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Adela Navarro Bello

Otra vez

Cuando los hermanos Arellano Félix llegaron a Baja California para apoderarse de la región y desde aquí controlar el tráfico, venta y trasiego de droga hacia los Estados Unidos, el estado cayó en desgracia.
Mucho ayudaron las autoridades estatales, que en lugar de combatir a los mafiosos, les sirvieron de comparsa para instalarse plena y tranquilamente en Tijuana.
De eso han pasado muchos años. Y como dijera Jesús Blancornelas: La puerta que el PRI abrió al narcotráfico, el PAN no la ha querido cerrar. La situación se fue agudizando y el crimen organizado imperó en Baja California.
A mediados de los ochenta, ya con harto dinero producto de transacciones ilícitas, los hermanos Arellano entraron a ese renglón donde siempre quisieron estar: La “alta” sociedad de Tijuana.
Con billetes, poder e impunidad abrieron las puertas de respetables hogares para sacar a los jóvenes que con poca educación estaban ávidos de fama, dinero y poderío. Así se organizaron los narcojuniors. Jóvenes tristemente célebres por prestar abolengo al narcotráfico.
Los Arellano en compañía de estos chicos, se adueñaron de las zonas residenciales, compraron casonas, abrigos de pieles, potentes automóviles, restaurantes, edificios y conciencias. Pero llegaría la debacle de los narcojuniors con la muerte de la mayoría de ellos y la captura de algunos.
Los hermanos dedicados al narcotráfico se replegaron a las zonas marginadas de la ciudad. De llamar la atención en la sociedad más próspera, pasaron a radicar en colonias periféricas, con vehículos discretos. Entendieron que era mejor el bajo perfil para continuar con su actividad delictiva.
Eso sucedió en Tijuana, mientras sus familias se mudaron a zonas más confortables como Beverly Hills, las cercanías de Los Ángeles, Monterrey, Nuevo León, Ciudad de México y Puebla.
La era del abolengo de los Arellano había concluido.
El día que asesinaron a Ramón Arellano Félix en Mazatlán, Sinaloa, pocos lo identificaron de entrada. Vestía pantalones cortos, camisa holgada y conducía un modesto sedán de la Volkswagen. Nada que ver con los pasados y dorados años en Tijuana.
A esa medianía en la que vivieron los protagonistas del cártel más violento (antes de la llegada de Osiel Cárdenas, claro) en México, se sumó el reclutamiento de fuerzas, en igual circunstancia. De los narcojuniors pasaron a los pobretones ansiosos de dinero y poder en el Barrio Logan de San Diego.
Cuando estos tipos también cayeron víctimas de una persecución por parte del Ejército y de la venganza a manos de cárteles enemigos, la estructura de los Arellano, ya en manos de Enedina, Eduardo y el menor, Francisco Javier, fue menos táctica que la de Benjamín, el patriarca y hoy preso en México: Contrataron a chamacos clase-medieros de la periferia de Tijuana. Así se hicieron de una nueva generación de nacos al servicio del narco.
Llegaron los corridos, la contratación de grupos, el dinero para mujeres y una combinación letal: Dinero + poder + impunidad + ignorancia = a ejecuciones a granel. Muertes de civiles y un herradero delictivo. Llegó el desorden y con ello el incremento de la inseguridad.
En su afán de esconderse, la nueva generación de lugartenientes al servicio del cártel de los hermanos Arellano Félix, ha regresado a los inicios. Víctor Magno Escobar, un narquillo de cierto nivel en la célula delictiva, fue capturado en la colonia de más abolengo de la ciudad. La Chapultepec. Estaba festejando, escondido, en una casona en la calle Ingenieros Civiles número 10267.
Muchas residencias de la Chapu están en venta. Otras más en renta y pocas abandonadas. El crimen organizado a través de los secuestros ha ido despejando esa zona de empresarios, comerciantes y adinerados, que prefieren la tranquilidad de San Diego.
O las autoridades actúan a favor de la sociedad, cualquiera que sea su código postal, o el narcotráfico continuará apropiándose de lo que se ha ganado con dinero lícito, para convertirlo en zona de miedo.
El regreso de los delincuentes a la Chapultepec es una mala señal.
A ver cuándo, Gobernador.


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