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Pan y Zirco

Juan Carlos Domínguez

Muchos días para las Horas de Junio. Es el Encuentro Hispanoamericano de Escritores que en Hermosillo, Sonora organiza Raúl Acevedo Savín y que se ha ganado muy buena acogida desde hace varios años. ¿El principal motivo? Ese magistral equilibrio que logra entre la formalidad y oficialismo, y el desmadre y la chorcha.
De músicos, poetas y locos, literalmente, es ese evento de escritores. En el encuentro que se organiza en La Paz (“Lunas de Octubre”), se cuenta siempre con la presencia de varios locos, pero finalmente son la dinastía Lizardi o Paco Luna; pero en Hermosillo, me encontré con una buena “mata” de desquiciados, que dimensiona el aspecto lúdico de las jornadas. Locos singulares, geniales los más, incómodos los menos, pero divertidos finalmente. Dicen que el calor los tiene así: “A lo mejor tener sed enloquece al desierto…” dice una canción.
Tiene un vibra y una esencia “Horas de Junio”, que no se encuentra en la mayoría de los encuentros literarios que se organizan en otras partes del país (por ejemplo, los insípidos que se hacen en Tijuana, por no ir más lejos). Una virtud del mismo, es la gran cantidad de narradores y poetas, distribuidos a lo largo de 30 mesas, sin esquemas rígidos que los acomode por género, edad, residencia o tendencias. Abierto y libre, fluido, con lecturas ágiles. Una característica muy peculiar, es la agrupación tanto de autores jóvenes, medianos y viejos, sin prominencia de unos sobre otros. Las diferencias son casi imperceptibles. Eso no es fácil, en un medio donde siempre habrán de imperar “las capillitas”.
Pan y circo, como en todo, también lo hay. Ahí es donde entra la parte oficialista. Las lecturas normales a las que acuden unas 30 personas, de repente se convierten en 300. Es lo que pasa en la inauguración formal a cargo del Presidente Municipal y autoridades de cultura y la Universidad. Cada uno lleva a dos reporteros, a un maestro de ceremonias muy engolado, y al séquito de colaboradores a hacer “bola”. Pero el trance pasa, y los poetas recuperan su espacio. La parafernalia de rigor, viene, cumple y se va, tal como debe ser. Por su parte Acevedo Savín, el verdadero orquestador, también toma la palabra, y se nota la sensibilidad neta, la del que sí goza y se conmueve ante el encuentro con las letras.
Hasta el Subcomandante Marcos pidió leer, según dicen, en “Horas de Junio”. Y lo hizo. Lo que acarreó a otro conglomerado de público. Ya saben, la prominencia de los típicos “rebelditos sin causa”. Y ahí está Marcos, leyendo un extenso texto que va de la subversión al amor, de la ficción al sexo, y hasta de la cursilería: “Cultivo una rosa blanca en junio como en enero… para el amigo sincero...”, y acto seguido le entrega un bonito arreglo floral al poeta homenajeado Ernesto Cardenal. “Qué par de p…”, diría  el poeta Paco Luna mofándose de la romántica escena entre el encapuchado y el viejito de la boina. La escena pintoresca se extiende como las largas colas de hombres y mujeres que quieren la foto y el autógrafo con Marcos. Al guerrillero ya ni siquiera hay que solicitárselo, está tan acostumbrado al reflector y el acoso, que basta ponerse a su lado, para posar junto a ti frente a la camarita.
Folclor y mucha fiesta, eso garantiza la larga vida para las “Horas…”. Mira que leer a 10 metros del mar de Guaymas (sede de la clausura), degustando la cerveza y la mantarraya, le da un gozo mayor al ya de por sí estado enardecido en que los escritores y demás se entregan, como fuente vital de su literatura. Luego de dónde sacar buenas historias, si no es de los deleites, desencuentros, desenfrenos, los afectos y demás, de cada uno de ellos, que ahí se concentran como en una marabunta que vuelve cada Encuentro memorable.


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