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La libertad de vivir  

(Primera parte)

Jaime Martínez Veloz

Torreón no es cualquier ciudad. Es la capital de mi vida, mis primeros sueños y amores. La conocí toditita. Nací en la calle Abasolo, a una cuadra de la Alameda, en una casa donde la partera fue mi tía Lucy, hermana del “Tío Cleofás”, que para mi suerte o mi desgracia, mi padre le pagó sus servicios, poniéndome el nombre del tío patriarca de la familia. A la “Tía Lucita”le encantó que me pusieran el nombre de su hermano, mientras que el propio “Tío Cleofás” estuvo en desacuerdo, pero cuando mi papá se empecina, no hay quien lo baje de su macho. Así que desde que nací, Cleofás me llamo.
Ese nombre es hoy parte de lo más íntimo de mi vida, pero cuando estás en secundaria o preparatoria, que joda te llevas, con la ironía y la burla de tus compañeros. Cuando a mi papá le preguntaba, por qué me había puesto ese nombre, me contestaba, como para que me diera consuelo, que también me había puesto el nombre de Jaime, para que yo escogiera. De nada me servía su explicación, si de cualquier forma en el barrio todos me decían Cleofás. Hasta que me acostumbré y terminó por gustarme el pinche nombrecito.
Tuve la suerte de no tener “Nintendo”, porque todavía no habían salido al mercado; tampoco nunca hubo televisión en la casa. Los sábados en la tarde, pagábamos veinte centavos por ver en la tele, a la vuelta de la esquina, los programas del “Llanero Solitario”, “Flecha Rota”, “Cochise” y “El Zorro”. Desde entonces mis preferidos eran los indios. Sin aparatos electrónicos, tuve las calles como mi lugar de juegos; las canicas, los ágates, el yoyo, el balero, el pocito matón, el trompo, la rayuela, el chinchilagua, el brinca tu burroy las manos llenas de costras de tierra, que cada sábado mi madre me las tallaba con estropajo y lejía, entre mis gritos de dolor. De tanto andar de atrevido un día se me quebró el brazo izquierdo y lo traje enyesado varias semanas.
La semana apenas me completaba para acarrear dos tambos diarios de agua, ayudar tres misas al día en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, andar detrás de mis hermanas, estudiar para ser el primer lugar del salón y abrazarme de las piernas de mi maestra, cuando nos llevaba a alguna acción comunitaria. De tanto esfuerzo, a los 9 años me operaron de una hernia en la ingle derecha. Un mes completito duré en la cama. Mi primer beso me lo dio Lidia (ayudante de mis padrinos Elsa y Quico). En mi ignorancia sobre la sexualidad, pensaba que con un beso en la mejilla, la había embarazado.
Mi niñez transitó por los barrios más bravos y rebeldes de Torreón. “La 18”, “La Guadalupana”, “El Maratón” y “La 12”. Rubén, mi hermanito mayor, se me adelantó y se fue al cielo antes de que lo conociera. La vida tuve que aprenderla solo, acarreando agua, vendiendo melones, sandías, boleando zapatos, ayudando misas, bodas y bautismos, rezando rosarios y tirando trompos en los pleitos callejeros. Aprendí beisbol, futbol, basquet sin más maestro que los amigos del barrio, que se constituyeron en la prolongación de mi familia. “El Cadáver”, “El Semitas”, “El Feo”, “El Sapo” y “Nando el Tapicero”, son los primeros de muchos, que me saltan a la memoria.
A los seis años aprendí a andar en bicicleta, que se constituyó en mi mejor vehículo de transportación. El aprendizaje no estuvo exento de azotones y raspones en el campo terregoso de la calle 17 y Artes Gráficas, habilitado como el lugar de prácticas, para domar aquella bicicleta, que me mandó mi primo Carlitos, desde Tampico, Tamaulipas.
Mis primeras marchas fueron las guadalupanas, al son de rezos, cánticos, matachines y viejos de la danza. Por la calzada Cuauhtémoc y luego por la calle Hidalgo, entre cohetes zumbadores, truenos estridentes y rosarios decembrinos, llegábamos a la Iglesia de Guadalupe, ubicada cerquita de la Alianza. El champurrado, los tamales y buñuelos eran buenos estimulantes de las peregrinaciones a la basílica lagunera de las lupitas.
Mi tío Maximiano Soto y mi abuelo paterno Heriberto Martínez, fueron bautizados por mis balbuceos infantiles como tío Ano y pa’eto. Junto a ellos hice mis primeros recorridos de Torreón a Gómez Palacio, donde cerquita de “El Vergel”, el tío Chimiano, tenía un pequeño rancho donde sembraba algodón, melones, sandías y calabazas. Año con año, me llevaban a las pizcas y el producto de las siembras lo vendíamos, en el mercado de Torreón, en la esquinas más concurridas o casa por casa en el barrio, donde mi tía Petrita, esposa del Tío Ano, me pagaba un porcentaje de las ventas vecinales. Estos personajes constituyeron uno de los mejores apoyos de mi vida. Ya eran grandes de edad cuando yo los conocí, pero su empuje y esfuerzo era extraordinario. Su ternura y cariño hacia mí, nunca tuvo límites. Cuando murieron, se fue con ellos parte de mi vida.
