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La actividad escultórica de Luis Verdejo

El artista tijuanense comparte un taller en la Galería Arte 256. “México debería ser un país de escultores”, dice. Además anuncia su primera exposición en esta ciudad, cuarta en su carrera en dicha disciplina.

Enrique Mendoza Hernández

Ciertamente, la literatura o pintura destacan más que otras disciplinas en este lado de la malla. En el caso de la actividad escultórica, los artistas requieren características de espacio o taller muy específicas, caso contrario al de un escritor o pintor.

En Tijuana, existen algunos escultores que han dado la cara por el arte en cuestión. Sin embargo, es de reconocer que se trata de un oficio que apenas emerge.
De hecho, en los salones de la Escuela de Artes de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) apenas se puede observar a los primeros puñados de jóvenes que pacientemente cortan, trazan, pulen, danzan con sus herramientas alrededor de un tronco que esconde en sus entrañas el pensamiento de los futuros artistas. También, en silencio, la Escuela Superior de las Artes forja como al hierro a quienes habrán de esculpir las metáforas y contradicciones de esta ciudad. Aunque también algunos talleres aislados de repente llamen la atención, como es el caso del que imparte Luis Verdejo en la Galería Arte 256.

Anunciado en los albores de este año, el taller logró convocar a una docena de participantes. Desde el 9 de julio hasta el 2 de agosto, los talleristas experimentarán con la técnica que compartirá Verdejo.

De esta manera, en el patio de la galería, se observa a los aspirantes a escultores amasar el barro rosado mezclado con papel, previamente disuelto y regresado a su estado maderil. Las manos de los alumnos dan sentido a lo amorfo, tridimensión a lo plano, solidez al espacio, vida a lo inerte. Así, lo que para el común de los mortales antes era un costal de arcilla, ahora a los estudiantes creadores les basta soplar con sus manos para que emerjan criaturas que antes sólo existían en sus mentes.

Verdejo habla de su técnica, heredada de su maestro Javier del Cueto, en el Taller de Tizapán, allá en el Distrito Federal: “El escultor Javier del Cueto me introdujo en el barro-papel. Es una técnica distinta al barro normal. Consiste en que uno mezcla el barro con papel, previamente mezclado en agua, lo disuelve, lo cual hace que corra aire cuando se quema en el horno a 1200 grados centígrados por los orificios microscópicos. Si se hace una grieta, uno pude volver a ponerle barro, lo vuelve a meter y se arregla la grieta, eso era antes imposible”, dice a ZETA el escultor.

“Es extraño pensar que utilizando el barro, un material en polvo que mezclas con agua y que amasas, vas creando, formando, tallando, lijando, puliendo, y en algunas ocasiones pintando, y que algo, un objeto que no existía antes de comenzar a hacerlo, después de salir del horno, existe. Creo que también es una gran responsabilidad”.

Ahí, en el patio de Arte 256, los estudiantes amasan con celo. Con luz y sombra, planos y volúmenes, colores y texturas, fronteras y huecos, un nuevo ser abstracto figurativo o abstracto no figurativo empieza a nacer. El taller, entonces, se vuelve un punto de encuentro entre la creación y el creador:

“En el taller es donde uno encuentra la escultura (o quizás donde la escultura lo encuentra a uno, donde ella quiere llegar a ser a través de uno). También los libros de arte, las lecturas, la ciudad, el paisaje con árboles, rocas, cerros, todo contribuye a que una forma se concrete”. 

Y es que aunque se trate de objetos inertes, metafóricamente hablando se trata de seres vivos con su propia historia, misma que emana del artista:
“La precisión en la escultura, no la rigidez. Que se vea que detrás de la forma está un ser humano que la creó, algo con calor, no una máquina, algo frío, impersonal”.

