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De política y otros chistes caros
A través de su libro “En la Mira. El Chiste Político en México”, Samuel Schmidt documenta la percepción que la vox populi tiene de los políticos, sobre todo de la figura presidencial.
Enrique Mendoza Hernández
Algunos hacen alusión a la verborrea de la ex pareja presidencial:
“Vicente Fox y Martita fueron a ver al ginecólogo, para que les amarraran las trompas”.
Otros hasta sugieren un tono ofensivo:
“A Fox le dicen ‘el perro’, porque sólo entiende a periodicazos”.
Pero algunos más resultan muy certeros con el infalible Pepito:
“Le pregunta Fox a Pepito:
– ¿Así que tú eres el de los cuentos?
No, señor presidente, yo soy el de los chistes, el de los cuentos es usted”.
Pero todos proyectan lo que la vox populi opina de sus políticos, la mayoría de las veces, del presidente en turno. Se trata de una recopilación de chistes que el politólogo Samuel Schmidt da a conocer en “En la Mira. El Chiste Político en México” (Ediciones Taurus).
“El propósito central de este libro es entender por qué los mexicanos se ríen de la política y qué impacto tiene esto sobre el sistema político y, en la medida de lo posible, sugerir un nuevo enfoque para entender la cultura política mexicana”, explica el autor.
Al actual, le antecede “Humor en Serio. Análisis del Chiste Político”, publicado por el sello Aguilar. En esta nueva versión, Schmidt busca el significado de los chistes políticos, describe las características propias del mexicano que lo orillan a reírse de todo, y más del poder político, concretamente de la figura presidencial.
El chiste como venganza
Especialista en el estudio de la relación del estado con la sociedad, Schmidt vuelve a la carga con el tema de los chistes, tópico olvidado por los analistas “serios” que se ocupan sólo de lo cuantitativo, olvidándose de lo cualitativo:
“Los chistes políticos son un fenómeno obvio, pero no han logrado atraer la atención de los académicos. Posiblemente los politólogos lo han ignorado porque prefieren estudiar eventos medibles”.
Obviamente, la historia oficial no reproduce lo que los gobernados opinan de sus gobernadores. Bajo esta premisa, el chiste se convierte en una fuente importante de análisis para nada desechable:
“El análisis de los chistes políticos permite ‘ver’ una faceta de la sociedad mexicana con frecuencia ignorada por la historia. Los chistes políticos ofrecen una perfectiva distinta para examinar la historia política de un país al demostrar la forma como la sociedad percibe a la política y los sucesos políticos, a los políticos y al Gobierno”.
Y al ser la gente la que con ingenio sintetiza su sentir hacia sus gobernadores, ésta impone sus propias reglas. Se vale de todo, no hay regla que valga ni censura que temer. Schmidt logra una recopilación donde se pueden encontrar desde chistes vulgares muy conocidos:
“¿Por qué a Zedillo le dicen ‘el condón’?
Porque cubre al pelón”.
Hasta aquellos sintetizados con la más sesuda sentencia:
“Este sexenio está pelón, pero el próximo está en chino”, adagio que registra no sólo las características físicas de Salinas de Gortari y su truncado sucesor, sino que advertía las dificultades “en chino” por venir cuando Luis Donaldo Colosio fue ungido como candidato presidencial.
Pero el chiste anterior, para nada vulgar, funcionó también como presagio popular, sobre todo anticipándose a los expertos:
“Los chistes políticos muchas veces establecen el tono de las expectativas sociales aun antes de que lo hagan los analistas y, en el caso de México, expresan los sentimientos y esperanzas sociales”.
En resumidas palabras, a través del chiste los gobernados hacen pedazos la imagen que construyen el discurso y la historia oficiales.
Todos los chistes son anónimos, no porque alguien no se atreva a reconocer su autoría, sino porque resultan tan certeros que los gobernados los adoptan sin empacho y se transmiten cual epidemia incontrolable. El virtuoso anónimo logra destruir los rituales, símbolos y valores políticos para que finalmente, con un apodo o un chiste lépero, cada ciudadano logre virtualmente vengarse de los políticos.
“Con el humor nos queda la impresión de que la sociedad ha decidido conscientemente quedar a mano con los políticos”, analiza Schmidt.
