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La despenalización del aborto

Concepción Vizcarra de Arámburo

Mucho dudé abordar el tema de la despenalización del aborto, que ha polarizado a la población en dos bandos, el de los buenos, defensores de la vida y el de los malos, que apoyan a las mujeres que asesinan a sus propios hijos. Al menos eso es lo que se trata de propagar por los que no sólo defienden la vida sino que piden castigo para las mujeres que en la mayoría de los casos, la pobreza, la ignorancia, el abandono, el descuido o la falta de una educación sexual, las lleva a un embarazo no planeado.
Tema que por ser tan delicado, no debe ser causa de posiciones radicales, ni tratarse a la ligera; sino darle una justa dimensión para llegar a las causas antes de enfurecerse por los efectos.
Pertenezco a una familia católica, pero creo en que si Dios nos dotó de una inteligencia, también nos dio el derecho al libre albedrío por lo que tengo una imagen distinta de Dios que se le concibe a la imagen y semejanza de la mente humana, como a un Juez implacable, que castiga con un limbo a los niños inocentes, y con un purgatorio e infierno de lumbre a los pecadores. El limbo, lo acaban de suprimir; al fin entendieron que castigar a los inocentes no es cosa de una mente omnisciente como la de Dios, que supera la capacidad humana.
Volviendo a la despenalización del aborto, no creo que nadie pueda estar a su favor, pienso que las mujeres que se encuentran ante un embarazo no planeado, al acudir a interrumpirlo muy en especial, aquellas que se ven orilladas porque la pobreza extrema les cierra los caminos a una vida digna. ¿Acaso no sufren no sólo físicamente al exponerse en circunstancias infames en manos de curanderas o tomando brebajes, sino que a la vez sienten el gran dolor que su instinto materno les infunde al perder al hijo?
Voy a referir un caso que me tocó presenciar, hace muchos años, cuando una amiga me invitó acompañarla a visitar a una prima de ella. Al rato de estar conversando, la prima  empezó llamar a la joven que hacía el quehacer de la casa,  al ver que no se presentaba fue al piso de arriba para cerciorarse de por qué no bajaba, poco después la escuchamos gritar, subimos creyendo le había pasado algo. Nos estremeció la escena que presenciamos, la trabajadora doméstica estaba tirada en el suelo, desangrándose.
En el hospital, le salvaron la vida pero le extirparon la matriz. Ni para qué decir que la prima la despidió del trabajo. “Lo hubiera hecho antes si hubiera sabido que estaba embarazada”. Fue su comentario  y seguramente los que tan ferozmente se oponen al aborto la hubieran condenado a la cárcel.
No me considero con la calidad moral para juzgar. Menos aún para culpar y castigar, porque nunca he promovido acciones que ayuden a mujeres embarazadas y sin recursos, porque no puedo estar en las circunstancias en que se encuentran quienes como la muchacha que me tocó ver en la casa de una familia muy católica, se ven orilladas a abortar.
No he visto el mismo alboroto que ha causado este tema, para protestar contra las guerras que matan a tantos niños o los dejan en la orfandad; contra el narcotráfico y el lavado de dinero, causas de tanta drogadicción, ese maldito vicio que está arrastrando a caer en él hasta los niños, contra la pederastia y la pedofilia. ¿Qué todos estos abominables acciones no atrofian la vida a niños y niñas?
En fin, como dijo Cristo, que el que esté limpio de culpa arroje la primera piedra y en el mundo que estamos viviendo, al que le ensuciamos tierra, aire y agua, la vida del planeta, pues, nuestra apatía ante las causas que originan los graves problemas que aquejan a la humanidad, ¿podemos acaso sentirnos libres de culpa? Promover el uso de anticonceptivos, la educación sexual en las jovencitas, programas de apoyo a las mujeres de escasos recursos, son acciones que redundarían en la reducción de los abortos.

Concepción Vizcarra de Arámburo es luchadora social y reside en Tecate, B. C.
Correo: concepcion_vizcarra@hotmail.com


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