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La mujer del emigrante (dos)

Antonio Meza Estrada

Con gusto contesto a las preguntas de un lector que en días pasados se refirió a una de estas columnas. En primer término, mi admiración y respeto activo a los emigrantes y sus familias. Y digo activo, porque hice cosas en su favor, me comprometí con sus afanes y luchas en mi tiempo de cónsul y ahora, trato de divulgar las buenas prácticas que, creo, pueden ayudarles desde acá, desde nuestro país.
En primer lugar, hablaré otra vez de la mujer, la esposa, la compañera del emigrante. Me refiero a ella, la que se queda acá y tiene que hacer cabeza de la familia. En la medida que ella cuente con herramientas culturales, podrá ser mejor líder de su familia y ejercer las funciones que de ordinario hace el varón, tales como la dirección de los hijos, la proveeduría del hogar y coadyuvar en la unidad de la familia, en muchos casos severamente afectada por la ausencia del hombre. Ella requiere educación, que ojalá fuese proporcionada desde su estadio de niña y adolescente. Que aprendiese lo necesario acerca de su futura función como madre de familia en temas básicos como la salud de ella y de sus hijos, la alimentación y las reglas de convivencia. La salud reproductiva debiera ser un punto nodal, tanto para el advenimiento de sus hijos, como para su cuidado personal ante los eventuales riesgos de contagio que pudiera ocasionarle su marido, cuando éste regresare de los Estados Unidos.
También, que en su paso por la adolescencia, conociera a cabalidad el fenómeno de las familias divididas no tanto por la expresión de los mitos que se corren y dicen, sino a partir de la tragedia de pueblos y comunidades sin hombres jóvenes y de tierras improductivas por el abandono. No me atrevo a proponer que sean ellas las que las cultiven, aunque bien podrían trabajar huertos, hatos y la granja familiar, todo ello como complemento al ingreso familiar hacia las remesas del marido. Es decir, reglas básicas de la economía familiar, sin que se utilizase por supuesto ese pomposo nombre. Asimismo, emplearse en tareas como la cocina económica o una pequeña industria familiar de tipo artesanal.
Ahora hablaré de la sociedad, de las organizaciones intermedias, que bien pudieran realizar trabajos productivos y asumir posiciones proponedoras, más que criticar una realidad, que con eso no se va a modificar. Yo creo en la organización social de carácter filantrópico. Es decir, tomar la información de salud, educación, economía familiar de donde esté accesible –llámese DIF, SEP’s estatales, IMSS, etc.- y llevarla como talleres de orientación a las comunidades de donde salen los emigrantes.
Nuestra sociedad se ha influido demasiado del concepto de “fin de semana” como espacio improductivo, quizás porque el patrón imperialista lo requiere para estimular el consumismo. Yo invitaría a que organizaciones de profesionistas y comunidades de signo político o religioso, destinaran parte de sus fines de semana a realizar estas tareas.
Finalmente, es imprescindible para nuestra economía conservar las divisas de nuestros paisanos, y con mucha pena, creo que se hace muy poco por ellos y más aún, por sus familias para compensar esa extraordinaria ayuda que si bien va hacia los suyos, indirectamente mantiene a flote la economía nacional y los privilegios de numerosos mexicanos y empresas por donde pasa ese flujo de dinero. Pero, a manera de conclusión, si fuese previsible, preparar a las niñas ante la eventualidad de que lleguen a encabezar una familia sin varón de manera permanente, y cuando la realidad se dé, auxiliarles, capacitarles para el mejor éxito social y económico de ellas y sus descendientes.

Antonio Meza fue cónsul de México en Detroit.
Comentarios: ameza@mexico.com-


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