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Posada Santa Fe

J. Jesús Blancornelas


Capuccino buenísimo. Me tomaba hasta cuatro de una sentada. Al aire libre y frente al parquecito. Medio vacío hasta el atardecer pero repleto por las noches finsemaneras. Mayormente de jóvenes y turistas. Familias y novios en las garigoleadas bancas bajo la fresca arboleda. Ni limosneros angustiosos o vendedores fastidiosos. Se notaban más insistentes los clientes. Pero cuando tocaba la banda aquello era mejor. Sus músicos bien acomodados en el kiosco. Agradaba oír “Sobre las Olas”. Nada de aturdimiento. Como tirándole a sinfónica. Por eso me gustaba llegar al hotel Posada Santa Fe en Guanajuato. Reliquia legítima. Nada más entrando como que se zambutía uno al pasado. La recepción alejada del modernismo. Su caja fuerte tan enorme como centenaria. Comedor, mesas, sillas, loza, cubiertos, todo, todo célebre. Alfombrados los escalones. Pasillos claros oliendo a jarro mezclado con aseo. Hermoso patio techado. Gruesas puertas en cada cuarto. Techo alto. Muebles verdaderamente coloniales. Hasta las toallas, sábanas y colchas parecían hechas hace quién sabe cuántos años. Pero eso sí, muy pulcras. Lavabo, llaves y regadera de “mírame-y-no-me-toques” por aquello de lo antiguo y bien conservado. Nada de vejestorios deshaciéndose.

Prefería cuarto con ventana-balcón a la calle trasera. Catedral está cerca. Por eso ni despertador necesitaba. Las campanadas retumban desde tempranito. Y en la medianoche sentía lo máximo asomándome a la calle. Serenidad absoluta. Me imaginé mucho pasado en el presente. Si hubo remiendos ni los noté. Era una quietud incomparable. Media hora allí desquitaba viajar dos mil y pico de kilómetros desde Tijuana.

Febrero 5 del 95 y por la mañana. Huevos revueltos, tortillas recién hechas y café negro. Luego Suburban y a trepar hasta el colosal auditorio. Puro jolgorio. A falta de vehículo muchos a pie con más entusiasmo que dificultad. Todos camino a la convención estatal del Partido Acción Nacional. Con tan nutrida concurrencia parecía como si fuéramos a una pelea de box por el campeonato mundial. Pero siendo un acto político ni competidores había. Vicente Fox no los tenía y sería proclamado candidato a Gobernador del Estado. Era una noticia anunciada. Por eso me asombró el gentío. Ya sabían quién sería el ganador y hasta se apretujaron adentro para hacer un borlote de puro entusiasmo.

Todavía tengo el gafete de prensa. Amarillo con letras negras. A punto de entrar al auditorio me sorprendieron dos hombres gritando: “Pan, pan, pan...”. Me sonó a propaganda. Pero no. Realmente era el famoso pan del merito Acámbaro. A propósito o no pero lo tenían en cajas de huevo. Simbólico pues.

La ceremonia duró tanto como un informe presidencial incluyendo el desfile de oradores. La diferencia fue cómo retumbaban las porras. Entonces escribí: “Desbarbado. Enchamarrado. Llevando de la mano a sus cuatro hijos adoptivos llegó Vicente Fox. Leonés. Empresario. Ex diputado federal y reciente aspirante presidencial. Protestó por segunda ocasión en menos de cuatro años como candidato a Gobernador del Estado por el Partido Acción Nacional. Y al tiempo pregonó: ‘Zedillo se estará jugando la cabeza si nos juega rudo con las elecciones’”.

También publiqué enseguida: “Fox le ganó hace tres años la gubernatura a Ramón Aguirre. Pero le escamotearon los votos. Salinas de Gortari no lo podía ver ni arriba oficialmente ni para arriba físicamente. A Fox se le fue el tren. Y no por tullido para treparse. No lo dejaron. Ahora se subió y no se piensa bajar”.

Terminó la estruendosa ceremonia. Un titipuchichal de periodistas esperamos a Fox. Aceptó hablar en conferencia. Estuvo harto ordenada. Nada de tumultos ni meterle los micrófonos y grabadoras en oídos y nariz. Le tupieron preguntas. Todas las capoteó. De buena gana, pero de muy buena gana y sin echar bravata. Vicente lucía feliz. Terminó entre flashazos. Por eso me acerqué. Le pedí una entrevista exclusiva. “Tú sabes. Vengo de tan lejos”. Claro que aceptó fijándome día, lugar y hora: Lunes 6 en León. Edificio del PAN y por la mañana. No recuerdo la hora.

Naturalmente llegué puntual. Nada más me iba acercando por el Libramiento Norte y se olía a entusiasmo. Aquélla tenía más trazas de casona y no tanto de oficina. Un clima de informalidad y puras caras alegres anunciando el triunfo electoral. Era como si el réferi le contara diez a un boxeador antes de ser derrumbado. La escalera me llevó al segundo piso. Salón sobrio. Mesa de acuerdos envidriada. Paredes todas de azul. Puertas y ventanas con marcos blancos. Como se dice por allí: Sin negar la cruz de la parroquia. Para variar, Fox con camisa a cuadros azules en dos tonos y blanco combinada. Arremangada. Escudo del PAN sobre la bolsa. Pantalón livais. Botas. No traía reloj ni anillos. Pelo negro pero bigote encanecido. Le enseñé el más fresco ejemplar de ZETA pronosticando la derrota del PRI en Jalisco. Entre reclamo y broma me dijo “....oye, mano, te faltó poner que aquí también vamos a ganar”. Le acerqué mi grabadora y respondí: “De eso quiero que me hables”.

Me explicó cómo según él se equivocaron los gobiernos mexicanos y de Estados Unidos: “...por querer comerse el pastel de volada. Allí les va toda la inversión extranjera. Toda la inversión especulativa. A invadir todo con el Price Club, con Mc Donald's. Con erradicar y sacar del mercado los tacos. Y allí le van las lechugas y los tomates. Todo lo querían exportar”.

Insistió: “Zedillo debe olvidarse de la inversión extranjera. Apoyar el aparato productivo. Impulsar las importaciones y traer el ahorro externo”. Y entonces me soltó la que sería su frase famosa: ‘Ya. Pero ya. Hoy’. Zedillo tiene que poner el dólar en su justa dimensión para no seguir favoreciendo a los de afuera”.

Y refiriéndose al gobierno en el poder: “Cada día que pasa nos platican, dialogan, hacen pactos y más pactos. Acuerdos y más acuerdos. Y eso tiene un gran costo para los mexicanos. Por eso insisto que tengo prisa. Hay que saltarnos todos ese rollo y dejar atrás el viejo modelo político de la simulación”. 

Entonces Zedillo llevaba tres meses en el poder: “Le doy un plazo de dos años para componer las cosas. Y si no camina bien, pues que se vaya. Hay que ponerle un ultimátum. Ya”. Advirtiendo: “Pero entonces, para que no haya cambios, rupturas violentas y repentinas, entonces darle un espacio suficiente y dos años son más que suficientes para que alguien como él dice que sabe cómo hacerle. Alguien que cómo el dice que está preparado”. 
           
Retomar estas declaraciones de Fox es cómo asomarse en la noche al balcón del hotel guanajuatense. Ver mucho del pasado en el presente.

Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 4 de marzo de 2003, propiedad de Jesús Blancornelas.


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