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Pan y Zirco
Juan Carlos Domínguez
Lo mejor de “A canto y Laurel” no es la poesía, son sus performances. Es meritoria la labor de llevar la literatura fuera de los recintos oficiales. Más plausible aún llevarla hasta los bares y cantinas, aunque con ello irrumpan en el entorno natural de la “fauna” asidua a esos lugares. El sábado pasado, en el Dandy del Sur, el novelista Elmer Mendoza leía y platicaba, pero no se escuchaba. Dicen que dos promotoras se peleaban la “exclusividad” con el escritor. Los alumnos de su taller lo rodeaban extasiados. Los parroquianos estaban contrariados: “Parece funeral”. Otros se iban: “Antes de que empiecen los rezos”. Las cantineras hostigaban a que se consumiera alcohol: “Puro piojo que ni consume”. La dueña del antro, bien “terapeada” por los poetas organizadores, esta vez se dedicaba a pelar tamales y servir frijoles refritos: “Quién me manda meterme en estos mitotes”. Un poeta improvisado tomaba el micrófono –ante el pánico efímero de una organizadora- para hacer una declaración pública de amor muy sentida y dramática. La poesía se detenía, la rock-ola volvía a sonar, los poetas se retiraban, y la alegría regresaba en los trasnochadores habituales que recuperaban su espacio después del trance poético.
Aparte de bellas talentosas, las hermanas Bello. Sandra y Mariana, fotógrafas ambas e incluidas en la exposición “Lúmina: Ser”, de la Galería Sin Título. Sandra, a sus 26 años ya lleva un rato en el arte visual; entre lo que ha destacado se puede mencionar “Reacciona Mujer con Furia”, fotografía documental con participación colectiva, que abordó el tema del feminicidio en Ciudad Juárez, sin caer en lo panfletario, que a veces es muy fácil. En esta ocasión sus imágenes se centran en aquellos objetos entrañables que todos atesoramos confiriéndoles un valor emocional muy personal. Mariana por su parte, es una sorpresa, parece ser que apenas inicia, pero su propuesta es profunda: Buscar en la imagen de una mujer joven, aquellos motivos que la hacen feliz; pero no los simples elementos (un recuerdo, una relación, un momento), sino la esencia misma. Difícil búsqueda. Vanesa Capitaine, Brenda Jiménez y Mariana Manzanos complementan esta exposición que reivindica a una generación (después del “boom” de Bulbo, Nortec, Radio Global, y todo eso) que a veces pareciera más estar perdida en el “party”, en lo “cool”.
Lo que oculta el Conaculta son “secretos a voces”. Pese al talento y la excelencia que se le atribuye a su titular Sergio Vela, esa instancia anda perdida (no hay que olvidar que su embrión aquí es el Cecut). Un empleado de ese organismo le confesó a la periodista Katia D´Artigues que en áreas como las de Animación Cultural, Dirección de Capacitación Cultural, Vinculación con Estados y Municipios, entre otras; no se ha hecho nada y que aún no saben qué harán para el resto del sexenio. En cambio lo que sí parece es que han contratado al mejor equipo de redactores para armar los discursos más halagüeños, o bien, se han atrincherado con un buen séquito de asesores especialistas en el arte del cinismo.
Alfredo Álvarez, priísta y político de cepa es recordado como quizás el mejor director que ha tenido el Cecut. Caracterizado por su prudencia y diplomacia, y hasta estoicismo, llama la atención que emita una opinión en un diario local sobre la situación de esa institución y su directora. Muy benevolente en sus apreciaciones, pero repito, lo curioso es que deje oír su voz públicamente quien desde que salió del Cecut –hace más de siete años- se ha mantenido totalmente al margen de los dimes, diretes y dilemas de la cultura local.
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