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El rumbo de la lumpenoligarquía
Héctor Ramón González Cuellar
Los poderes fácticos reales en México, la oligarquía, el núcleo duro implacable de la burguesía, son los dueños del capital y de la Bolsa Mexicana de Valores. Son los capitanes de la industria, los que modulan el comportamiento y los patrones de consumo de 100 millones de mexicanos. Son los que meten dinero a campañas y secan otras; los que construyen a políticos y quienes los desechan. Juegan con todos e inyectan dinero a sus campañas, sean limpias, sucias o negras, pero en el momento de la verdad únicamente se comprometen con aquellos que les proveerán del ambiente de negocios más rentable y estable que les permita seguir acumulando y multiplicando dinero.
La burguesía oligarca es hija del desarrollismo que llegó como subdesarrollo a este sistema de globalización, donde las semillas de la dependencia colonial crónica devinieron en abierto saqueo y destrucción no sólo de la sustentación ecológica, sino también de la concepción histórica, teórica e ideológica.
"Lumpenburguesía y lumpendesarrollo", denominó André Gunder Frank (1929-2005) a la llamada "burguesía nacionalista" y al viejo desarrollismo de los años 60, respaldados por la Alianza para el Progreso kennedyana, que ahora reedita en forma de migajas George W. Bush. El subdesarrollo no es, por tanto, "una situación", sino una relación crónica, degeneradamente enferma que bajo las reglas de la globalización y la hegemonía del libre mercado ha transformado y agudizado las condiciones del subdesarrollo y desigualdad. La vía por la que llegamos a la actual situación fue el endeudamiento externo e interno, resultado de esta burguesía mínima, protegida y monopolística que ha visto hundirse el país desde su salvavidas, al cual fueron los primeros en llegar y los únicos en subirse.
Cómo se ha convertido en cínica la elite de la burguesía mexicana. México registra una de las tasas más elevadas de elusión y evasión fiscales: la evasión general en el Impuesto sobre la Renta (ISR) es del orden del 70 por ciento y la evasión empresarial del mismo impuesto llega al 26 por ciento; la del Impuesto al Valor Agregado (IVA) es del 20 por ciento. La inexistencia de una verdadera burguesía en México que explote con un mínimo de eficiencia, visión de mediano y largo plazos, así como en términos de un capitalismo que tenga una etapa mínima de competencia y no de acumulación de facto y por decreto favorecida por el Estado oligárquico. ¿Puede haber democracia política sin competencia económica?
Todo el sistema político y los partidos mismos están marcados y sujetos a lo que establece esta oligarquía cerrada, monopolística y protegida. Y es a esta oligarquía a la que podríamos llamar lumpenburguesía, porque hay no pocos mega delincuentes de cuello blanco, desde macro ladrones, evasores, explotadores, criminales o narcotraficantes impunes, que ya actúan libremente sin máscara en la economía, la industria, las finanzas y en la política, según la genial descripción de Gunder Frank en su crítica al desarrollismo, que ahora se presenta con la máscara de la modernidad.
Esta lumpenburguesía es la que entregó, por una parte, la economía local a cambio de garantizar su propio poder, haciendo de la globalización la sacralización de la dependencia, y por el otro, el subdesarrollo para mantener sus privilegios monopólicos en la telefonía, las concesiones de radio y televisión, la banca en sociedad con bancos extranjeros, que nunca cobran con los abusos mayúsculos los servicios en sus países de origen, como acá.
La lumpenburguesía, que, es la que mantiene una estructura de control en la política, haciendo que todos los partidos estén a su servicio, como ha sucedido con la ley Televisa o los impuestos a los refrescos; desde derechas hasta la llamada izquierda parlamentaria se subordinaron. (Es necesario acotar y reconocer que el PRD y un sector de senadores del PRI y Acción Nacional se arrepintieron y alcanzaron a detener el engendro de la Ley Televisa).
Así, en México se vive un lumpen-neoliberalismo, pues, pese a que esa elite oligárquica condujo desde el poder político a la integración comercial y económica, mantuvo su poder cerrado y protegido del libre mercado, con tasas de acumulación extraordinarias, y ahora gana en todo, incluyendo los nuevos ingresos derivados de las remesas de los trabajadores mexicanos en el exterior, a los cuales se les cobran comisiones, y gana de manera fraudulenta en el tipo de cambio con el que recibe dólares y al valor que lo entregan en México. ¿Quién podría ponerles un alto si son los dueños del poder político, de las leyes, de la opinión pública y la verdad mediática?
Esta lumpenburguesía se expresa no sólo en la esfera del capital, sino también en la del trabajo, y ha hecho su propia estructura de control y gestión, que ha venido sustituyendo paulatinamente a la vieja estructura corporativa. El control sindical es férreo y para ello ha ganado y controlado el espacio de la "lucha contra el neoliberalismo" siempre que no afecte la estructura monopolista de las áreas estratégicas que controla.
Los partidos que supuestamente promueven leyes a favor de los trabajadores no pueden hablar de libre sindicalización, pues sus presuntos aliados son los principales opositores: es el caso del llamado Frente Amplio Progresista de Partidos, el FAP, y la Unión Nacional de Trabajadores (U. N. T.), sometida categoría hegemónica por el sindicato de telefonistas, controlado a su vez por su propietario Carlos Slim a través del líder vitalicio, Francisco Hernández Juárez. Este mismo esquema se traslada a la ciencia, la educación (en el S. N. T. E., propiedad heredable de la Gordillo), la cultura, las artes, manteniendo un subdesarrollo en todos los órdenes.
Su único eslabón débil han sido los procesos electorales, donde la cadena estuvo a punto de reventarse en 2006, pero los que ofrecían romperla terminaron reforzándola al alejar de las urnas a la ciudadanía, gracias al discurso centrado en las personas no en las ideas, ni en las propuestas o soluciones técnicas y democráticas, peyorativo de lo electoral, ya que decidió que la guerra total era el proceso electoral, no después de ganar el poder.-
Por todo ello, tenemos hoy un lumpen-neoliberalismo, como ayer fue lumpendesarrollo; una lumpenburguesía, y también, hay que decirlo, existe una visión lumpenproletaria que se apoderó del pensamiento obrero y de la visión contestataria. Hoy el discurso de la ineficiencia, la incapacidad y lo victimario es central en el pensamiento de la izquierda, carente de una posición autocrítica.
Si la oligarquía y su gerencia estatal-militar tuvieran voluntad mínima de acabar con el narcotráfico, el envenenamiento de la sociedad, la niñez y la juventud, éste seria texto de historia en las primarias, pero la producción, circulación y consumo de drogas, es parte de la fuente clave de acumulación de capital, lavado de dinero y de su control mediante la corrupción del aparato represivo.
Héctor Ramón González Cuellar es profesor e investigador del Instituto Tecnológico de Tijuana.
Correo electrónico: hrgcuellar9@hotmail.com
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