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Crimen sin castigo

(Primera Parte) / Lic. y Mtro. Benigno Licea González

“Si vas a salir a la calle, encomiéndate a Dios. Si no eres creyente, contrata guardaespaldas. Si eres creyente y tienes dinero, encomiéndate a Dios y contrata guardaespaldas”.- Carlos Monsiváis

He decidido empezar estas reflexiones acerca de la prevención de la criminalidad en base precisamente a una aguda afirmación del extraordinario escritor mexicano Carlos Monsiváis. El temor, las presiones devastadoras no sólo de esta ciudad Tijuana, sino incluso, en el ámbito estatal en Mexicali e incluso, en Ensenada, hacen que el afán de dominio sobre los semejantes, la deshumanización y grave descuido legal, social y ético sobre las víctimas del delito, las tradiciones de los todavía abundantes y existentes machistas, los resentimientos sociales, la conciencia y la trágica impunidad creciente, la injusticia como norma constante y definidora de la aplicación de la Ley, la tetralización e imitación mounstrosa de ciertos modos del crimen, representan desafortunadamente un estado de desvanecimiento de los valores sociales, éticos y de justicia que vive nuestra sociedad.

Ya en alguna otra colaboración en este Semanario afirmaba que desafortunadamente y ante la radiografía y realidad de cómo el crimen se ha apoderado de nuestras ciudades, de nuestras colonias y que ha permitido que incluso, la conducta delictuosa se considere “como un hecho común”, nos ha llevado desafortunadamente a la pérdida de nuestra capacidad de asombro, indignación y tolerancia frente al delito.

Es cierto que el primer resultado de la violencia es la combinación de atmósferas de un temor creciente. Se ha perdido el uso confiado de caminar en la calle, incluso, transitar a bordo de un vehículo en la misma; en las conversaciones en los cafés, universidades, el trabajo o la convivencia social se intercambian anécdotas cada vez más asombrosas e increíbles respecto de asaltos, robos, homicidios o secuestros, ante la actitud indolente y poco propositiva de las autoridades estatales encargadas de la función fundamental que se les ha encomendado: la seguridad de los ciudadanos.

Es lamentable reconocer una nefasta realidad: a la delincuencia la multiplica la certeza de la impunidad. Apenas en enero del presente año, el Secretario de Gobernación proporcionó datos oficiales en el sentido de que el 90% de los delincuentes no reciben castigo alguno. Es menester reconocer y porque me consta personalmente por el ejercicio de la profesión que como abogado ejerzo diariamente, que existen algunos policías ministeriales, ministerios públicos y todavía más jueces que no son corruptos, y que cumplen de manera eficiente con su deber y responsabilidad, pero es necesario también aclarar, porque ni nos engañamos, ni tendríamos la osadía de pretender engañar a algún lector de la presente reflexión, en el sentido de que, el incremento de la criminalidad tiene una amplia vinculación con la corrupción, ineficiencia e insuficiencia dentro de otros, de la corrupción policíaca, de ministerios públicos y de jueces.

En la ciencia criminológica existe el concepto de “delincuencia incorpórea” ante los ojos de la Ley y esto hace que los distintos sectores sociales se desmoralicen y antes de enfrentar al delito, ya estén derrotados. Esta sensación derrotista se conoce por ejemplo en los Estados Unidos como “el síndrome de la ventana rota”.

Alguien rompe un vidrio de una casa en alguna calle o colonia cualquiera, los vecinos se percatan del hecho y sin embargo, nadie se aboca a localizar, denunciar y menos aún a detener al infractor y el mismo sabedor de su indebida conducta y que la consecuencia de la misma fue la impunidad, ahora desarrollará conductas más agresivas y por ende, destructivas, confiado en que nada le sucederá y así, irá escalando en su carrera criminal, seguro y confiado de la impunidad respecto de su conducta.

Es verdad, el delito plantea un problema muy serio y grave y así se convierte por lo menos ahora, o al menos en el discurso así se dice, en la principal preocupación de las autoridades gubernamentales, de la comunidad, de los líderes de los grupos sociales, de servicio, comercio o políticos cuando la fiebre mesiánica o la inagotable sed de protagonismo los invade, probablemente los que menos son escuchados y esto es cierto, son los especialistas, los verdaderos estudiosos de la etiología del delito, la victimología y los criminalistas.

Lamentablemente, las mejores condiciones de vida, debido a los progresos de la ciencia y de la técnica, no han sido suficientes para abatir al delito, incluso, en los países altamente desarrollados, sino que, en algunos casos ha ocurrido todo lo contrario, convirtiéndose en uno de los problemas sociales más agudos debido a su incremento y quisiera ponerlo de relieve de manera muy fundamental a la impunidad como consecuencia del delito.

