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Inversión en científicos, investigación e innovación
Héctor Ramón González Cuellar
En sólo seis años –el periodo de la administración del ex presidente Vicente Fox– México cayó del lugar nueve al 15 en el listado de las economías mundiales, de acuerdo con reportes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La falta de inversión pública en ciencia, educación y desarrollo como un motivo clave de este rezago. La falta de crecimiento en el país, preserva la desigualdad social, la cual se caracteriza como un signo ominoso y escandaloso de país, y una bomba de tiempo social que debe ser conjurada con una política de Estado, con una visión de largo plazo. México ha perdido inversiones y empleos de corporaciones internacionales debido a la escasa formación de profesionales como ingenieros o científicos, así como por la piratería en la producción de medicinas, entre otros rubros.
Mientras en el mundo los gobiernos logran destinar a ciencia e investigación entre 1% y 3% del producto nacional, en México se logró la “hazaña”, durante el sexenio foxista del “cambio”, de reducir este rubro de 0.39% a 0.35%. En el presupuesto para este 2007, ya definido por la administración de Felipe Calderón, no hay avance alguno en este campo, y que incluso virtualmente no es abordado en el Plan Nacional de Desarrollo, que se prevé norme la evolución futura del país. Las democracias funcionan con sociedades capaces de analizar, deliberar, criticar y proponer alternativas frente a los problemas. Y el campo científico, cada vez más complejo, necesita también una mirada vigilante de la comunidad, la cual merece garantías de que en el futuro contará con mejor salud, aire más limpio y agua más pura; en suma, una vida de mejor calidad. Probablemente los hombres más ricos de México, son capitalistas, pero aun no empresarios. No es trivial el diferenciarlo. Un capitalista está instalado en la reproducción del sistema como tal y en la maximización de ganancias; un empresario, un emprendedor, está en la innovación y el desarrollo, dos prototipos distintos de la abstracción homo economicus.
Una característica del subdesarrollo es la presencia de capitalistas salvajes que buscan alcanzar desde el sector privado, y desde el público, hacerse de la mayor fortuna posible, en el más breve lapso, por cualquier medio, incluso quebrantando la ley, la equidad, la dignidad y la razón.
El asunto ha sido tratado por figuras mayores del pensamiento económico. El manifiesto del Partido Comunista contiene un largo pasaje que es un canto a la “burguesía revolucionaria”. Visto desde Schumpeter o Keynes, Marx se refería, no a los especuladores, desde luego, sino a los empresarios capaces de revolucionar la ampliación y modernización de las fuerzas productivas, su dominio sobre la naturaleza, y el papel civilizador que ello tendría en el largo plazo.
Una figura de gran relieve que se ocupó directamente del empresario como fuerza productiva fue el economista austriaco Joseph Alois Schumpeter. Nacido en Triesch en 1883 (Moravia), estudió en la Universidad de Viena y fue alumno de Friedirech von Wiser, quien aportó el concepto de “costo de oportunidad”, criticando a Marshall y en general a los economistas británicos por esta laguna teórica.
Schumpeter enseñó Economía en las universidades de Viena, Chernovtsi (Ucrania), Graz y Bonn a partir de 1909; posteriormente fue profesor en Harvard desde 1932 hasta su muerte. Sus aportes a la teoría del ciclo económico fueron fundamentales y en razón de ello sus alumnos reclamaron siempre que no se le haya otorgado el Nobel de Economía. Escribió decenas de ensayos y libros, pero tuvo una influencia muy importante su Business Cycles: A theoretical, historical and statistical analysis of the Capitalist process, 1939.
Schumpeter fue el economista que más ha aportado a la comprensión de la innovación industrial y su importancia decisiva en la dinámica del crecimiento económico. A su decir, la actividad innovadora es la fuerza más importante del crecimiento capitalista y proviene del “espíritu promotor”, cualidad capaz de intuir, imaginar y vislumbrar posibilidades para la innovación, y movilizar los recursos necesarios.
Las innovaciones tomarían cinco formas principales: a) la introducción de un nuevo producto o de una nueva calidad de un producto ya existente; b) la introducción de un nuevo proceso de producción; c) la apertura de un nuevo mercado; d) el desarrollo de una nueva fuente de insumos, y e) los cambios en la organización industrial.
Para la realización de una innovación, según Schumpeter, el empresario ha de vencer tres dificultades: 1) la incertidumbre; 2) la repugnancia de la gente por realizar algo nuevo, y 3) la resistencia del medio social frente a sus innovaciones. Sin cambio no hay, absolutamente, desarrollo. De esto hablaba Keynes cuando se refería a los animal spirits del empresario.
El siglo XX estuvo caracterizado por un sector profesional creciente dedicado a la investigación y el desarrollo dentro de la industria, cuya función ha sido buscar y articular innovaciones mediante la investigación científica organizada. En el XXI el conocimiento se vuelve la palanca fundamental del desarrollo, de modo que, sin ella, el atraso y el subdesarrollo se tornan perennes. Gran parte de la producción industrial moderna es el resultado de la búsqueda, verificación y procesamiento de la información científica y de su subsecuente articulación con las ingenierías y tecnologías.
Nuestros capitalistas, y el más rico Slim, por ejemplo, se han dedicado a comprar empresas rotas que otros han hecho; las reparan y explotan en su país, o en cualquier otro, donde estén las ganancias. Si incorporan innovaciones, como en Telmex, son las que otros produjeron. También hacen mucho comercio: compran en dos y venden en cuatro. No son empresarios, aunque podrían serlo.
Silicon Valley (California) fue por un tiempo el único centro de innovación masiva y continua en el mundo. Hoy Bangalore (India) rivaliza sin problemas con el centro gringo. En muchos otros puntos del planeta se abrieron espacios a la innovación continua, que siempre termina diseminándose por todos los rincones del sector industrial. Así despega el desarrollo.
Si generosamente destinaran, los ciudadanos capitalistas, unos 1,500 millones de dólares iniciales a crear una ciudad de la investigación y el desarrollo. Es un pelo de gato para las fortunas que han amasado. Reúnan a las universidades que cuentan con las plataformas tecnológicas más desarrolladas y a las que cuentan con centros desarrollados de investigación científica y tecnológica y hagamos ingeniería del siglo XXI, nanotecnología, robótica, biotecnología humana, animal y vegetal, montemos una red de primer nivel de tecnologías de la comunicación multidimensional que cubra al país. Las páginas de los diarios se pueden llenar con la lista de proyectos factibles para el desarrollo de México y para la exportación. Realicen un programa inteligente. Paguen bien –muy bien– al talento innovador de los creadores mexicanos: sobran. Innoven. Eso es el desarrollo. Revolucionen la producción. Pregunten a Finlandia o a Irlanda, o a India, o Corea, o a China, o a Schumpeter, o a Keynes. O pregunten cuál es el PIB que producen los mexicanos que viven en Estados Unidos que trabajan con tecnologías modernas: se aproxima al de México. Eduquemos y capacitemos masivamente. Apoyemos todos, la formación de doctores graduados en la investigación y el desarrollo sostenible. Si lo hacen, otra historia de México se va a contar.
Héctor Ramón González Cuellar es profesor e investigador del Instituto Tecnológico de Tijuana.
Correo electrónico: hrgcuellar@yahoo.com
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