– ¿Qué aspectos influyen en el escultor al elaborar una pieza?
“Uno está sujeto a su paisaje, a lo que ve diariamente, la gente. El Cerro Colorado es algo muy importante, lo veo y es un monte desnudo, rojo. Las piedras de La Rumorosa tienen una potencia escultórica tremenda, es un espacio escultórico, es como si fuera un homenaje a la piedra, una de otra, con su espesor. El escritor toma del lenguaje cotidiano las palabras que se utilizan y entran en la escritura, y eso significa una honestidad; porque no vas a utilizar el lenguaje de España si uno está en México. Pasa lo mismo en la escultura. Hay mucha energía en estos paisajes. Es muy difícil encontrarlo, pero si uno se pone a pensar, se da uno cuenta que tiene mucho que ver”.

La docena de estudiantes de manos de barro-papel escuchan con atención al maestro, mientras éste sugiere, da un utensilio, traza aquí y allá. Y así las obras se gestan poco a poco en el vientre de barro.

Se fue estudiante, regresó escultor

Tijuana vio nacer al escultor Luis Manuel Verdejo Navarro, el 24 de septiembre de 1967.

Los pasillos de la Universidad Iberoamericana Santa Fe, vieron llegar al tijuanense en 1989, año en que el fronterizo optó por la Licenciatura en Literatura Latinoamericana. Sin embargo, cambió literatura por escultura, a propósito influenciado por el japonés Hosumi Masafumi: “Cuando empecé a exponer mis primeras esculturas ya tenía de 15 a 20, me habían dicho ‘por qué no expones’. Ya tenía como año y medio trabajando, pero Masafumi me dijo ‘no expongas’. El fin primero es desarrollarte, experimentar”.

Coyoacán lo vio esculpirse entre 1994 y 1997, cuando formó porte del Taller de Dibujo y Pintura en la “Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles”, de la mano de José Barbosa. En Xochimilco, la ENAP y Jorge Chuey guiaron también al artista de 1998 a 1999. Le siguió el Taller de Cerámica Experimental a cargo del maestro Alberto Díaz de Cossío, de 2000 a 2001. Actualmente es integrante del Taller de Tizapán, del escultor Javier del Cueto.
El artista evoca su evolución escultórica: “Las primeras esculturas que hice con barro, hace siete años, tenían que ver con una abstracción (a veces irreconocible) de animales o pájaros. ¿Qué tan consciente o inconsciente fue que surgieran esas relaciones? No lo sé. No fui planeándolo, fue sucediendo en el contacto diario con el material. Estas abstracciones han ido evolucionando, cambiando, pero, si lo pienso bien, tienen un punto de contacto con las primeras”.

Sus primeras exposiciones estuvieron definidas por la pintura. Por eso, entre 1997 y 1999 participó en tres exhibiciones, dos en la Casa de la Cultura Reyes Heroles, una colectiva más en la Casa del Heraldo de Puebla, ambas en 1997; y una individual nuevamente en el primer espacio, en 1999.
Entonces, sus obras escultóricas estaban a la espera. Y argumenta: “Cuando comienzan, el pintor y el escultor quieren inmediatamente exponer y vender, creo que es un gran error”.

Por ello su primera exposición colectiva de obra escultórica tuvo lugar hasta 1999, en los Viveros de Coyoacán, con el título “Infancias Botánicas” y bajo la guía del escultor Hosumi Masafumi.  Después, en 2003, exhibió junto a artistas jóvenes de México en el Consulado General de México en Los Ángeles. “Dos de Barro”, el título de la tercera. Junto a la escultora Jimena Granados, exhibió sus obras en la Casa de la Una del Distrito Federal, en marzo de 2007.

Verdejo reconoce a su maestro: “Hemos tenido, y tenemos (Jimena y yo) la suerte de tener un maestro como Javier del Cueto. No esconde nada de su conocimiento. Si buscas una solución para un problema que tienes con una escultura, Javier te da tres o cuatro opciones para resolver ese problema. A partir de esto, se te ocurren e imaginas distintas esculturas posibles para realizar en el futuro”.

La escultura en México

Por su tradición precolombina y las características distintivas del país, Verdejo cree: “Éste debería ser un país de escultores”.