Desde el lado de los regidos, se observa a los políticos gozar de sus prerrogativas. Son los mismos políticos apedreados desde las mantas de las manifestaciones con sus distintas leyendas de desaprobación gubernamental. Porque al final de cuentas, los menos, los suertudos (léase la clase chapulinera), son los ganones, los que ostentan de forma perenne el hueso. Siempre ganan. Y si es la clase politiquera la que siempre gana, entonces hay alguien que siempre pierde:
“El humor político muchas veces representa la visión de los vencidos”.
El chiste como diálogo informal que pretende subsanar o aligerar los aspectos espinosos en un país de desigualdades extremas como México, no busca resultados:
“Aunque concluyamos que la sociedad se venga de los políticos, esta venganza bien puede ser no planeada ni predeterminada. Este comportamiento se genera espontáneamente para corregir los aspectos de la política que molestan a la sociedad, independientemente del resultado”.
En lugar de participar activamente, la sociedad mexicana opta por un chiste, credo o rezo político, o un apodo, para consumar lo que se supone, es una venganza. Reírse hasta de sus propias desgracias, sólo al mexicano se le ocurre.
¿De qué se ríe el mexicano?
La actitud de reírse hasta porque “pasa una mosca” a veces es inexplicable, sobre todo cuando el país se hunde. Impotencia, estupidez, ignorancia y demás adjetivos son propios de un mexicano más, que con un chiste cree realmente vengarse. Los chistes donde se comparan a los japoneses, ingleses, alemanes, gringos y demás idiosincrasias, no pueden faltar en el prontuario:
“Un mexicano y un americano presumen sobre sus sistemas políticos. El americano dice:
– Nuestro sistema electoral es tan avanzado, que sabemos quién ganó la elección presidencial 24 horas después de ésta.
El mexicano responde:
– ¿Y eso qué?, nuestro sistema es mucho mejor, nosotros sabemos quién va a ser presidente un año antes”.
Pero, ¿de qué se ríe el mexicano? Es una buena pregunta si se toma en cuenta que opta por reír aun cuando se encuentra en desgracia. No hay situación en la que no se ría. Incluso reírse del éxito o logro ajeno es común.
“Los mexicanos son únicos en atacar los logros de los demás. Un mexicano pisará los zapatos nuevos de su amigo o raspará su carro para darle el ‘remojón’. Los mexicanos se ríen del primer astronauta o del político que gana una elección, buscando disminuir al que descolló, destruyendo el éxito para volver a todos iguales”.
Y hablando de igualdades, bajar al exitoso para nivelarlo con los demás “es un medio para lograr la igualdad en una sociedad altamente inequitativa, esa igualdad tal vez sea la verdadera democracia mexicana”.
La idiosincrasia del mexicano es un reflejo de una sociedad “traumática” a lo largo de su historia: Primero figuró un pueblo sometido, después el mismo bañado en sangre y luego otra vez bañado en sangre, para rematarlo con 70 años de autoritarismo.
“La cultura política mexicana muestra a una sociedad inerme que se siente inferior con respecto a los políticos”, sentencia el escritor.
Ese aspecto traumático y de frustración encuentra su cauce en el chiste político en lugar de participar directamente cual sana democracia:
“Culturalmente, los mexicanos están más dispuestos a reírse que a participar activamente, debido a que el régimen autoritario les deja pocas posibilidades para influir cambiar los aspectos rechazables del Gobierno. Por lo tanto, los chistes sirven para transmitir un mensaje de insatisfacción y desahogo de la frustración”.
Ciertamente, los chistes se convierten cada vez “más agudos y más filosos” a lo largo de los sexenios. No es de gratis, claro, sino que responden a una realidad donde la clase política satisface cada día menos las demandas de los ciudadanos. Por eso, el chiste no tiene fin, algunos sólo cambian el destinatario al grado de que cualquier chiste de gallegos le quede a cualquier presidente. A propósito, ¿qué tipo de chistes le depararán a Felipe Calderón?
Los chistes que vienen
“En la Mira…” reúne chistes desde la Colonia hasta Vicente Fox. Es decir, no incluye el siguiente sexenio, pero sí un post scriptum donde el autor registra el clima electorero de fin de sexenio.
