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La Libertad de Vivir
(Segunda parte) / Jaime Martínez Veloz
Mi educación primaria la terminé en la escuela pública “Jesús González Ortega”, donde la directora y mi maestra fue Carmen Pérez de Reyna, por quien con su guía y disciplina, junto a la de mi madre, logré ganar un concurso en Torreón, llamado “Premio Torres”, donde participaban todos los alumnos de sexto grado y les entregaban 500 pesos (de aquellos), a los diez primeros lugares.
on el premio, mi papá me compró unos zapatos “Canadá” y unos “Shoots” que me sirvieron para jugar fútbol en el equipo “Asturias” de la calle 17. En la escuela disfruté los más exquisitos desayunos escolares, del sexenio de López Mateos.
n plato de avena, un vaso de chocolate y una pieza de pan. ¿Algún júnior sabe lo que eso significa?
Durante un corto tiempo ingresé al seminario Diocesano de Torreón; yo suponía que la religión era mi vocación. El destino había escrito un libreto diferente, cambié sotanas por paliacates, rosarios por pancartas, misales por libros rebeldes y en el nombre del padre aprendí a decir ¡Este puño sí se ve!
El mar lo conocí de la mano de mi padre una madrugada en el verano del 67, cuando la familia hizo un intento por trasladarse a Tampico a probar fortuna. La sensación de ese amanecer, perdura en mi memoria, cuando al lado de mi padre, después de viajar 14 horas en un Transportes del Norte, junté las conchitas más hermosas del mundo en las playas tampiqueñas.
Duramos pocos meses en Tampico, porque no nos aclimatamos, pero en el tiempo que estuvimos, no lo desaproveché y junto a mi primo Carlos y algunos compañeritos que conocí ahí, me convertí en un asiduo visitante a la Laguna del Chairel, donde pescaba tepocates, renacuajos y pequeños peces junto a la muchachada que en las noches calurosas, nos reuníamos afuera de la casa de mis tíos, hasta que el sueño nos venciera o que nuestros papás nos regañaran. Nos regresamos pronto, a nuestro Torreón que tanto amamos y luego luego en el barrio me recibieron con el caló de los carnales de barrio estilo Torreón. ¡Quihúbole, quihúbole, quihúboleee, mi pinche Cleofas!
La secundaria la hice como todos mis estudios, trabajando y estudiando. Las clases las tomaba en turnos nocturnos y durante la mañana trabajaba, vendiendo marcos y molduras que mi papá fabricaba. Con el viento rozando mi cara, en tiempos de frío o de calor, recorrí en bicicleta toda la Laguna, de Torreón a Gómez Palacio, Lerdo, Matamoros, Viesca, Francisco I. Madero y San Pedro de las Colonias. Desde entonces mi afición por las “bírulas” (las “bicis”).
Pedaleando me gané lo necesario para pagar la Secundaria, primero en la “Regional de la Laguna” y luego en la “Enriqueta Gómez”. La bicicleta “Búfalo”, fue mi eterna compañera en los años de la adolescencia. De todo cargaba en ella, leche, mandado, cuadros, hermanas, hermano, pretendientes, amigos y hasta gorrones. Durante mis diarios viajes por la comarca lagunera, me sentía “Radamés Treviño”, uno de los mejores ciclistas de México, de toda la vida. Los atardeceres laguneros no tienen madre, son bellísimos, parece que el cielo llora sangre anaranjada, aunque en ocasiones se oscurecen con unas tolvaneras, que te empolvan hasta las nalgas.
El baño de nuestra casa estaba compuesto por dos módulos. El inodoro era un rústico cajón de madera sobre una fosa séptica, al centro de un cuartito con muros y techos de láminas de cartón. En otro cuarto de madera, con aire acondicionado natural, porque le entraba aire por todos lados, estaba nuestra regadera habilitada, es decir dos tinas y un bote de hojalata, con el cual nos enjuagábamos. Si había algún dinerito comprábamos un champú Vanart de bolsita para el pelo y si no pues con jabón Palmolive. A la hora del baño, la música de Radio Variedades acompañaba la sesión de limpiaduría, con las canciones de moda de la época. Cantares”, “Penélope” de Serrat y “Whola Lota Love” de Led Zeppelin. A final del baño, quedábamos listos para el baile, el cine o la reunión con los cuates en la esquina de la cuadra. Los miércoles en la tarde nos íbamos al cine Martínez, para aprovechar el 2 por 1 y ver tres películas de un jalón.
Cuando mi hermano Juan nació, me dio mucho gusto, ya que andar de cuidandero de mis hermanas no era muy atractivo, así que a mi carnalito lo traté con mucho cariño, fue mi compañerito de andanzas. Estando Juan todavía muy chiquito, juntos nos íbamos los domingos a la lucha libre, donde gritaba sus primeras mentadas de madre, en medio de la algarabía de quienes nos rodeaban. En la alberca del Bosque Venustiano Carranza, le enseñé a nadar. No sé ni cómo, porque no soy buen nadador, pero cuando menos me defendía de los remolinos del Río Nazas, que con sus aguas riega los campos laguneros. Primero en la canasta de la bicicleta, y luego en un asiento de madera pegada al cuadro, Juanito y yo recorrimos los barrios y colonias de Torreón. También aprendió a tirar trompos, y aunque no llegó a boxear como yo, sí se aventó algunos tiros en campeonatos estudiantiles. Y modestia aparte, tenía la percha de su carnal.
El bachillerato lo estudié en la Preparatoria Venustiano Carranza (PVC), en donde al principio batallé para compartir el trabajo con el estudio, hasta que mi tío Rodolfo, me consiguió una plaza de conserje en el Catastro de Torreón, donde de la noche a la mañana, me convertí en el dibujante estrella de la oficina, por ser el dibujo una técnica que me gustaba y llegué a dominar fácilmente. El jefe me gratificaba por cada plano que terminaba, lo que me servía para invitar la nieve y el cine a mis amigas del salón.
Jaime Martínez Veloz, ex diputado y ciudadano tijuanense.
Correo electrónico: www.votaveloz.com.mx
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