– De las esculturas mesoamericanas, ¿cuál te llama la atención?
“Primero, la escultura prehispánica es de las más importantes, tanto como la griega clásica; algunos escultores dicen que más, yo también creo que más que la clásica griega, era muy buena, pero la imitación fue lo que privó. El escultor quería que exactamente su escultura en mármol, por ejemplo, fuera tan parecida al cuerpo humano. A los prehispánicos (mesoamericanos) no les interesaba la imitación, ellos partían de la imitación. Los tarascos eran los menos religiosos de todos los prehispánicos, entonces casi no hay dioses, eran muy profanos; son esculturas más surrealistas que los surrealistas, por llamarlo de alguna manera. Hacen unos brazos largos, son como gorditos; las esculturas de los tarascos son proporcionales pero no son proporcionales (al cuerpo humano) como las esculturas griegas. Es una escultura tan importante que nunca va a dejar de tener un valor estético, plástico”.

– ¿Y de las esculturas de los grupos étnicos actuales?
“Uno va a Oaxaca, por ejemplo, y ve caballos, perros, tigres hechos artesanalmente, con un gran valor estético, son esculturas a fin de cuentas. Pero cuando un artesano hace un montón de piezas se pierde esa frescura, pero hay algunas esculturas que yo he visto que son una maravilla, son totalmente escultura, podrían estar en cualquier museo y tienen tanto valor como algunas cosas que están en los museos. La escultura de la cabra de Picasso, en otro contexto, por ejemplo, que uno no supiera que fue Picasso el que la hizo, uno quizá ni la toma en cuenta, pero tendría el mismo valor estético que la obra de Picasso. Con esto quiero decir que algunas obras de artesanos llegan a ser tan buenas como cualquier escultura importante”.

– De algunos escultores nacionales como Javier del Cueto, Hersúa, Manuel Felguérez, del finado Matías Gerich, ¿qué características distintivas resaltarías?
“Quizás trabajan un tipo de escultura abstracta, algunos parten de la figuración para ir atrayendo, son muy rítmicas, experimentan con los materiales. Hay una coherencia formal en cada uno de ellos, y son muy distintos ellos.

“Por ejemplo, Matías Gerit, de Sebastián, es muy distinto, aunque los dos trabajan con bronce y láminas de hierro, pero lo dos son geométricos”.

Así como cualquiera podría escribir, también cualquiera podría esculpir. Sin embargo, el grado de artista ya son palabras mayores. Así como hay ciertas características distintivas que distinguen a un simple escribidor de un artista de las letras, se le pregunta a Verdejo cómo saber si un escultor es bueno o pésimo como tal, a lo que responde:

“Hay algunas cuestiones: Todo está en la forma de la escultura. No estoy desechando el arte conceptual, sin embargo, lo que creo es que la forma determina si una obra es buena o mala. Tiene que tener una especie de expresión total de tridimensionalidad. Muchas veces exige el espectador mucha concentración: Dar vueltas a la obra, verla por todos los ángulos, de qué material está hecho; ver muchas, unas diez obras del mismo escultor, pensar si tienen relación entre ellas, que no esté cambiando de un estilo a otro, que haya una especie de coherencia”.

Hoy en día, el ser independiente está de moda en las disciplinas artísticas. Los oficialistas (los que viven de las becas) contra los independientes, y viceversa. De hecho, muchos creadores al etiquetarse como tales, en uno u otro bando, creen que eso ya los faculta como los vanguardistas en sus disciplinas:

“El escultor tiene que hacer lo que tiene que hacer con o sin apoyo. No significa que ser independiente sea mejor escultor que no serlo, o al revés, no significa que el ser oficial o tener apoyos sea mejor que gente que no los tiene. No hay ninguna garantía”.

–  ¿Alguna escultura de Tijuana que quieras comentar?
“Sí, la que está en frente del CECUT, la de las dos Californias. Uno pasa mil veces y la ve; en sí misma se me hizo interesante, pero quizá si hubiese sido de hierro, si estuviese oxidada daría unas tonalidades en las tardes muy hermosas, o de acero inoxidable”, finaliza.

El artista expondrá 22 piezas creadas a lo largo de su vida en la Galería Arte 256, ubicada en la calle Mérida, precisamente en el número 256, del fraccionamiento Chapultepec. La inauguración será el próximo jueves 26 de julio a las 7:00 de la tarde. La exhibición durará todo el mes de agosto.


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