J. Jesús Blancornelas
El principio
A la Feria de San Marcos íbamos contentos año tras año. Mi padre nos llevaba en un Chrysler azul verde, largo, amplio y aguantador. De segunda o tercera mano, modelo 45. No sé cómo le hacía mi madre. Ni siquiera me daba cuenta cuando empacaba. Lo sabía nada más cuando decía “...ya está el veliz en la cajuela”. Entonces ni seguro de vida. Tampoco reservaciones para hospedarnos. Nos trepábamos al carrazo y al rato estábamos en carretera. Sin problemas el auto subía las famosas cuestas de “El Cochino”saliendo de San Luis Potosí. Un alto en Ojuelos a medio camino. En aquellos años me parecía un pueblo dramático. Descolorido y triste. Casi ausentes los hombres, seguramente entre los surcos. Mujeres enrebozadas, tapada la cabeza, falda larga de percal y huaraches. Chilpayates al lado o siguiéndola. Lo maravilloso de la escala eran los puestos en la plaza central, cerquita de la iglesia. Cazo de cobre al lado y atiborrado con deliciosas carnitas de puerco. Calientes y recién cosidas en su propia manteca. Buchey tripas me encantaban más que la maciza. Nos servían en plato de peltre y con gruesas, sabrosas tortillas de maíz salidas apenas un ratito antes del comal. “Barrilito” de naranja al tiempo porque hielo ni sus luces. De todos modos era un banquetazo.
No había carnitas “recalentadas”. Era mucho el pasadero de viajeros en “Camiones de los Altos” o de carga. Unos y otros iban o venían de San Luis, Guadalajara o San Juan de los Lagos. También León, Silao, Lagos de Moreno, Guanajuato y como decían los letreros en sus autobuses “puntos intermedios y anexas”. El chofer paraba allí. Le convenía. Recibía comelitona gratis con tal de dar oportunidad para vender al pasaje. Por eso tanto comensal. Naturalmente, abundaba la perriza. Esperaban hueso, sobras o que a un tarado se le cayeran las carnitas.
Reanudar el viaje era cuestión de siesta general. Yo en cambio tenía la oportunidad de manejar el Chrysler en carretera. No llegaba a los 18 años para tramitar licencia. Pero mi padre comprendía y dejaba que “chafireteara” un buen rato. Eran los mejores momentos del viaje. Siempre a un límite de velocidad. Ni muy acelerado para no forzar el motor, ni menos de lo debido “...porque se va a ‘tironear’ y lo ‘ahogas’ en las subidas”.
Aguascalientes siempre me gustó. Teníamos parientes. Unos, propietarios de tupida jarciería cerca de El Parián. Otros, matrimonio sin hijos, dos tres cuadras de la iglesia donde estaba el Cristo Negro. Casi siempre almorzábamos en el restaurante Mitla. Cenábamos en la feria, alrededor de jardín. Me encantaban las “entomatadas”. También las tostadas de cueritos o los tacos de pollo. En casi todos los puestosestaban a la vista cacerolas, comales, corte de verduras, carne o pollo. Cocineros y meseros homosexuales. Bien limpiecitos. Atentos. Pintados labios, chapetes y pestañas. Con sus pantalones muy ajustados. Pañoleta o paliacate rojo tapándoles cabellera y anudada en el centro y arribita de la frente. Les sobraban piropos pero nunca burlas. Todo mundo quería comer allí.
De Aguascalientes tengo agradables recuerdos. Muchas veces volví de paso o en escala. Obligado punto de referencia en las carreras ciclistas. Primero fui competidor y luego reportero. Muchos años después, forzoso trasbordo avión-autobús en la ruta Tijuana-San Luis.
Por eso me entristeció recibir breve boletín recientemente. Un camión Ford 94, gris, placas EM49903 salió de Apatzingán, Michoacán, rumbo a Saltillo, Coahuila. El chofer cayó en la torpeza de otros miles en igual trance. Manejó como de rayo para entrar a cargar gasolina. Extrañó a los federales preventivos. Cuando reanudó la marcha enfiló al poblado “El Dormido” pero el chofer iba bien despierto. Se dio cuenta: Lo perseguían. Frenó de pronto. Abrió la portezuela y salió corriendo para perderse entre los matorrales. En la plataforma llevaba muchos paquetes retacados de marihuana. Total 262 kilos. Nada para la capacidad del camión: Tres toneladas y media.
Eso no pasaba en Aguascalientes. Ahora seguro tienen un cuartel los mafiosos. Y no dudo de tratos con la policía. Se me hace muy rara la captura de poca hierba en tan amplio transporte. No le hago al adivino, pero imagino que el chofer entregó antes unos dos o tres mil kilos en las cercanías. Dios no lo quiera pero siguen las ejecuciones. Llegarán hombres enjoyados comprando autos último modelo y grandes residencias.
Ya sucedió en León, Guanajuato. El ocho de septiembre ejecutaron a Martín Ernesto Córdoba Ferreira. Era abogado. Bajó de su Cherokee último modelo. Entró al Oxxo en el bulevar Las Torres y Calle Loma del Pedregal. Compró un paquete de baterías. Pagó. Salió. Subió a su vehículo. Un hombre se acercó. Le disparó. De once balazos, ocho le agujerearon el cuerpo. Alcanzó a rodar el vehículo. Chocó y murió.
Vivía en elegante residencia de Lomas Campestre. No era guanajuatense. Llegó de Ciudad Juárez. Pero defendía a un vendedor de cocaína detenido en León: Juan José González Santos. Le dicen “El Chegas” y desde prisión maneja las “tienditas” vendiendo droga. Seguramente se impacientó para recuperar su libertad. Y como el abogado le falló, lo ejecutaron. Esta víctima tenía relación con Dante Poggio Hernández. El policía judicial que se volvió cabaretero. Manejaba “Tequila Frogs” en Ciudad Juárez. Era un lujo. Valuado en cuatro millones de dólares. Ligado al Cártel Carrillo Fuentes “desapareció”en marzo del 98. La esposa lo reportó y el local fue “cerrado por remodelación”. A un empleado lo ejecutaron. A dos más nadie los volvió a ver. La hipótesis es sorprendente: Poggio “reapareció”y ordenó la muerte de Martín Ernesto.
No es el primer abogado que ejecutan en Guanajuato. En 2000, 13 de julio, secuestraron a Celestino Cruz, porcicultor de Abasolo. Detuvieron a un sospechoso. Descubrió a su jefe Renato Tostado Félix. En realidad se trataba de René Toscano, pistolero de “El Azul” Esparragoza, uno de los diez narcos más importantes de este país. Lo detuvieron. Estaba viviendo en Irapuato. Ulises Soto Sánchez fue el abogado defensor. No pudo liberarlo. Y a los pocos días lo tirotearon.
Si este par de ejecuciones no se aclara en Guanajuato, continuarán. Así ha pasado en otras ciudades mientras se enraizan las mafias. Comprando silencio, inactividad y complicidad de policías municipales, estatales y federales. Tal sucedió en Monterrey. En agosto de 2001 informé sobre la presencia del narco. El Gobernador lo menospreció. En Nuevo León, dijo, el narcotráfico no tiene cabida. Y ahora hay tantas ejecuciones como droga circulando. Los mafiosos entraron a las ciudades tradicionalmente tranquilas. Ajenas a toda actividad mafiosa. Puebla, Saltillo y San Luis Potosí son casos para tratarse aparte. Pero entretanto es un hecho: El narcotráfico avanza.
Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 23 de noviembre de 2002, propiedad de Jesús Blancornelas.
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