J. Jesús Blancornelas
Blonde
Ya pasaron 48 años y dos meses desde que murió Marilyn Monroe. La encontraron inanimada en su habitación el 5 de agosto de 1962. Oficialmente se suicidó. En su buró tenía una botellita con pastillas tranquilizantes. Ése fue el informe oficial. Inclusive, aseguraron, algunas estaban regadas al pie de la cama. También un vaso con rastros de licor. Por eso, mezcladas pastillas y bebida, fue más rápidamente mortal el efecto. No olvido la escena transmitida en televisión –todavía blanco y negro– cuando los forenses sacaron el cuerpo envuelto en una sábana. Pasados los años siento como que fue un gesto de respeto a su belleza. No la zambutieron como era y es costumbre en una bolsa de grueso plástico verde con zipper de abajo hasta arriba. Estoy seguro que realizaron su trabajo con harta tristeza y no con la naturalidad acostumbrada. Me imagino cómo fue angustioso para los médicos ejecutar la autopsia de un cuerpo tan mundialmente admirado. Tan deseado. Indudablemente les tembló la mano a la hora de abrir la carne con el bisturí.
Esa versión oficial del suicidio se difundió tanto pero nunca alcanzó credibilidad. Se insistió: Marilyn estaba sumida en una insalvable depresión. Se dieron mil y una explicaciones de tan terrible causa. Detalle a detalle de su vida. De su niñez sufrida. La situación de sus padres. Los motivos para sentirse atraída por hombres de mayor edad. Su desordenada juventud. Los amoríos, casorios y divorcios. El imborrable pasaje de haber posado desnuda y haber aparecido en miles de calendarios. Pelo suelto, largo, brillante, sedoso. Las piernas cruzadas escondiendo sensualmente su intimidad. Acostada en una a propósito arrugada tela rojo carmesí para completar aquel cuadro excitante. Analizaron sus películas. Los efectos de la fama. Todo. Siempre para llegar mil y una ocasiones a lo mismo: Depresión.
Muchos dudaron de esa explicación. La versión más hablada y menos publicada fue que la asesinaron polizontes secretos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y aparentaron un suicidio. Recuerdo haber leído una suposición: Los policías llegaron fácilmente a su casa. La dominaron cuando estaba dormida y le introdujeron un supositorio venenoso preparado de tal forma para no dejar rastro a la hora de la autopsia. Luego, pusieron las pastillas en el buró. Regaron otras y también el vaso con sobras de licor. Enseguida prepararon el escenario para cuando fuera descubierta la hermosa mujer. Otra versión de boca en boca: Suplieron sus pastillas para dormir por otras tranquilizantes de potente contenido y las tomó sin darse cuenta.
Vestida entallada, de largo y con un escote capaz de dejar turulato a cualquiera. Elegantes zapatillas de tacón alto. Blanco su rostro, intensamente roja pintada la boca, pestañas capaz de acelerar el ritmo cardíaco de todo mortal, Marilyn cantó como nunca y nadie jamás el Happy Birthday al Presidente de Estados Unidos, Jhon F. Kennedy. Sensual, provocadora y toda ella tentación, dejaba escuchar su vocecita aniñada, aterciopelada pero con tal tono que al escucharla cualquier varón sentiríamos la piel enchinarse. El festejado, indudablemente, debió estremecerse varias veces. A lo mejor se cohibió. Pero la escena hizo confirmar a muchos que aquel Happy Birthday era un síntoma clarísimo de las relaciones secretas entre Marilyn y Kennedy.
Cinco meses antes del suicidio sucedió algo que los enlazaría. Estaban en el rancho Mirage de Palms Springs. El Presidente gozaba del sol californiano a la orilla de una alberca, lentes negros, bebida a un lado, mientras en Washington todavía hacía mucho frío. “)Esa rubia es Marilyn Monroe?”,preguntó Kennedy a su cuñado, el actor Peter Lawford. Le respondió: “Sí. Es una belleza, pero algo alocada”. Jhon se quedó pensativo y le pidió invitarla a una cita a solas. El chismorreo de Hollywood y los viajes de Marilyn a Washington y Nueva York para encontrarse secretamente con Kennedy fueron dinamita: Todo mundo supo de sus relaciones.
Por eso la versión hasta hoy vigente: A la Monroe la mataron agentes de la CIA. Se convirtió en una situación incómoda para la Casa Blanca, para el Presidente y para el país. No era bien visto acompañado de su dulce y bella esposa Jacquelinne en los actos oficiales, una mujer que despertaba cariño y respeto. Aparte, secretamente amando a la hembra todo lo contrario: Tan atractiva hasta el punto unánime del deseo. Luego Bob, el hermano del Presidente entró al quite. No le fue difícil pero infortunadamente se enamoró. Por eso nadie creyó en el suicidio aun cuando fuera verdad y se demostrara científicamente. Casi todos los norteamericanos siguieron pensando en una operación del servicio de inteligencia para asesinarla.
La famosa editorial Plaza y Janés empezó a circular en España un libro titulado “Blonde”. Es voluminoso. Tiene 900 páginas. Lo escribió Joyce Carol Oates. Desde el principio, la autora insiste que su obra es ficción. Que no es realidad. Pero con todo y eso logró grandes ventas en Estados Unidos donde se distribuyó desde abril. En realidad, Joyce escribió lo que muchos querían leer: Marilyn fue asesinada.
Empezó describiendo un escenario donde apareció cierto doctor contratado por la CIA. Entró a la residencia de la Monroe y llegó hasta donde dormía. “Sin prisa alguna, el hombre dio vueltas alrededor de la cama, calculando el mejor ángulo de ataque. Debía ser rápido y certero, tal como se lo habían ordenado”. La escritora no cita una fuente de información pero se imaginó que lo ideal para aquel hombre hubiera sido sentarse a horcajadas sobre el cuerpo de su víctima, aunque supone, indudablemente eso la despertaría. Entonces se imaginó al victimario: Como si fuera un tigre antes de lanzarse al ataque. Caminando cautelosamente. Se colocó al lado izquierdo de la hermosa dama. Cuando ella respiraba hondo y por eso crecía su erótico pecho, el doctor le hundió la aguja de quince centímetros a la altura del corazón. El contenido, Nembutal, líquido preparado especialmente por la CIA. Murió en unos segundos.
Consulté a mi doctora, competente y estimada María Bernarda Lara y consideró imposible inyectar a una persona dormida sin que tenga una reacción inmediata. Al recibir un pinchazo tal y como lo describió Joyce, pero en la realidad, Marilyn se hubiera llevado las manos al pecho por instinto. Apuradamente. Podría cortarse o remover peligrosamente el alfiler de acero. Reaccionaría violentamente contra el doctor. Solamente hubiera sido posible inyectar a Marilyn sujetándola entre uno o dos hombres antes de que despertara. Entonces no podría impedir que le jeringa y aguja funcionaran correctamente.
El de Joyce es un libro de suposiciones. De ficción. El de Carlos Salinas contiene sus testimonios. Aclaraciones. Sus puntos de vista, recuerdos, reflexiones. Carol tecleó hasta completar 900 páginas. “Me obsesioné con el personaje de Marilyn y no podía parar”. El ex Presidente ocupó mil 400. Indudablemente también se obsesionó. Los norteamericanos quieren leer a la escritora estadounidense aunque no diga la verdad. Los mexicanos no quieren al ex Presidente Salinas, aunque diga su verdad, pero de todos modos lo leerán.
Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 10 de octubre de 2000; propiedad de Jesús Blancornelas.
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