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Adela Navarro Bello

Terrorismo

Por todos lados y a cualquier hora.
En Petróleos Mexicanos mintieron a los ciudadanos y medios de este país. Declararon en su momento que las explosiones en gasoductos de estados como Guanajuato y Querétaro, habían sido accidentes.

Los funcionarios de PEMEX y el Gobierno Federal recurrieron a la falsedad para ocultar una de sus más delicadas características: La ineficiencia. Sobre una de las explosiones, llegaron al colmo de argumentar que fue provocada por la caída de un rayo. Culparon pues, a la naturaleza para esconder su incapacidad.

Las otras explosiones fueron justificadas en raíz del hurto. Que mientras apócrifos trabajadores “ordeñaban” un gasoducto, sobrevino la detonación.
Así lo informaron y así se reprodujo en muchos medios de comunicación, hasta que la terrible verdad apareció de manos de los autores de los fogonazos: Integrantes del EPR (Ejército Popular Revolucionario), un grupo aparecido pasados los mediados de los 90s, a raíz de la inconformidad en el centro, sur y sureste del País con los gobiernos federales.

Ahora la autoridad nacional reconoce la proclamada autoría de las explosiones en los integrantes del EPR. El Congreso iniciará una investigación y la alerta en México se ha encendido hacia grupos terroristas.

Lamentablemente para muchos mexicanos, el terrorismo, una serie de actos de violencia para infundir temor, no se encuentra sólo en los intentos (una vez más) del EPR para llamar la atención. El terrorismo es una especie de política en el País.

Lo utilizó el Partido Acción Nacional y sus afines en la campaña presidencial de 2006, para infundir temor en la población en caso de votar por el candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador. Un terrorismo político, de presumidas consecuencias catastróficas en caso de que la izquierda ganara el poder federal.

También lo utilizan algunas instituciones de gobierno en campañas para regresar a delincuentes, evasores e informales, al redil. Una secuencia de actos violentos por los que las personas transitarán si no pagan impuestos, si adquieren piratería o si de plano están en la informalidad.

Terrorismo político también es el que atraviesa Baja California. Su electorado está ante las manos de los estrategas de las campañas que más allá de propuestas, recurren a la violencia para ganar votos.

Los anuncios propagandísticos de los principales partidos en la contienda bajacaliforniana, son complementados por secuencias de imágenes violentas que anticipan lo que sucederá, o continuará sucediendo si se vota por tal o cual candidato. No le apuestan al de la mejor propuesta, sino al que contabilice menos muertos en una administración pública, o a aquel que haya mantenido a sus encargados de seguridad lejos de las cámaras en momentos de amarres con el crimen organizado.

El terrorismo político en la entidad ha llegado a tonos amenazantes. Con su temible estela, Jorge Hank despierta el temor a muchos. Que si no lo apoyan, habrá más secuestros; que si no votan por él, no medirá las consecuencias; que si no dan dinero para su campaña, no habrá permisos para construir, edificar, prosperar, abrir empresas o usos de suelo. Que si no estás con él, estás contra él.

José Guadalupe Osuna Millán también entró al ruedo del terrorismo político. Muestra a Jorge Hank en el principal de sus desaciertos. Aquella vez que en campaña (donde evidentemente todo se vale) aseguró con palabra de hombre, que no le temblaría la mano para castigar la delincuencia, lema que después cambió (cuando no pudo cumplir lo que prometió).

Es evidente que éste apenas es el inicio de la campaña de terrorismo político en las elecciones de Baja California, que culminarán el 5 de agosto de 2007. Y es evidente también, que al igual que los funcionarios de PEMEX, los políticos bajacalifornianos quieren tapar con el temor, con el miedo y la amenaza, su incapacidad para razonar en virtud de las necesidades de los bajacalifornianos.

Más allá del temor difundido, los electores deberán armarse de valor y confrontar propuestas, planes de desarrollo, de gobierno y votar no porque el que inspira más temor o despide más amenazas, sino por aquel que asegure el desarrollo económico, el crecimiento social y el avance en el plano urbano.

No se debe caer en el miedo. La honestidad antes que todo. Y la propuesta por encima de la amenaza.


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