Es menester reconocer que han fracasado las medidas preventivas normalmente ejecutadas sobre las rodillas y no en base a una adecuada reflexión y política criminal y ya no digamos el caso de las medidas preventivas penales, que en el mejor de los casos se debe a autos de libertad antes de que incluso, se inicie un proceso penal o a sentencias absolutorias, debido a la ineficiencia en las investigaciones, y a la indolencia, insuficiencia o ineficiencia de la autoridad encargada de la investigación y esclarecimiento del delito y por consecuencia, la que está obligada a aportar pruebas suficientes que acrediten la responsabilidad penal de los procesados y a satisfacer consecuentemente, en el pago de la reparación del daño a las víctimas del delito.

Es verdad que ha existido una transformación delictiva vinculada al incremento de la criminalidad y desde luego a su variada gama de manifestaciones, muchas de ellas tan antiguas como la propia humanidad, tal es el caso de delitos como el robo o el homicidio, que incluso, en los propios pasajes bíblicos se relatan y que bueno, en el año 2007 en que vivimos, seguimos padeciendo.

Los vertiginosos cambios operados en los últimos tiempos y que obedecen a una natural evolución económica, política y social como al desarrollo de la ciencia y la tecnología, tienen también su interrelación que se refleja desafortunadamente, en la naturaleza e incidencia de la criminalidad, que lejos de permanecer estática, reviste cada día nuevas formas o modalidades adaptándose y aún superando las circunstancias de la vida moderna.

En este proceso de metamorfosis se advierte la adecuación de la delincuencia a las recientes condiciones de la realidad contemporánea y que podrían a nuestro juicio identificarse en cuatro tendencias dominantes. La primera de ellas, consiste en el surgimiento cada vez más espectacular de mayores y más sofisticadas organizaciones criminales, con un alto grado de “profesionalización” y que operan en forma coordinada y sistemática en la distribución y estrategia de actividades.

La segunda es la que se refiere al incremento grave de la violencia ejercida por los criminales, sin la más mínima consideración para la vida de los inocentes, esto es, de las víctimas del delito y aún haciendo gala de absoluto desdén frente a las consecuencias del delito atroz que saben se está cometiendo. En este aspecto tendrá que tomarse muy seriamente en consideración el libre mercado de armas que existe ya no sólo en la zona rural, sino igualmente en la zona urbana.

La posesión de armas es un factor determinante y en una hipótesis particular en el origen de los fenómenos a los que me he estado refiriendo se localiza también al narcotráfico que bien cabe en el primer grupo al que hemos hecho alusión, ya que incrementa sin medida alguna la violencia urbana y no porque deba atribuírsele toda la cauda delictiva, sino porque introduce nuevas reglas de juego, acrecienta el mercado de las armas, el secuestro y reitera cuán fácil es, en medio de sistemas eficaces y creíbles de justicia, “abaratar” la vida humana.

Así y para no situarnos en otros países o ciudades y sólo en los municipios de nuestro Estado, cada semana son muertas un número alarmante considerable de personas en condiciones rituales semejantes. Ante esto, y lo afirmamos en el principio de esta reflexión, se extenúa la capacidad de sorpresa, indignación y cólera y las más de las veces los ciudadanos sólo expresan una indignación escénica, reservándose la protesta airada sólo para situaciones personales. El dueño del vehículo se aferra al auto de su propiedad, y el ampón lo mata porque le ha faltado al respeto a la justicia instaurada por su arma de fuego; el asaltante, furioso porque no hay nada que robarle a su víctima, lo mata para enseñarle que siempre hay que traer dinero en el bolsillo. Esto es sólo un ejemplo de lo que diario acontece en las ciudades dominadas por el delito.

La tercera tendencia de la criminalidad actual estriba en la proliferación de los delitos económicos y financieros, tales como la falsificación de cheques o dinero, el fraude, el abuso de confianza, el tráfico de divisas e incluso, ya más recientemente los fraudes cometidos mediante el uso de las computadoras, lo que se conoce como delincuencia de cuello blanco.
La cuarta tendencia es la relativa a un creciente tráfico internacional, sobre todo y fundamentalmente en materia de psicotrópicos, estupefacientes, enervantes, lo que desde luego nos revela un fenómeno paralelo singular y sumamente peligroso: la internacionalización y sofisticación de la delincuencia ya organizada cuyo propósito único y exclusivo es la realización del delito.

El Licenciado Benigno Licea González fue Presidente del Colegio de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Tijuana, y posee el grado académico de Maestría en Ciencias Jurídico Penales. email: liceagb@yahoo.com.mx


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