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Ciencia y tecnología, asignaturas olvidadas
Héctor Ramón González Cuellar
Los datos duros en materia de ciencia y tecnología son contundentes: El gasto federal en ciencia y tecnología es de 0.33 por ciento del PIB, muy lejos del 1.5 por ciento recomendado por organismos internacionales e, incluso, inferior al de Panamá, que en 2006 llegó a 0.96 por ciento.
Mientras en México el número de integrantes del Sistema Nacional de Investigadores (SIN) ascendía, en septiembre de 2007, a 13 mil 485, en países como Estados Unidos, Japón o Corea, los investigadores sumaban en 2003 (última cifra con la que cuenta el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Conacyt) un millón 334 mil, 675 mil y 151 mil científicos, respectivamente.
El porcentaje total de investigadores por cada mil integrantes de la Población Económicamente Activa (PEA) fue de 0.6 en nuestro país en 2006, mientras que en Finlandia y Nueva Zelanda ascendió a 17.7 y 10.2 por ciento, respectivamente. De los becarios que viajan a Estados Unidos, 30 por ciento se queda en ese país.
El número de patentes registradas por científicos mexicanos el año pasado fue de 15, en tanto que Estados Unidos registró 18 mil, e incluso China e India inscribieron 144 y 78. Los artículos publicados por los investigadores nacionales llegaron a seis mil 787 en 2005, mientras que Corea y Turquía publicaron 22 mil 957 y 13 mil 863, en ese orden.
Ante ese panorama, la propuesta de incremento presupuestal del señor Felipe Calderón para ciencia y tecnología es positiva, pues después de siete años de recortes presupuestales contempla un aumento de 14.5 por ciento, para pasar de 32 mil 400 millones a 38 mil 100 millones de pesos.
Sin embargo, también es insuficiente, pues pasaríamos sólo de 0.33 a 0.38 del PIB en materia de ciencia y tecnología, aún muy lejos del 1.5 por ciento que recomiendan organismos internacionales, y hasta del 1 por ciento que según la Ley de Ciencia y Tecnología, aprobada en 2004 por el Congreso y ratificada por Vicente Fox, se debería haber invertido en investigación desde enero de 2006, precisamente el año en que la participación de la ciencia en el gasto federal se desplomó a 0.35 por ciento. La distancia e incongruencia es evidente, entre la retórica y los hechos.
En un marco que deja entrever escenarios sombríos, la situación que padecen la ciencia y la tecnología en México, al tiempo que hace énfasis en las propuestas de los expertos en la materia. Las consecuencias son más graves por la carencia de una política gubernamental en este campo, lo que ha traído consigo la falta de claridad sobre cómo y dónde se aplican los presupuestos, ya de por sí insuficientes, así como una grave descoordinación entre las dependencias encargadas de impulsar el desarrollo científico de nuestro país.
Domina aún a la educación superior, la centralización paralizante, la incompetencia y falta de imaginación, la poca congruencia con la escasez de recursos. Adónde vamos sin sensibilidad, sin visión, sin honestidad ni rendición de cuentas transparentes y patriotismo. La ausencia de sentido de responsabilidad y delegación de competencias para la toma de decisiones en un ejercicio cotidiano de ineficiencia, soberbia y prepotencia. A pesar de la existencia de una ley de transparencia los presupuestos y recursos se manejan a discreción y antojo de la administración vertical, autoritaria, antidemocrática.
A pesar del desarrollo de la tecnología de las comunicaciones y la capacidad de autonomía de las entidades, no se sacude la minoría de edad equivalente a la dependencia del sistema de educación tecnológica con mentalidad monárquica y enfoque burocrático.
El diagnóstico incluye un rasgo severo, financieramente la educación se encuentra atada de manos, el 80% se canaliza a la nómina, pocas o ninguna empresa puede desarrollarse sin una inversión en equipo, investigación, infraestructura y capacidad de crecimiento. Se complica por la ausencia en los planes y programas de un espíritu compromiso de liderazgo que incluya intereses sociales, ni un discurso que influya en la comunidad, sin vinculación, coordinación ni comunicación con el sector productivo y empresarial de las regiones del país, sin auténtica vocación de servicio a la comunidad y aislados de los problemas más sentidos de los sectores productivos y sociales por falta de identidad regional, ausencia de proyectos y participación planeada, inteligente que intenten la resolución de los problemas reales y potenciales de las ciudades donde se asientan las instituciones. Sin dialogo ni conocimiento integral de la realidad local es imposible empezar cualquier idea de transformación por modesta y sencilla que fuera.
Una revisión exhaustiva del grave problema la representa la “fuga de cerebros” donde cruzan las fronteras miles de profesionales costeados con recursos públicos y grandes esfuerzos familiares, y el importante papel que tendrá el Congreso en las semanas próximas. Aun con las restricciones presupuestales, los científicos mexicanos han conseguido en los últimos años logros de carácter nacional e internacional, lo que, pese a todo, habla de la calidad de la ciencia nacional. De esto comentaré en la siguiente semana.
Héctor Ramón González Cuellar es profesor e investigador del Instituto
Tecnológico de Tijuana.
Correo electrónico: hrgcuellar@yahoo.com
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