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Adela Navarro Bello
CSG
Los ex Presidentes Mexicanos no son las personas recordadas con más cariño. El colectivo mexicano concuerda en señalarlos, a cada uno en su justa dimensión, de un problema social y de época.
No es para menos en un país donde los culpables son los personajes más necesitados para dar explicación a la pobreza ya no digamos social, sino intelectual y política.
Es tradición, baste revisar la historia, ese dejo de sospecha, rencor y animadversión hacia quienes han tenido las riendas del país años atrás.
Luís Echeverría Álvarez es recordado por la represión al movimiento estudiantil de 1968, que dejó sangre, desaparecidos y traumas sociales. José López Portillo, es acusado por crear el Impuesto al Valor Agregado, la nacionalización de la banca y una devaluación económica terrible.
Miguel de La Madrid… Miguel de la Madrid… ¿Quién se acuerda de Miguel de la Madrid?
Luego llegó, para regocijo (sea por amor, sea por odio) de muchos, Carlos Salinas de Gortari. La privatización de la banca, el Tratado de Libre Comercio, los magnicidios, el alzamiento en Chiapas y el error de diciembre, que no fue durante el sexenio de Salinas, sino de Ernesto Zedillo Ponce de León, pero éste no se adjudica paternidad sobre el desastre económico del 20 de diciembre de 1994.
Zedillo hizo lo que pudo y logró dominar sus demonios de opacidad, para convertirse en el Presidente menos peor. Se le achaca claro, haber heredado el gobierno a uno de los más recordados, folclóricos, exóticos, y surrealistas presidentes que México haya tenido en la historia contemporánea: Vicente Fox Quesada. Ni hablar, él y su esposa, ambos autollamados “La pareja presidencial” han sido tema de libros, análisis, chismes, críticas y demás.
Ningún ex Presidente pues, se salva del ánimo adverso que despierta su nombre, su figura o su presencia fuera de la administración pública. Pero quizá nadie como Carlos Salinas de Gortari, el villano favorito de México.
Durante la administración de Ernesto Zedillo se autoexilió en Irlanda. Hasta allá voló con su nueva familia, aunque no dejó de pisar tierra nacional ante las oportunidades que le otorgan la familia, los negocios y las celebraciones. Escribió un libro que a muchos desagradó, deslindándose de todas y cada una de las acusaciones que le hicieron. Desde el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta, hasta el error de diciembre.
Incluso los temblores en la Ciudad de México le fueron achacados en un tiempo donde por casualidades del destino, su presencia en México era sucedida por un movimiento telúrico.
En el sexenio foxista su participación en la vida pública fue más activa y a la par más discreta. Priístas lo señalan de no abandonar el poder y poseer en sus manos aún, hilos políticos en varios frentes públicos como el PRI, el Partido Verde Ecologista y hasta el Partido del Trabajo.
La relación con Carlos Salinas de Gortari es pregunta obligada a todo priísta que desee alcanzar un cargo de elección popular o de dirigencia nacional. Espanta si dice que lo frecuenta y es ninguneado si niega la cercanía.
Es de suponer que todos estos actos de desesperación por mantener viva su presencia y seguir contando en la vida nacional con un villano a quien culpar, deben ser motivo de alegría para el ex Presidente, que protagónico, llamativo, siempre ha sido, a pesar de la estatura.
En la semana que termina, reapareció Salinas. Igualito. No se puede decir que con menos pelo, pero tal vez sí más cano. Con la misma complexión física. Le gustó Agualeguas para lucirse. Hasta allá fue con sus dos hijos menores a donar un camión a una institución académica.
No dijo nada, pero como si lo hubiera hecho. Ahora todos están a la expectativa de su siguiente paso en estos tiempos que ya no le pertenecen, que son de otro chaparrito, de lentes, medio calvo y al igual que CSG acusado de ser un presidente ilegítimo.
Aguas.
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