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Adela Navarro Bello
Hank
Adiós. Se acabó. Finito. Hank pasará a la historia. Uno más fuerte que él, con más decisión, más capacidad, agilidad, menos años y quizá despertando más simpatías, le ha ganado el lugar que la historia le había reservado.
De la noche a la mañana, en un simple segundo de conteo ilimitado, el hombre fue rebasado en su propia capacidad. Queda su nombre en el pasado, pero no es el número uno. Ya no puede competir. Ya no está para definir los pormenores de su desbancada posición. No puede ni hablar. Murió.
En la primera semana de agosto de 2007, Hank fue derramado en toda su inmensidad. No más leyenda, no más dichos y mitos. Ya no cuenta, como sucedía en el pasado inmediato. Su imagen, aunque quedará en algunos cuadros de gloria, fotografías oficiales e incluso reconocimientos, se verá cada vez menos hasta perderse en el cómputo oficial.
Por encima de pasiones, fanatismo y estadística, la autoridad le ha dado el triunfo, el máximo galardón del área, al que logró sobrepasar a Hank. En el futuro inmediato podrán decirse muchas cosas, asumir diferencias en relación a tiempos y espacios, debatir incluso que el gane fue a la mala, bajo elementos extraños, ajenos al buen desempeño y a la transparencia.
Pero nada ni nadie, le quitará a Barry Bonds el título del mayor jonronero en la historia del béisbol en los Estados Unidos. El 4 de agosto, en un partido en San Francisco, el beisbolista californiano conectó su jonrón número 756, desbancando así a Hank Aaron, quien hace 30 años estableció el récord de 755.
Sobre Barry Bonds se ha dicho mucho para intentar no hacerle el reconocimiento que se merece, lo más grave, la utilización de drogas para incrementar su potencia física en el plano del desempeño deportivo. Nada ha sido comprobado y el récord le pertenece.
Generalmente, cuando un beisbolista arrebata el récord a otro, pasados los años y la evolución de la actividad, hay una consigna contraria a la celebración. Por los mismos señalamientos y fanatismos que hoy atraviesa Bonds, en su momento transitó Hank Aaron, cuando después de mucho entrenamiento, técnica y experiencia, arrebató el récord de jonronero nada menos que al legendario Babe Ruth.
Muchas veces para la gente es difícil entender que hay personas con más capacidades que otras, o que los récords se hicieron para romperlos, como un reto para quienes hoy viven la pasión del juego.
Así, el 7 de agosto se convirtió en un día mágico para el béisbol de Grandes Ligas en los Estados Unidos. Pero apenas Bonds se alzó como el número uno desbancando a Hank, apareció el contendiente más cercano para hacerlo descender como el número dos: Alejandro Rodríguez, o “A-Rod”, como le llaman en Nueva York, quien a sus 32 años conectó el jonrón número 500 de su carrera.
Siempre habrá, pues, uno mejor que el otro. La propia dinámica de crecimiento de una nación, la evolución de técnicas, alimentación, entrenamiento y agentes externos, llevan a muchos hombres y mujeres a superar en estos tiempos a sus antecesores, a sus competidores, que acaso en otra dinámica le apuestan más que al trabajo físico, a la cuestión política.
Total, a sus 42 años de edad, Barry Bonds se impuso. Como en el año 2001, cuando logró más jonrones (73) en una temporada, o en 2006, cuando superó los conectados por Babe Ruth, y finalmente, este 7 de agosto consiguió que Hank disminuyera un escaño en el listado de la gloria.
Éste será el año de Barry Bonds hasta que alguien, dentro de algunos más, logre desbancarlo de una cima que tomó 30 años conquistarla. La que termina fue la semana de Bonds… y de Hank. Se acabó.
A Hank lo sacaron de la jugada y a la buena.
Ya era hora.
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