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El derecho de una muerte digna
(Segunda Parte)
Lic. y Mtro. Benigno Licea González
“A veces, el exceso de justicia se convierte en la mayor de las injusticias” G. Flaubert.
Sócrates invocaba a Esculapio, Dios de la Medicina, quien no intentaría curar lo incurable ni alargar vidas inútilmente antes de llegar a beber la cicuta. Sócrates había defendido muchas veces el aspecto noble y deseable de una buena muerte; igual criterio sustentaron los estoicos respecto de la prohibición de la prolongación de la vida en los casos de dolor, enfermedad grave o anormalidades físicas. Entre los romanos esta cultura tenía criterios similares, así, Plinio, el viejo, expresaba: “de los bienes que la naturaleza concedió al hombre, no hay ninguno mejor que una muerte oportuna, pues vivir noblemente incluye el morir en forma noble”.
Sobre la temática abordada existen múltiples y divergentes criterios. Creo pertinente hacer la distinción de poner fin a la existencia de un paciente terminal, agobiado por el dolor y el sufrimiento, a la de un individuo con deficiencias físicas o mentales, convertido en una “carga para los suyos”. Respecto del debate sobre la legitimidad de la eutanasia éste persiste entre los profesionales de la medicina. Unos sustentan que en caso de legalizarla, se denigraría su profesión e implicaría traicionar la confianza de los pacientes. Otro criterio es que tanto el paciente como sus familiares deben conocer la verdad respecto del problema de salud y si existe o no una alternativa para su solución, pues impedir la práctica de la eutanasia igualmente degrada al médico cuya misión es evitar el dolor de la enfermedad en el paciente y de no hacerlo se ignoran estas últimas necesidades, sobre todo en aquellos que padecen de una enfermedad terminal.
Lo cierto es que la perpetuación indeseable de la vida debido a los avances de la tecnología en el área de la Medicina en infinidad de casos constituye una auténtica carga insostenible para enfermos y familiares. Las muertes “prolongadas” suelen dejar un muy lamentable recuerdo a los vivos tanto en el aspecto sentimental y desde luego en el económico, pues se evita que los enfermos y sus allegados se despidan con dignidad.
Teniendo presente los criterios ya expuestos referentes a que el individuo merece una muerte con dignidad y con respeto escudriñaremos la complejidad de la eutanasia. Atendiendo a su ejecución ésta puede ser activa o pasiva. La primera consiste en realizar los actos para ayudar a morir eliminando o aliviando el sufrimiento, esto es, al mismo tiempo directa porque persigue el acortamiento de la vida del paciente mediante actos positivos (ayuda a morir); es indirecta cuando produce un doble efecto. Aliviar el sufrimiento del paciente abreviando al mismo tiempo su vida, que es el efecto secundario derivado de aquel objetivo principal (por ejemplo, la administración de morfina tiene efectos respiratorios perjudiciales por depresión de la función respiratoria, que en altas dosis puede acelerar la muerte, teniendo en cuenta que su efecto de habituación y tolerancia puede requerir un progresivo incremento de las mismas).
La eutanasia pasiva es la que presenta más problemas éticos y jurídicos, pues incluso, dentro de la misma no resulta fácil establecer los límites entre lo lícito y lo ilícito, y por lo general, existe una confusión sobre lo que realmente es una omisión eutanásica y lo que únicamente significa la interrupción del tratamiento en determinadas situaciones. Se entiende como omisión en el tratamiento cualquier medio que contribuya a la prolongación de la vida que presenta un deterioro irreversible o una enfermedad incurable y se halla en fase terminal, acelerando así el desenlace mortal; igualmente puede consistir en la no iniciación de un tratamiento, no tratar la enfermedad o complicación intercurrente con la originaria, o en suspender el tratamiento ya iniciado. Cuando se desconecta a un paciente de aparatos técnicos que mantienen su vida con algunas funciones biológicas vitales hablamos de una omisión porque el médico suspende el tratamiento, constituyendo aquellos aparatos como el respirador artificial sólo una “longa manus”, es decir, una prolongación de las funciones biológicas.
En cuanto a los móviles, en primer lugar cabe mencionar el referente al humanitarios o de compasión, por tanto, altruista y solidarios con quien sufre, pues este móvil impulsa eliminar el sufrimiento del paciente. En otros casos concurren motivaciones divergentes. Así encontramos el convencimiento de la inutilidad de los esfuerzos adicionales en el tratamiento del enfermo; la necesidad de disponer de medios y dedicaciones extraordinarios para que otros pacientes con mejores pronósticos de recuperación; o, por otro lado, el deseo de desprenderse de la carga emotiva y económica que supone el mantenimiento del paciente para sus familiares, o las llamadas expectativas de heredarle; la eliminación de la carga económica de ciertos pacientes terminales, o, incluso, de enfermos deficientes mentales. Como puede observarse en algunos casos que menciono se emplea la expresión eutanasia, pero se alejan en su mayoría de lo que ha sido el origen y la polémica en torno a ello.
El Licenciado Benigno Licea González, fue presidente del Colegio de Medicina Legal y Ciencias Forenses Tijuana, A.C., y tiene el grado académico de Maestro en Ciencias Jurídico Penales.
e-mail: liceagb@yahoo.com.mx
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