Adela Navarro Bello
“Dean”
Calladita se quedó la oposición. No emitieron comentario alguno. Mucho menos reclamos. Se hicieron los que no pasó nada, cuando lo que entró al País fue un meteoro de categoría cinco. Muy peligroso.
Para la fortuna de los mexicanos, al entrar al territorio el nivel de fuerza del huracán disminuyó de manera considerable. Aun cuando no se desintegró, las categorías con las que azotó las regiones del sur de México fueron entre 1, 2 y 3.
Entró por Chetumal y rasando Cancún. Se fue a Veracruz y afectó a los estados vecinos. Cientos de municipios afectados. San Luis Potosí vio cielos negros y el jueves 23 de agosto se metió a Hidalgo. Los damnificados, muchos por cierto, son mexicanos de clase baja y marginada. Sus casas, hechizas las más de las veces, no resistieron vientos de arriba de los 60 kilómetros por hora. Los afectados son el retrato del atraso en la República Mexicana.
Las imágenes televisivas mostraron cómo en una misma área donde atravesó “Dean”, lo mismo se encontraban casas totalmente derribadas, que construcciones erguidas. En la calidad de la vivienda estuvo la proporción del daño.
El paso de “Dean” ha dejado develada en México una realidad que no es sencilla reconocer: La clase marginada del país vive en condiciones deplorables. La calidad de vida en ciertas zonas es un mito.
Y aún en estas condiciones, la oposición se quedó callada. Es el México “ese” que no quieren ver. El Presidente Felipe Calderón los apantalló. Les ganó la jugada antes que tuvieran tiempo de pensarla.
A diferencia de Vicente Fox, cercano al proceder de Ernesto Zedillo, pero con más energía, decisión y prevención, Calderón se adelantó a sus opositores e incluso a “Dean”.
Cuando fue alertado de la amenaza y la cercanía del huracán, muchas horas antes de su llegada, Calderón envió recursos a los estados por donde se pronosticaba pasaría: Yucatán, Quintana Roo y Veracruz.
Les mandó dinero, y como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, ordenó la implementación del Plan DNIII al Ejército Mexicano. También Secretarios de Estado fueron trasladados a la zona de peligro para atender, ayudar y orientar en la evacuación de residentes y atención de damnificados, con los programas sociales que de suyo manejan.
Por eso cuando llegó el meteoro al País, no hubo heridos de consideración o muertos como en tiempos pasados. Ya no estaban ahí. El programa para emergencias de Calderón funcionó. “Dean” se llevó casas, cartones, maderas, yeso, cimientos, techos, árboles, palmeras y muebles. Los mexicanos estuvieron en buen resguardo.
El Presidente canceló la gira que realizaba por Canadá y fue a meterse en el ojo del huracán. Aguantó. No se despeinó mucho pero si ayudó su presencia para la logística de Gobernadores, Alcaldes, Secretarios y Militares.
Los mandatarios de los tres estados afectados de inicio, en Quintana Roo, Félix González Canto, en Yucatán, Ivonne Ortega y en Veracruz, Fidel Herrera, todos de extracción priísta, fueron bien atendidos con los recursos federales. El Presidente no hizo distingos en la ayuda. Tampoco en los centavos. El saldo al jueves, era de un muerto en Veracruz. Lamentable, pero mínima la estadística en comparación a las vidas de mexicanos que otros huracanes de igual intensidad han cobrado en el País.
La oposición se quedó callada. No se les dio tiempo para señalar, reclamar ayuda, participación y presencia del Gobierno Federal en las zonas dañadas por el paso del meteoro. Ni siquiera hablaron cuando se develó que los más afectados fueron los pobres, los marginados que tanto utilizan en campaña. Los que votaron por Andrés Manuel López Obrador el 2 de julio de 2006. Los que le dieron el triunfo a tres gobiernos priístas. Los más explotados políticamente pero los menos beneficiados también políticamente.
“Dean” ha dejado a México con una estela de daños, y acaso con una cruda realidad:
Ante el efectivo programa de emergencias del Presidente Calderón, las pérdidas humanas se redujeron a su mínima expresión, pero quedó demostrado que los damnificados fueron más de la clase marginada, y la oposición se quedó callada.
No dijeron nada. Ni con permiso… para ayudar.
Así cómo.
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