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Regala su historia
Sus obras han convertido su nombre en toda una leyenda en Latinoamérica, esa fábula rockera que continúa caminando de su lado hasta ahora, y que aunque peca de “’karaoke ambulante”, sobrevive en el intento por recuperar momentos.
Roberto A. Partida Sandoval
Con cuantiosas ganas de sentir deseos, de creerse orgulloso de su Argentina y querer embalsamar su rock en la historia, el melenudo Miguel Mateos sobrevive de pie ante los cambios del rock, y en el intento por recuperar momentos que para él han sido importantes en la búsqueda de más de 25 años.
Mateos no busca reafirmar nada, sus obras y conciertos lo sustentan en el paso de su vida. Es un argentino a morir que cambió el curso de la música, que hoy dialoga con la individualidad, pero al que le es imposible alejarse de su “karaoke ambulante”.
Amigado a su obra, Miguel Mateos provoca una fiesta interminable en cada ciudad que pisa. El fin de semana lo hizo en Mexicali, Ensenada y Tijuana, en la que los casi cuarentones que acudieron a sus recitales bailaron con su sombra en la pared.
El héroe de la noche regaló su historia, su música y las piezas clásicas que lo formaron como músico. Días antes la promesa quedó pactada, misma que cumplió recuperando momentos:
Así enfiló temas como “Atado a un Sentimiento” y “Es tan Fácil Romper un Corazón”, en los que entreveró clásicas melodías del rock en inglés de bandas como Led Zeppelin, Genesis, Duran Duran, The Beatles, The Cure y The Police.
“Somebody”, “Llámame si me Necesitas”, “Addicted to Love”, “Message in a Bottle”, “Obsesión”, “Notorious”, “Lola”, “Sweet Dreams (Are Made of This)”, “Dancing in the Dark” y “Cuando Seas Grande”, fueron otros de los éxitos que Mateos presentó magistralmente, acompañado de una orquesta de músicos.
En una noche de rock, muy al estilo de baladista pop, el argentino deleitó con sus paisajes a unos 500 seguidores que aplaudían cada tema que el artista interpretaba, obsequiando pieza por pieza para el recuerdo de los que ahí aguardaban desde cada rincón.
Tres niños silenciosos atestiguaron las pisadas del melenudo enmarañado; la voz de aquel que colgó sus pantalones de piel entallados en su ayer, para hoy postrarse vestido de saco y pantalones oscuros, camisa, y zapatos, dejando la imagen de aquel rockero hollywoodense de los noventas.
La velada se vuelve dulce y marcha dejando testimonio con el riff de sus guitarristas; por momentos Mateos se impone con su piano, y en otros dialoga con su elegante requinto. La primavera se despide, y el verano poco a poco deja sus encantos sobre su frente.
Acaricia los rostros sonrientes entonando “Si Tuviéramos Alas”, saludando a los tijuanenses que corean desde los palcos, las gradas, las mesas a nivel de piso y los que prefirieron arremolinarse al frente de pie, siguiendo al argentino de cerca.
Poderoso e íntimo, Mateos regala una vez más su historia, se escapa y lleva a los presentes a ese lugar donde todo termina y comienza, donde no hay máquinas, sólo sonidos de tambores, de cuerdas, de pianos y de letras que vibran y hablan de verdades ocultas, de temas cotidianos con los que se come su propio mundo.
Mateos sigue de pie, algunos le siguen por sus éxitos, otros lo aprecian por lo que representa, pero hoy por hoy sus obras han convertido su nombre en una leyenda en Latinoamérica, esa fábula rockera que continúa caminando de su lado hasta ahora, y que aunque peca de “karaoke ambulante”, sobrevive en el intento por recuperar momentos.
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