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Eléctrico girasol sin fin


Embriagados en poesía mundana y melodías de instrumentación nocturna, Babasónicos y Zoé revivieron su rock tal y como se lograra el despertar astral de una nueva galaxia: Mexicali y Tijuana, sedes de dos veladas eléctricas.

Roberto A. Partida Sandoval

El dibujo de un nuevo mundo es sugerente: Un girasol se arraiga al centro de un jardín en primavera. Seis trotamundos fantasean con símbolos y ritmos bizarros. Vestidos de amor y flores fuera de estación, abrazan el Sol con la crudeza de un rock maravillosamente ebrio y bastardo.

Se siente un fulgor irresistible que colorea seis figuras ambientales: Adrián Rodríguez (voz),  Uma-T (teclados), Gabriel (bajo), Diego Uma (percusión y guitarra), Mariano Domínguez (guitarra) y Diego Castellano (batería), quienes reaparecen inmortales sobre el templete.

En su cosmos, los seis hippies describen el atardecer de la velada a través de un rock and roll con tintes de música electrónica. El antiguo pelotari luce exótico, sin límites, sin fin. La madrugada se acerca, pero para estos  poetas herméticos, filósofos, literatos, músicos y soñadores, nunca comienza.
No existe el vértigo, desaparece con la representación de Babasónicos que apenas finge asomar su mirada y encandila el éxtasis de dos millares. El Jai Alai se entume a gritos, mientras los seis dioses argentinos giran con su estilo hasta posicionarse sobre el escenario.

Los minutos avanzaron hasta topar las 22:15 horas, Babasónicos anuncia en su rostro el contento por rozarse nuevamente con Tijuana y se deleita enfilando catorce temas recogidos de álbumes como “Dopádromo”, “Anoche”, “Infame”, “Jessico”, “Miami”, “Babasónica”, “Trance Zomba” y “Pasto”.

El aliento carmesí inspira una historia en cada alabanza, en cada baile y en la vanidad de una colección perfecta de suspiros. La noche es tan nostálgica y eterna, que el rock se bebe a gotas, retrocediendo el tiempo y provocando el temblar de un frío despertar.

Se consume el recital con “Carismático”, “Huella” y “Flash”, que sobrepasa un hilo melódico e instrumental. El rock suena en todas sus posibilidades en un viaje que va de la crudeza a lo simple y se revuelca en lo experimental a flor de piel, en un mundo que se inventan para vivir en él.

“Muñeco” y “Luces” se insertan en la fiesta de un tour que llegó a su quinta velada: Tijuana, cuya peculiaridad ha sido el intercambio de entre abrir o cerrar los recitales. En Mexicali, a Zoé le tocó calentar los ánimos de casi 4 mil personajes arremolinados en la Plaza de Toros Calafia, espacio que ya dictó parte de la escenificación que tendrán las cuatro fechas del Teatro Metropolitan de la Ciudad de México.
           
VIAJE INTERGALÁCTICO EN BUSCA DE LA FUENTE DEL AMOR

El templete de El Foro lució relumbrante, con luces de color, lámparas robóticas y una pantalla al centro. Sencillo pero atrevidamente sensual para la intervención de los argentinos, quienes fueron seguidos por Zoé, el quinteto mexicano liderado por León Larregui, quien llevó el espectáculo al clímax con el comienzo de un nuevo viaje. Quizás uno intergaláctico con historias de guerras entre naves de otros mundos y cohetes espaciales. Imágenes robotizadas y la búsqueda de la fuente del amor como el tema principal de una obra literaria increíblemente sonorizada.

Zoé salta al escenario y aquella primera fotografía “hippiesona” desaparece hasta volverse en luz y fuerza. Larregui desea no morir y caminar por una vereda sin principio ni fin conjurando nombres inmortales. La piel llora de contento y se baña en colores eléctricos.

“Memo Rex” y “Vía Láctea” configuran el sueño con pastillas gigantes y sacian la espera de cuatro meses. Sí, Zoé está en Tijuana abrazándola con nuevo fuego: “Memo Rex Commander y el Corazón Atómico de la Vía Láctea”, placa discográfica de la que actualmente promocionan los temas “No me Destruyas” y “Paula”, que fueron de los más ovacionados.

Sencillamente amor eléctrico, melodiosas programaciones, teclados, guitarras y bajo como contexto sonoro de un conjunto de circuitos musicales; la invitación de un viaje espacial en una nave que pretende invadir con una mezcla de brit pop, rock and roll y tintes electrónicos.

El despertar astral trae un girasol al escenario, la portadora, una doncella que dibujó la noche con sus pétalos de niña. Su objetivo era llegar a Larregui, lo consiguió, pero nunca supo que iluminó la noche con su encanto: El eléctrico girasol sin fin coloreando una noche gris, en la que la ausencia de temas como “Asteroide” y “Deja te Conecto” hicieron mella en los viajeros que se dejaron guiar por aquel zombi jorobado de brazos y piernas largas, y tres cabellos radiactivos.

Los tiempos desaparecen, todo es perfecto, hasta el imponente audio que ahí amplifica el latir del corazón atómico. Los niños “Pacheco” hacen lo suyo en el encuentro de dos mundos, uno bizarro y hippioso, otro un tanto galáctico y enamorado, consumidos en el paso de unos 140 minutos seguidos tras el rastro del alcohol y la ovación hacia un Zoé crecidísimo, que ha sido aceptado por diferentes generaciones.


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