J. Jesús Blancornelas
En serie
Pedro López es colombiano y le dicen “El Monstruo de los Andes”. Violó y mató a 100 niñas en su país. A otra centena de peruanitas. También a 110 ecuatorianas “...porque son más inocentes y confiadas”. Vi su foto. Enchamarrado, camisa a cuadros. Sin rasgos indígenas. Moreno, pelinegro lacio y ojos obscuros. No parece un maldito y anda cerca de los 40 años. Tenía ocho cuando su madre, que era prostituta, le obligó a relación sexual con sus hermanos. Y a los doce sufrió el abuso del profesor en la primaria. Capturado por la policía confesó: “Si yo perdí mi inocencia a los ocho años, esas niñas debían sentirlo igual”.
Los asesinos en serie siempre tienen obscuros motivos. El doctor Harold Frederick Shipman abusó con sus conocimientos. Mató a casi 400 pacientes. Les recetó pequeñas dosis venenosas o contrarias al sanamiento. Cuando fallecieron él mismo certificó su “muerte natural”. Antes, entre consulta y consulta los convenció: “Yo puedo cuidar sus bienes” y le heredaban. Está prisionero en Inglaterra. No tiene facha de asesino. 56 años. Barbado y canoso. No calvo. Atildado. Lentes redondos y mirada tranquila. Hasta podría confundirse con un sacerdote.
En Boston 13 jovencitas solteras fueron violadas. Luego, ahorcadas con sus prendas íntimas. Sucedió entre junio 14 del 62 y enero de 1964. Popularmente se conoció al asesino como “El Estrangulador de Boston”. Nunca dejó huellas de violencia. Fue identificado y capturado Albert DeSalvo. Confesó cada crimen. Pero muchas personas dudaron. Le conocían y no creían capaz de matar.
Robert Lee Yates tiene cara de empresario. Pelo castaño. Asoma la calva. Labios delgados y nariz de estatua griega. En 1975 fue guardián de la prisión Wala Wala en Washington. Seis meses después se afilió al Ejército. Buen piloto de helicópteros. Lo comisionaron a tierra alemana. Estuvo en la famosa “Tormenta del Desierto”. Condecorado. Regresó a Washington y entró a la Guardia Nacional. Casado y con hijos. Fue detenido en 2000. 18 de abril. Familiares y conocidos se estremecieron. Yates resultó ser el afamado “Asesino del Green River”. Violó a siete prostitutas de color y rubias. Dieron con él gracias a una excelente faena científica. Cabellos, sangre y tela de las víctimas fueron encontrados en casa de Yates. Los rastros de esperma que tenían eran de Robert. DNA lo comprobó. El asesino confesó: Fue por vengarse del abuso sexual repetidamente sufrido cuando tenía seis años. Un vecino maloso le atormentó.
Andre Chikalito es ruso. Alto, fornido, ojos sumidos, nariz pronunciada y mal vestido. Toda la facha. Primero violó y mató a una niña de nueve años. Siguieron más y las abandonaba tras de apuñalarlas en el estómago. Lo llamaron “El Asesino del Bosque”y tardaron seis años para capturarlo. Le achacaron 34 asesinatos. Desde su celda escribió al fiscal: No sabía lo que hacía. No tenía control de sus pervertidos actos, porque desde joven no pudo realizarse sexualmente. La policía lo llevó a recorrer comunidades donde reportaron asesinatos. Terminó explicando cínicamente cómo violó 53 chamaquitas.
Donald Harvey era enfermero. Trabajaba en el hospital de Cincinnati. En septiembre de 1975 lo ubicaron en el turno de noche. Durante 10 años mató a 15 pacientes. A unos los asfixiaba con toallas húmedas sobre nariz y boca. A otros les rociaba veneno para ratas en la comida. Arsénico en el jugo de naranja. O cianuro en intravenosas. Lo descubrieron motejándole “El Ángel de la Muerte”. Reconoció todo y aceptó: Cuando joven “...no me podía controlar los demonios internos”. Por eso él mismo se internó en un hospital. Recibió 21 electro-choques. Sintió que lo hicieron sufrir y por eso su revancha mortal.
Ailen Wournos tenía 46 años.Desde niña le gustó prostituirse. Tuvo bebé a los 14. Desalmada lo abandonó en un orfanatorio tal como su madre hizo con ella. Al papá ni lo trató. Estaba encarcelado por violar niños. Ailen creció en las carreteras de Florida drogada, emborrachándose y vendiendo su cuerpo. Presumía “atender”semanalmente a 50 hombres y ganar“mil dólares limpiecitos”. De paso se hizo amante de una lesbiana. Pero cuando llovía “se le corría el maquillaje”afeándose. Entonces pocos la buscaban. Por eso mató primero a un desdichado cuando se le ocurrió contratarla. Fue a tirarlo a despoblado. Y así otro, uno más y hasta llegar a siete en 1990. La policía sabía que era una mujer pero no la conocía. Los periodistas le apodaron “La Doncella de la Muerte”. Cuando la encarcelaron dijo: “Odio profundamente a la vida. Si estuviera libre volvería a matar. Quiero estar en paz con Dios”. No quiso abogado defensor. Suplicó al juez la sentencia de muerte. El miércoles nueve de este octubre le inyectaron la pócima mortal: Pentotal de sodio, bromuro y cloruro de potasio.
Los asesinos en serie siempre atraen. En México hace muchos años Goyo Cárdenas se convirtió en leyenda. Sepultaba ilegalmente a sus víctimas. “Las Poquianchis” asquearon al país desde su burdel en Guanajuato. Ángel Maturino Reséndiz, mexicano, fue detenido hace tres años y dos meses. Se pasaba ilegalmente a Texas y mataba por matar. Le apodaron “El Asesino del Ferrocarril” porque siempre asesinaba a las orillas de las vías. Es muy conocida la historia de “El Hijo de Sam” en Nueva York.
“El Francotirador de Washington” desde su aparición se envolvió en el misterio. Le importó nada morir. Cuando marcó el 13 del Tarot con la leyenda “Yo soy Dios” se descubrió como el hombre que se cree dueño de la vida y el tiempo. Demostró que ha permitido vivir a quien quiere y ha matado al antojo. Por eso me da la impresión de suicidarse antes que permitir ser detenido. En su caso y por lo visto, cree que nadie le puede quitar la vida, sólo él. Su soberbia creció a cada espectacular asesinato. Midiendo siempre hasta donde pueden llegar él y la policía. Su reto, actuar con precisión en pleno día sin dejarse ver. Nada de agazaparse en las noches. Y después de cada disparo burlar a los perseguidores en la zona más transitada.
Desde cuando se le consideró asesino en serie, hubo coincidencias: Entre 45 y 55 años. Caucásico. Ex-combatiente. Su propósito, actuar en la Capital de Estados Unidos como un símbolo de reto. Pero está claro cómo los asesinos en serie son más capturados y menos intocables. También es innegable la clara voluntad de perseguir en Washington, frente al notable desgano e incapacidad en Ciudad Juárez.
Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 21 de octubre de 2003, propiedad de Jesús Blancornelas.
|