“En la elección de 2006 quedó marcada la diferencia entre el chiste verbal y el chiste que se vuelve gráfico, especialmente ayudado por la Internet. Se convirtió en parte de la guerra sucia del PAN. Los chistes se lanzaban como dardos al igual que se hacía con los mensajes para atemorizar a la sociedad: Ríete del Peje y tenle miedo porque con él perderás tu casa.
“Los chistes políticos han ido volviéndose más agudos y más filosos conforme pasan los años, los sexenios y los presidentes, porque éstos parecen satisfacer cada día menos las demandas de la sociedad mexicana”, apunta en su obra el autor.
– ¿Considera que la participación ciudadana a través del chiste político sea una forma de democracia?, le inquirió ZETA.
“Sí, a mayor democracia, mayor chiste político. A menor democracia, menos chistes y mayor impacto. En Inglaterra sacan los peluches y hacen pedacitos a la primer ministro. En México sacan a los (Hechos de) peluches y no hay peluche presidencial. El primero es un régimen democrático, éste es un régimen autoritario”.
Ciertamente hoy en día, en la prensa escrita y en nuestro sistema abundan los cartones y chistes ridiculizando a los actores políticos. Sin embargo, en TV Azteca y Televisa el refrito de cada día es el doble sentido que hace referencia al sexo. Ortiz de Pinedo, Adal Ramones y sus respectivos séquitos, a lo más que llegan es un mal chiste de sexo. En un tiempo TV Azteca sacó al aire “Hechos de Peluche” y Televisa hizo lo propio con “El Privilegio de Mandar”; en el primero “o el medio se autocensuró o el poder político le dijo: ‘No al chiste político, al presidente’”.
En cuanto a “El Privilegio de Mandar”, Schmidt apunta:
“Es una edición muy cuidada donde juegan a la ‘pluralidad’, y donde al final de cuentas puedes reírte un poco de Fox, Marta Sahagún, un poco de Madrazo, El ‘Peje’ (Andrés Manuel López Obrador). Que es un avance porque ahora sí se rieron del presidente, sí; pero hasta ahí. ¿Implica que hay una apertura mucho más amplia de los medios de comunicación? Yo diría que no. La barra de comentaristas de Televisa, es la gente de Televisa, está todo cerrado”.
El politólogo evoca aquellos tiempos en los que parecía que la democracia empezaba a proliferar en nuestro país desde las televisoras:
“Barriendo la Noticia”, a la hora de llegar al personaje político ‘tit’, se acababa. Ese tipo de ataque directo contra la imagen del presidente simplemente no existe, no se da”.
– De Vicente Fox era (es) muy fácil reírse, no se requería un esfuerzo considerable porque él mismo propiciaba que se burlaran de él. Ahora vemos en Calderón a un Presidente más serio, más discreto. ¿Qué tipo de chistes considera que surgirán para él?
“Yo te cuento uno que acaba de salir:
‘Viene el nuncio apostólico a perdonar a todos los que votaron por el ‘Peje’, porque los que votaron por Calderón no tienen perdón de Dios’.
“Va a haber dos factores. Uno: Si Calderón no comete muchos errores y si no se expone con la imprudencia con que se exponía Fox, los chistes van a ser menores. Dos: Si la situación económica mejora, los chistes van a ser menores. Si la situación económica no mejora, van a surgir muchos chistes”.
– Por muy serio que se comporte Calderón…
“Es que eso no importa, ni su discreción; lo que importa son los resultados de la política, porque eso es lo que nos pega a todos. Cuando el resultado de la política es malo, la sociedad se ríe como venganza, no reacciona en función de la personalidad del político. Aunque puede funcionar con la personalidad del político, como con Fox, pero Fox era tonto. No es lo mismo las tarugadas de Fox a un hombre mucho más discreto y educado como Calderón”.
Finalmente, además de ofrecer en su propuesta la posibilidad de hurgar aquellos chistes que se creían olvidados y hasta recordar los más recientes, esta obra de Samuel Schmidt es risa de principio a fin. Pero su repertorio hecho libro funciona también hasta como recordatorio de que la política mexicana y el chiste político resultan carísimos al país; la primera por su paupérrima calidad, y el segundo porque el mexicano cree que con contar un chiste es sinónimo de participar en construcción política y democrática, y hasta cree ajustar cuentas de esa forma a sus políticos.
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