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La libertad de vivir
(Parte 3) Jaime Martínez Veloz
En 1970 el Tío Chimiano recuperó un terreno que le pertenecía y le regaló a mi familia una parte del mismo, donde mi papá la hizo de albañil y yo de su chalán, él pegaba las tejas del techo y yo le arrimaba la mezcla, él ponía las vigas yo le detenía el andamio. Así construimos tres cuartos en la avenida Bravo y calle 38, donde nos cambiamos con todo y tiliches. En ese tiempo la descarga de las aguas negras estaba a dos cuadras de nuestro nueva casa, la pestilencia era terrible y los mosquitos una plaga insoportable. Alrededor de la casa casi no existían construcciones, estábamos a la orilla de Torreón, sin agua, ni drenaje, ni energía eléctrica, mucho menos alumbrado público. Con bombillas de petróleo mis hermanas y yo hacíamos nuestras tareas. Poco a poco la casa fue creciendo, hasta convertirse en un lugar decoroso para vivir. En la medida en que se fue poblando el lugar se fueron introduciendo los servicios, aunque cuando esto pasó yo ya estaba en Saltillo.
Después empecé a ganar dinero boxeando. Por mi primera pelea a 10 rounds, me pagaron 100 pesos libres, con billetes de a peso, que me llenaron la cartera y que presumí ese día en la madrugada, ante quienes estaban en la fila formados para llenar sus tambos de agua, en la calle 38, a espaldas de la cervecería Corona. -¡Sodas para todos! invité y “la Teresa”, hermana del “Sapo”, me plantó un beso en el cachete de puro gusto. Diciembre de 1970, no se me olvida.
Sólo descansé un día porque a la madrugada siguiente me levanté para correr y prepararme para la siguiente pelea, el domingo primero de enero de 1971, donde en el primer round “el Zorrito” Bautista cayó noqueado con un gancho a las costillas que salió de mi mano izquierda, en la arena del PRI, en San Pedro de las Colonias. Después de la función, con un frío de la chingada, pero con la moral y la cochandez muy en alto, me fui a celebrar la victoria al Casino de los Leones al ritmo del grupo lagunero “The Golden Stones”, el mejor de la época de los setentas. Para la cruda, en el mercado municipal, un menudo bien picoso y canciones en la rockola de Cornelio Reyna, para de nuevo regresar de madrugada, a Torreón y compartir anécdotas con los valedores del barrio y regresar a la realidad. -¡Ándale pinche Cleofás, limpia tu tina de menudo! -me decía los semitas, hijo del “Chino el Menudero”, en el barrio de la 18.
Los primeros pasos de baile, me los enseñó Silvia, escultural amiga en una fiesta de fin de año. Al ritmo de la canción el “Amor es algo maravilloso”, de Ray Coniff,un pasito para allá, otro para acá y mientras tanto hágase pa’ ca mi chula, repéguese tantito de abajo y de arriba para pegarle cachete con cachete, en la casa de Sixto y Cristina Tovar, enfrentito de la nuestra, por la calle Juan Álvarez entre la 17 y la 18. Mi primera novia fue Amparo, la hija del “Güero Chon”, valedora y rocanrolera, con quien recorrí al compás de charangas, cumbias y ritmos “a go go”, casi todos los salones de baile en las tardeadas laguneras. Su belleza era impresionante, la mejor de todo el barrio. Brava como nadie, a ella y a sus dos hermanas les decían “Las perras”, no tenían hermanos, pero para defenderse no los necesitaban, lo hacían solitas; Amparo siempre solidaria, hoy vive en el imaginario de mis más bellos recuerdos. Los únicos testigos de nuestros fajes, eran los árboles de la 18, que durante largas horas en la noche la hacían de mudos acompañantes, después de ir por ella a la tintorería donde trabajaba.
El ambiente estudiantil era de alegre rebeldía. La solidaridad con el movimiento estudiantil del 68, que había sido masacrado por el gobierno, fue una constante en toda mi generación. Eran los primeros tiempos de Santana y casi el final de Los Beatles. Aunque no había mucha información sobre los acontecimientos de Tlatelolco, nuestra simpatía estaba con los estudiantes. Algunos profesores eran afines con las causas rebeldes y se las ingeniaban para darnos a conocer opiniones o puntos de vista, que nos hacían reflexionar sobre los temas que dominaban esa etapa de México, tan compleja como contradictoria.
Al terminar el bachillerato, tomé una decisión determinante. El boxeo ya me estaba tentando, en profesional una decena de combates, y salvo una decisión, las demás las había ganado por nocaut antes del tercer round. Por la última pelea había recibido 3 mil quinientos pesos, cuando el salario mínimo era de 700 pesos mensuales. Era mucha la tentación y mucha la preocupación de mis padres. Aunque me había cambiado de nombre para que no se dieran cuenta de que boxeaba, no me pude ocultar cuando mis fotos y noticias empezaron a salir en los periódicos, o cuando llegaba a la casa con las huellas de los combates. “Chuy Rivas” era mi nombre de batalla. Pero ni con seudónimo pude escaparme de las cuerizas de mi padre, de las cuales mi fiel perro el “Dandy”, siempre me defendió.
Después de noquear al campeón gallo de Yucatán, mi madre me entregó una carta que mandó mi tío Rodolfo, donde me expuso un razonamiento impecable e irrebatible: “Si te decides por el box en cinco años tu carrera empezará a declinar y si estudias una carrera, en cinco años estarás empezando la profesión que escojas”. La vida es un ejercicio cotidiano de toma de decisiones, así que opté por estudiar y colgar los guantes. Me fui a Saltillo a estudiar Arquitectura. Mis padres se tranquilizaron de momento (luego se preocuparían por otras cosas). Mi entrenador respetó mi decisión, me deseó suerte y como despedida nos fuimos a comer unos lonches de carnitas con aguas frescas al mercado Juárez. El que vaya a Torreón, y no coma lonches de carnitas, no se tome un agua celis con limón y un cuadrito de nieve con mermelada en la plaza de armas o en la alameda, es como si no hubiera estado ahí. Con el dinero de la última pelea, compré mis instrumentos de dibujo, puntos, escalímetro, un leroy con juego de puntos, alacrán de dibujo y reglillas para pintar letras de diferentes tamaños, pinceles de piel de camello, regla T, acuarelas, papel albanene y restirador, entre otras cosas. Hasta para una grabadora y el primer mes de la casa de asistencia, me alcanzó la ganancia del último combate.
Lo que más me pudo fue dejar a Juanito, mi hermano, que tanto se había acostumbrado conmigo. Meses después, el “Dandy” se murió, no sé, si de viejo o de tristeza, pero en su muerte se llevó toda una etapa de nuestras vidas. Sin sentir, se terminaba la etapa que formó y templó mi carácter, de la que aprendí a valorar el cariño de mis padres, la ternura de mis hermanos y la forma de ser de los amigos del barrio y de la calle. Por muchas razones fue la etapa definitiva en mi vida, donde en una familia sin títulos nobiliarios, ni cuentas de cheques, creció la mayor y la más sincera de mis alegrías. Cuando no tuve nada, lo tuve todo.
En medio de una noche lluviosa, con una maleta de ropa y un montón de sueños una noche de octubre del 71, llegué a Saltillo, la siguiente parada de la peregrinación en que se ha convertido mi vida.
Jaime Martínez Veloz, ex diputado y ciudadano tijuanense.
Correo electrónico: www.votaveloz.com.mx
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