Recuerdo de Luciano Pavarotti
“…si me ven no me confundirán con otro”, advirtió el célebre cantante en octubre de 2003 en Mexicali. Ahora, el mundo operístico lamenta la pérdida, pero celebra el prodigio de una voz como la del tenor de Módena, Italia.
Gabriela Olivares Torres
El 6 de septiembre de 2007 será una fecha histórica para la comunidad operística internacional, pues fue entonces cuando falleció una de las voces principales de todos los tiempos: Luciano Pavarotti.
Víctima del cáncer, entre otras afectaciones, el tenor que popularizó la ópera había comentado hace apenas unos días que su deseo más grande era “reunirse con sus padres y encontrar finalmente la paz”.
Nacido en Módena un 12 de octubre de 1935, hijo único de un panadero y cantante amateur, Luciano se enamoró de la música y se formó bajo la instrucción de Arrigo Polo y Ettore Campogalliani.
El 29 de abril de 1961 debutó interpretando el papel de “Rodolfo” en “La Bohéme” de Puccini. La presentación fue en el palacio de la ópera de Reggio Emilia y sirvió de preámbulo para lo que vendría después: el reconocimiento público con el rol “Tonio” en “La Hija del Regimiento”, de Donizetti. Entonces apareció en la portada del diario The New York Times.
Lo que siguió fue una carrera ascendente en la que la popularidad creció de la mano del prestigio. Formó a “Los Tres Tenores”, al lado de los españoles Plácido Domingo y José Carreras, y se entregó a los propósitos de la organización “War Child” para ofrecer los conciertos conocidos como “Pavarotti y sus Amigos”.
Guatemala, Bosnia, Camboya, Liberia e Irak fueron algunos de los países cuyos niños llamaron la atención del célebre intérprete. Por ellos se reunió con figuras del pop y del rock, como U2, Duran Duran, Jovanotti, Michael Jackson, Eros Ramazzotti, Zucchero, Swing y Lucio Dalla sobre diversos escenarios, dando por resultado CDs y videos que se mantienen en venta.
En repetidas ocasiones Pavarotti confesó su deseo de haber sido maestro. De ahí el interés tan evidente por la infancia, razón que un 18 de octubre de 2003 lo trajo a la Laguna Salada, donde cantó por primera y única vez en un desierto, ante el sol ardiente que marcó lo 119 grados Fahrenheit, propios de los festejos del Centenario de una ciudad como Mexicali.
Bajo el calor y rodeado por 40 mil espectadores, el artista empezó su despedida en tierra cachanilla. “Es un placer estar aquí, es un reto para mí, dependerá del escenario qué tanto podrá ser un reto porque busco hacer algo completamente nuevo. Pero ¿por qué no aquí? Digo, es un sitio maravilloso, es un lugar bello como otros, tiene gente maravillosa, veo aquí una comunidad increíble”, habría dicho a la prensa reunida en el Hotel Crown Plaza de la capital bajacaliforniana, días antes de su histórico concierto.
Y a pesar de sufrir un notable resfriado a consecuencia de las altas temperaturas y el clima artificial, la estrella de la ópera se reflejó en cuatro pantallas gigantescas y se hizo acompañar de la soprano Annalisa Raspagliosi para sacar adelante un programa que acababa de llevar a Londres.
Aquellos días era el inicio de la recta final. El famoso cantante lo había reconocido al explicar que estaba pensando en una gira de despedida que, si la salud se lo permitía, podría durar un par de años.
También se mostraba satisfecho con el próximo lanzamiento de “Ti Adoro”, producción discográfica dedicada a las cuatro hijas de Pavarotti, especialmente para Alizia, fruto del matrimonio con Nicoletta Mantovani -en segunda nupcia para él-, quien fuera su secretaria, 30 años menor que el maestro.
En Mexicali, Pavarotti dijo estar contento y aguardaba épocas venideras no a título personal, sino para el mundo de la ópera, donde semanas antes había mencionado al diario español El País su admiración por el talento de Juan Diego Flórez.
“Hace mucho tiempo que no oía cantar con tanta inteligencia; pero no es sólo técnica lo que tiene, es una voz bellísima y las dos cosas son lo más importante”, explicaría al reportero Jesús Mantilla, cuya entrevista sería publicada por el suplemento “ES”.
De su padre, el comentario que ofreció también fue interesante, después de todo, fue quien lo impulsó hacia el bel canto: “Era un hombre muy honesto. Me enseñó que en el canto no se llega nunca al final, que no se deja de aprender; y me lo recordó tres días antes de morir”.
Seguro de su lugar en la historia, Luciano Pavarotti también se vio a sí mismo en los últimos años de su vida. Muy reflexivo confesó a los medios bajacalifornianos:
“…si me ven no me confundirán con otro. Mi voz tiene un sonido particular, es muy difícil confundirme con alguien más. Los clásicos de la ópera como Plácido (Domingo), (José) Carreras, otros y yo, somos singulares, tenemos nuestra propia personalidad, puede que haya mejores que nosotros en el futuro, eso espero”.
En mayo de 2004 el tenor dio a conocer que protagonizaría “El Tour del Adiós”, mismo que consistiría en 40 conciertos en los cinco continentes. Para febrero de 2006 estaría interpretando el aria “Nessun Dorma”, de Turandot, durante la clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno en el Estadio Olímpico de Turín. Meses más tarde, los médicos le diagnosticaron un tumor maligno en el páncreas, a consecuencia del cual fue intervenido en un hospital de Nueva York, en julio de ese año. A partir de entonces todas sus presentaciones fueron canceladas.
A mediados de esta primera semana de septiembre, el mal lo venció. Murió en su casa, a causa de una insuficiencia renal.
“Tengo mucha suerte, en estos 42 años siempre canté la ópera que quise, he dado los conciertos que he querido y lo mismo con los recitales. Tuve mucha suerte y me convertí en un optimista. Creo que a la gente de hoy le gusta la gente optimista”, habría dicho en esa misma visita a Baja California.
Con el entusiasmo característico de un prodigio, ahora se le recuerda al excepcional Luciano Pavarotti. |