Los sábados en la mañana eran rigurosamente utilizados para jugar futbol, en los campos de la 17 o la 18. De portero, defensa o delantero, o de lo que fuera, jugaba junto a toda la raza del barrio. Los domingos eran para la liga de beisbol infantil, donde era filder del equipo “Tigres”, que dirigía mi padrino Quico, junto a sus hijos, Paco, Arturo y Quico chico. Luego del juego, disfrutábamos cada uno, el refresco de Barrilito o doble cola, que nuestro entrenador nos invitaba. Los domingos en la tarde los aprovechaba para ir a ver jugar a la “ola verde”, que así le decían al “Equipo Laguna”, en el viejo estadio San Isidro, o en su defecto al “Equipo Torreón” en el estadio Revolución, los sábados por la noche. Ambos equipos de segunda división, antecesores del “Equipo Santos”, que cuando subieron a primera división, toda la comarca lagunera se incendió de gusto y alegría.
Un guante de beisbol que me regaló mi Tío Ubaldo, me acompañó durante toda mi infancia. Lo cuidé con toda el alma, de cuando en cuando lo untaba de manteca de cerdo, para que estuviera dúctil y en condiciones óptimas. Nunca hubo un pinche filder derecho como yo. Superman era un pendejo frente a mis vuelos para atrapar los cañonazos de los rivales. Las pelotas de beisbol las reciclábamos cociéndolas con cáñamo. En las ligas de los mayores, un jugador al que yo admiraba, era “El Perro”, del mismo barrio de “La Guadalupana”, donde como pitcher era inigualable, pero le encantaba el trago, que terminó con su vida. El día de su muerte, todo el barrio entristeció.
En invierno calaba por igual el frío que el hambre. Poncho, el jotito del barrio, ayudante culinario de la señora rica de la cuadra, en compensación por defenderlo de quienes hacían mofa de su forma de ser amanerada, me regalaba de cuando en cuando un pan francés relleno  de frijoles, con el cual mitigaba el hambre. Mis amigos me hacían burla, pero terminaba compartiendo con ellos, el lonche de frijoles. En el verano el calor te obliga a dormir en el patio de tierra. Junto las gallinas, los patos y los moyotes (mosquitos), descendientes de los vampiros, en la cama de tijera de lona, con mi perro “El Dandy”a un lado, me dormía frente aquel cielo lagunero lleno de estrellas.
En las navidades Santo Clos, nunca me trajo lo que le pedí, pero para qué quería más si tenía alrededor de mí todo el cariño del mundo. Mi imaginación era tan grande como mis sueños, tal vez en otra vida fui ave, águila quizás. Con papel periódico, engrudo, carrizo, cáñamo y tijeras, hacía los papalotes que más alto volaban en los cielos laguneros. Con un palo de escoba, hacía un “velit”; de un trapo una capa de luchador; de las cajas de cerillos un juego de cartas; de un tornillo una punta de trompo; de un mezquite un arbolito de navidad; de la nada hacía todo. ¿Para qué necesitaba a Santo Clos? De todos modos, si llegaba un juguete, era bienvenido; no le hacía gestos. Tuve pocos, por eso creo que los recuerdo y cuidé tanto. Un Mecanno que me regalaron mis tíos fue un juguete que me entretuvo decenas de horas, armando y desarmando cochecitos y camioncitos. El más paciente para ayudarme era mi tío Ubaldo, pero mi tío Rudy era el machín para el ajedrez y la ecandilada en la política.
Aunque en el barrio la mayoría era amigable y fraternal, nunca faltaban los gandallas y los ojetes. “El Chanate”, era uno de ellos. Después de que mi primo Santos y mi papá, me enseñaron los primeros pasos en el boxeo, el “pariente de la urraca” mascó mecate, frente a toda la raza, con la cual tuvo que disculparse y comprometerse a no molestar nunca más a nadie. Años antes “El Ratón”, mal amigo, había probado la pegada de mis huesudos puños. Fui feliz en el gimnasio de Don Filiberto Gamboa, “El Pajarero”, por la calle Escobedo, entre la calle 12 y la Cuauhtémoc,  junto al bosque donde depuré la técnica boxística, aprendiendo todos y cada uno de los secretos de la filigrana. Jab, counter, rolling, gancho al hígado y a la quijada, oper, cruzado de derecha, finta, caminar de lado, practiqué a diario en aquella bodega de adobe derruida, que me sirvió como gimnasio en mi adolescencia. ¡Diez! gritaba mi manager cuando faltaban 10 segundos para terminar el round de entrenamiento, que es como un grito de guerra para que des el último estirón y no bajes la guardia nunca, ni en el ring, ni en la vida.
No sólo aprendí a boxear, además conviví en un ambiente camarada y fraternal. En los boxeadores encontré algunos de mis mejores amigos hasta ahora. Rubén “El Púas” Olivares, Chucho Castillo, Romeo “El Lacandón” Anaya, Roberto “El Perico” Rivera, Vicente “El Güero” Vega,  Chucho Barrientos, entre otros.
Santos Medina o “Santillos” como le decía mi mamá, primo nuestro y ayudante en la carpintería de mi padre, me enseñó a tirar trompos para defenderme de los más grandes o gandallas del barrio, él me enseño a andar en bicicleta, desde muy chico me ponía a escribir las vocales, mientras él cepillaba las tiras de madera, me enseñó a manejar en el camión antiguo de mi tío Chimiano, pero sobre todo de él aprendí a disfrutar la vida, en la sinceridad del barrio y en la alegría de un pueblo, que sin tener nada, lo tiene todo. Como dice José Alfredo, “alejado del bullicio y de la falsa sociedad”. Santos fue durante mi niñez mi hermano más grande, cuyo cariño por él durante el tiempo se ha consolidado.

Jaime Martínez Veloz, ex diputado y ciudadano tijuanense.
Correo electrónico: radioveloz@gmail.com


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