas, se definían a sí mismos como las vías del futuro, tenían economías en desarrollo, y después de la Guerra entre México y los Estados Unidos tomaron rumbos muy diferentes. Una de las cosas que sí ocurre es que México se convierte en un lugar abierto para la explotación de parte de los europeos y americanos. Se supone que eso cambiaría con la Revolución, pero claro que el PRI cambió la dirección de esa posibilidad, y aunque ya terminó la etapa de un partido único, me parece que México no ha escapado las consecuencias de esa larga historia. La cultura mexicana es muy sofisticada en términos de la literatura, la música, el arte, pero como extranjero siempre se me hace raro cómo puede celebrar sus raíces mestizas, festejar a los indios en lo abstracto y despreciarlos en cuanto a su presencia física.
“Estados Unidos ciertamente tiene esa clase de situaciones, pero batallamos con ello en el movimiento pro derechos civiles. Por otra parte, hemos emergido económicamente como el poder dominante en el mundo y lo somos; básicamente creemos que el trabajo y los recursos de otras partes del mundo existen para servirnos. Esa es una visión muy dura, nos encantaría poder abstraer el trabajo de la vida de los mexicanos, pero el problema es que para tener mano de obra mexicana tienes que tener mexicanos y eso acarrea el racismo residual; México se ve a sí mismo como un país dominado por Estados Unidos. No tenemos que hacerle nada a México, nada más tenemos que ignorarlo y las cosas salen mal. Esa es la clase de poder que tenemos. No tenemos una memoria histórica, no tenemos ningún sentido del impacto que tenemos en otros países, no tenemos sentido de nuestros vínculos con otros países, tenemos una mezcla de inocencia y arrogancia que nos hace muy peligrosos pero también muy poderosos. Obviamente los que lo resienten más, son los que están más cerca, es decir,  México”. 

Este reportaje fue posible gracias al apoyo del “Western Enterprise Reporting Fellowship”, otorgado por el Bill Lane Center for the Study of the North American West, de la Universidad de Stanford.

 


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