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La prosperidad

Contrariedadez | Raúl Paredes y Hernández

“La prospe” que es como, en forma por demás cariñosa, la recuerdo.
Sí, se trata de una cantina en la ciudad de Mérida que me trae gratos recuerdos.

– “¡Claro! tenía que ser una cantina”. Me reclamará alguna de mis parientes más cercanas; sobre todo de mis parientas llamadas “políticas”, no por su actividad pública sino por la relación –forzada– familiar. – “¿Por qué no te acuerdas de alguna biblioteca o de algo así?”

No tengo respuesta, pero realmente no guardo en mi “disco duro” el recuerdo de algún centro de lectura, ni nada que se le parezca en la llamada “Ciudad Blanca”. Si acaso otros restaurantes…

He tenido la oportunidad de visitar en múltiples ocasiones a la bella capital del lejano estado y recuerdo su Paseo Montejo, la sombreada Plaza y el Palacio de Gobierno, la Catedral con su precioso Cristo, de ébano creo, su cercano balneario de Puerto Progreso y, obviamente, las maravillosas ruinas y cenotes (con “c”). Pero hoy, lo que me vino de recuerdo es su comida y, sobre todo, ¡en La Prosperidad!

Aunque claramente su nombre indica que se trata de una cantina, y lo consecuentemente lógico es el consumo de bebidas y licores, lo que me trae mi memoria “voladora”, es la variedad en la comida. ¡Qué comida!

Todo es llegar como a la una de la tarde porque, usted sabe, toda ciudad que se precie de saber vivir debe darle su tiempo al tiempo y, sobre todo, al tiempo de la hora de comer; bueno, pues hay que tratar de llegar como a la una y empezar a pedir la primera ronda de cervezas, sin que forzosamente esté yo negando que pueda entremezclarse una buena copa de tequila y/o, según el termómetro, una “cuba libre” bien sudada…También sirven refrescos –sodas por acá– para los aburridos, damas, niños y niñas (¡chin! ya me acordé de aquél!) porque, aunque no pareciera, se trata de un restaurante con “ambiente familiar”

Ya que se toma la precaución de ordenar rápidamente las bebidas, por aquello del calorón yucateco, puede Usted olvidarse de toda preocupación, los meseros se encargan de lo demás.

Empezará un desfile de los más exquisitos platillos regionales.

Mientras tanto el conjunto musical, a base de marimba y batería, tocará cumbias, jaranas –claro–, pasos dobles y guarachas.

Mas tardecito se acercará un trío hasta su mesa, para preguntarle: ¿cuál le toco, joven?

Aquí hay que tener, como siempre, mucho cuidado con la colocación de los acentos, ya que no es lo mismo que nos pregunten por nuestro gusto entre la PeregrinaEl pájaro azul  o el Rosal enfermo, a que el cantante tenga la duda sobre quién, de las de la mesa, es nuestra acompañante, ya que hubiera dicho: ¿cuál le tocó, joven?

Para abrir boca es probable que le traigan una fresca ensalada con carne de venado –salpicón– al que le seguirán en perfecto orden, los codzitos, papadzules, mole negro, queso relleno, pan de cazón y para remate los taquitos de cochinita pibil y los indispensables panuchos…

¿Cochinita pibil? ¿Panuchos?

Ni modo, me voy a tener que permitir interrumpir la deliciosa relatoría culinaria anterior para  caer en lo prosaico de las notas políticas. Tan bien que íbamos…

No puedo dejar de comentar la nota que leí sobre las elecciones estatales celebradas el pasado domingo por aquellas tierras. Resultaron pacíficas, pero no dejaron de haber algunos acontecimientos de los que nunca faltan; esta vez parece que los principales protagonistas fueron miembros del partido en el gobierno que la veían venir y trataron desesperadamente de conservar el poder.

La primera nota que no deja de ser chusca es sobre la dádiva consistente en, precisamente, taquitos de cochinita que efectuó la candidata a presidenta municipal de alguno de los ciento treinta y tantos municipios y que, entre los ciudadanos de la “tercera edad” repartió la mencionada candidata. Al ser descubierta destacó que únicamente lo hizo  “entre los mayores que ya habían votado…”

Otra nota la dio ni más ni menos el hermano del todavía gobernador, Patricio Patrón, quien precisamente ese domingo salió “a pueblear” con los bolsillos cargados de dinero “para comprar algunas cabezas de ganado” que necesitaba adquirir precisamente ese día.

Aprendieron pronto, pero así les fue…

Mire, me quedo con las ganas de platicarle de mi viaje a la Laguna Hanson el domingo pasado. Y digo literalmente que “me quedo con las ganas” porque no fui. La noche anterior me robaron la camioneta que había rentado para el viaje. No, si le digo…

Mejor me voy para Mérida…a La Prospe; a comer sopa de lima, codzitos y papadzules, pero sin panuchos porque a estas alturas ya me caen medio pesados…

Raúl Paredes y Hernández es ingeniero civil y reside en Tijuana, B. C.
Correo electrónico: raul3824@prodigy.net.mx


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