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Entre lo blanco y lo negro

El concierto de Ricky Martin en San Diego estuvo matizado de situaciones tanto gratas como desagradables. Un show electrizante que no se empañó a pesar del fraude que vivieron varios de sus fans al adquirir boletos falsos.

Trinidad Ramírez Toriz

Lo negro

Todavía no daba comienzo el concierto más esperado del mes de abril para los fanáticos de Ricky Martin, cuando los problemas en la entrada de acceso a la rampa principal del ipayOne Center de San Diego, California se hacían presentes.
Gente de seguridad del inmueble se percató de que algunos boletos y pases para entrar al evento eran falsos, lo que movilizó a varias personas de la producción a retirar dichos documentos.
El autor intelectual del fraude es Gilberto González, quien vive en Tijuana pero también  tiene domicilio en Estados Unidos. El engaño asciende a más de 10 mil dólares, pues timó a más de cien personas. Por tal motivo, empresarios que organizaron el concierto levantarán una demanda en contra de quien resulte responsable.
Lo malo es que los fans engañados tuvieron que comprar otro boleto que no era el que deseaban y se quedaron sin ver a su artista favorito de cerca; lo que es peor, el dinero que gastaron la primera vez difícilmente se les será reembolsado, pues el número de Nextel que el infractor dio para su localización, hoy está apagado.

Lo blanco

Mientras tanto, dentro del inmueble todo estaba listo para que el boricua hiciera su entrada triunfal, y aunque no se llenaron las butacas, la cantidad de gente que se concentró fue suficiente para dar la bienvenida a su ídolo.
Con una escenografía nada ostentosa (aunque algunos digan que fue espectacular), donde sólo había dos cortinas de fierro que servían como pantallas gigantes (una de ellas de forma circular que subía y bajaba cuando se requería) y en la cortina trasera andamios que poco fueron utilizados tanto por el cantante como por sus bailarines, el concierto brilló por sus luces robóticas.
Ambas pantallas gigantes, ubicadas en los laterales y por supuesto la excelente musicalización, ayudaron a un Ricky Martin más maduro y dispuesto a entregar el alma en el escenario cada vez que interpretaba uno de sus temas.
Quienes disfrutaron del concierto de arriba hacia abajo, pudieron ser testigos del símbolo de la paz que toda la noche pisó Ricky, con dos brazos que llegaban hasta el público, donde se colocaron bandas deslizables que sirvieron para que el boricua luciera sus mejores poses, esas que por tantos años lo han caracterizado.
A sus 35 años, Martin da muestra de su madurez no sólo interpretativa, sino a nivel presentación; atrás dejó la espectacularidad de los grandes escenarios con miles de instrumentos y recursos visuales para dar mayor realce a su concierto. Sabedor que la tecnología es lo que predomina, él la sabe utilizar y como resultado, un escenario nada espectacular con simples estructuras que igual sirvieron como cortinas, que como pantallas gigantes, donde más de una vez, Ricky mostró su escultural cuerpo cuidado con ejercicio, mostrando también sus ya populares tatuajes, símbolo del momento que está pasando a nivel espiritual, así como una sonrisa que cautiva a cualquiera.
En esos momentos en los que su imagen se reflejó como espejo, el boricua se dejó querer, arrancó suspiros, gritos y piropos de niñas, adolescentes y adultos.
Bailó como sólo él lo sabe hacer, con ese sabor candente que lo caracteriza, con pasos que de sólo verlos, erizan la piel de cualquiera; coqueto, sensual y atrevido, tocaba el cuerpo de sus bailarinas, mientras éstas hacían lo propio con él.
Agradeció a su público su presencia (claro está, todo el discurso en inglés por estar en San Diego) y fue notorio que la mayoría de la gente iba de Tijuana, ya que cuando el cantante mencionó a la ciudad, un enrome grito a una sola voz se dejó escuchar. Fue obvio que los anglosajones no hicieron acto de presencia.
Un concierto que se envolvió entre el romance y la fiesta latina, con nuevas coreografías pero con las mismas canciones, como “Revolución”, “Livin´ la Vida Loca”, “La Bomba”, “La Copa de la Vida”, pero también aquellos que hacen latir el corazón, como “Vuelve”, “Fuego de Noche, Nieve de Día” y “Tal Vez”.
Un total de 20 canciones, acompañadas de diez músicos, fueron disfrutadas en plenitud por los fanáticos por una hora y 40 minutos.
Desde la rítmica “Pégate”, con la que inició su concierto, hasta “Tu Recuerdo” -con la que se despidió-, Ricky mostró energía, alegría, frescura y un crecimiento como artista; mezcló ritmos, géneros, sentimientos y deseos, como en el tema “Somos la Semilla”, donde minutos antes de interpretarla expresó su preocupación por los niños del mundo.
Si bien, durante varios años ha ayudado a organizaciones y ha hecho labor a favor de ellos, éste ha sido un año maravilloso, de muchos descubrimientos y tal vez el más importante de su vida, lo cual se reflejó en su concierto, arriba de un escenario donde compartió con su público, al que le hizo ver cómo se siente espiritualmente.

Presumió su cuerpo

No fue en una, ni dos, ni tres ocasiones. Fue casi en todo el concierto que Ricky presumió su cuerpo. De entrada, antes de su primera canción, una introducción con imágenes suyas prendió de inmediato al público.
Sus músculos fueron expuestos en las tres pantallas que se colocaron para observar más de cerca al boricua.
Él, dentro de un contenedor con agua, se sumergía, iba y venía.
Después, mostrando sus tatuajes, la cámara dejaba ver su cuerpo desnudo, con posiciones sugerentes que encantaron a los fans y que a modo de agradecimiento por tan semejante regalo, éstos le gritaban con todas sus fuerzas en aprobación a lo que sus ojos observaban.
“Ámate”, “Conócete a ti mismo” y “Perdona”, entre otras frases, se dibujaban en el dorso, pierna, espalda y el cuerpo completito del cantante.
Y para rematar, de los varios cambios de ropa, tres fueron para lucir sus brazos, ya que usó camisetas sin mangas que dejaron sus músculos al descubierto.
No cabe duda que Ricky Martin sabe explotar su imagen y cómo vender, gracias a su carisma, música, coreografías y… su cuerpo.


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