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J. Jesús Blancornelas

La chamarra

Nos parecíamos mucho. Cuerpos, edad, estatura y pelicastaños. Las diferencias eran su nariz un poco más ancha, larga y fina. Abundantes cejas y “dientoncito”. La llevábamos excelente. Nunca alcanzamos el grado de almas gemelas pero sí en  gustos parecidos. Para empezar, ron con agua mineral. Mucho. Por lo menos una vez cada semana y hasta cuando por amanecer debían cerrar el bar. Me gustaban sus novias y las mías a él. Por fortuna nuestra amistad frenó deseo y traición. Teníamos hasta preferencia por ropa igual. Y trabajamos en el mismo periódico. Desde siempre fue fotógrafo de primera y nunca le dio por escribir. Eso sí, no regateaba su experiencia. A veces me prestaba momentáneamente su “Reflex” grande y pesada, rollo 120 y foco por flash. También la pequeña “Leika” de 35 milímetros. Pero jamás tecleó mi “Remington”. Yo estaba endiosado con hermosa bicicleta y él con su motocicleta. Por eso andaba de aquí para allá día y noche. Siempre se adelantaba a la competencia y lograba gráficas más oportunas. Pero dejaba la máquina en el patio del periódico cuando de parranda nos íbamos.

Tan profesional que un día me dejó pasmado: Iba veloz cuando llegó al crucero de las avenidas Independencia y Arista. Cierto automovilista no hizo el alto marcado. Atropelló a mi amigo. Después de caer y fracturado de una pierna no pudo pararse. El chofer ni detuvo la marcha para auxiliarlo. Huyó. Aturdido, mi amigo tomó su cámara. Enfocó. Tomó tantas fotos hasta donde el dolor le permitió. Como en las películas, enseguidita se desmayó. Venturosamente la Cruz Roja estaba a tres cuadras y llegaron rápido los socorristas. Recibió efectiva atención, en tanto motocicleta y cámara terminaron en el Ministerio Público. Naturalmente, el director del periódico las rescató rápidamente. Del culpable, como se dice, ni sus luces.

No tanto el hueso roto ni la herida, sino la cámara y motocicleta preocupaban a mi amigo. Una pudo repararla. La otra se desconchifló. Nada más pudo rescatar el rollo. Reveló. Y una tarde apareció en la redacción como delantero luego de meter gol. Nos mostró varias fotografías. Se veía claramente el vehículo. Luego igual que ilusionista sacando conejos del sombrero: Dos ampliaciones de la placa automovilística. Se publicaron. La policía dio con el culpable. Fue a la cárcel. Pagó daños y falta. Naturalmente lo celebramos con tanto ron como si fuera el último del planeta.

Llegó la Semana Santa 1957. Y como todos los jueves la tradición: Visitar los Siete Altares. Eran muchas las iglesias en aquellos tiempos en San Luis Potosí, pero más la concurrencia. Nuestro director comisionó a mi amigo para tomar fotos en todos los templos. Quería irse en su moto pero no debía. Si la estacionaba y entraba a los altares podían robársela. Y como en la Sección Deportiva donde yo estaba no teníamos mucho trabajo, me ordenaron llevarlo en la camioneta del periódico. Entonces los reporteros no llegábamos a carro y por eso estaba el vehículo de la empresa para todos.

Camino a las iglesias nos pusimos de acuerdo. Me estacionaría lo más cerca de cada entrada. No le acompañaría. Mejor esperarlo para cuidar la camioneta. Podían rayonearla o treparse al cofre. Pero a la segunda o tercer escalas sentí frío. Iba encamisado. Él, con una chamarra de piel blanqueada. “Préstamela” y le justifique: En la Iglesia “tú no vas a sentir frío”. Al contrario. En medio de aquel gentío se acaloraría. Mientras al aire libre yo sí me las vería difícil y hasta temblaría. No discutió. Se la quitó y me quedó como si fuera mía. A la medida. Así estuve a buen cobijo recargado en el guardafango o sentando en la defensa delantera. Sin problemas.

Con tantas personas entrando y saliendo de las iglesias me la pasaba bien. Veía a los matrimonios muy formales con la hilera de chamacos. A recién casados. O parejas noviando. Grupos de jovencitas. Ancianos soportando difícilmente su humanidad. De todo. Viéndolos me entraba la suposición sobre cómo y por cuál rumbo vivían. La vestimenta hablaba de su posición económica. Curioseándolos, saludando de cuando en vez. Y naturalmente, admirando con discreción a las damitas. Estando en el vehículo del periódico debía comportarme. Nada de los entonces acostumbrados piropos.

En eso pasó una amiga desde primaria. Iba con sus padres. Se acercaron para saludarme. Ella les pidió permiso para quedarse un ratito a platicar. “No tardo, ahorita los alcanzo” recuerdo que más o menos les dijo. Quedé sorprendido cuando preguntó insistente y hasta nerviosa por mi amigo. “Me gusta mucho....estoy enamorada de él y no lo sabe”. Conocía quién era su novia. Desconsolada contó estar enterada de cómo se querían y por eso no podía entrometerse. Casi casi se atarantó cuando le dije que lo estaba esperando “anda allá adentro trabajando”. Fue entonces cuando me pidió “...cuando puedas”y sin que pareciera cosa de ella, le dijera cómo estaba enamorada de él. Insistió. Suplicó repetidamente “por favor, por favor, por favor” con el infaltable “por lo que más quieras”. Al verla tan desesperada solo alcancé a soltar “...bueno, déjame ver cómo le hago”. Nada más oyó mis palabras me abrazó largamente. Fuerte. Al separarse vi sus ojos a punto del lloriqueo. Se despidió tiernamente. Antes de perderse entre el gentío volteó, extendió su brazo derecho. Abrió y cerró el puño en señal de adiós. Luego llevó sus dedos a los labios y me aventó un beso.

Al rato llegó mi amigo. Del atrio a la camioneta tardó por el apretujamiento de fieles. Ya estaba anocheciendo y el viento soplando más fuerte. Cuando iniciamos el regreso maldijo al frío. Como a buen entendedor pocas palabras bastan, en el primer alto le regresé la chamarra. “Está muy suave”. Y contestó algo así como “¿…qué traes, güey? Me la regaló mi novia”. Con esas palabras recordé a mi amiga: “...se quieren mucho”. Por eso no le dije nada. Decidí esperar el momento. Tal vez con tragos de por medio.

Al otro día nada más llegué al periódico encontré un recado. “Te espero en el laboratorio”. Empezó a llorar en cuanto cerré la puerta. Repuesto del lagrimeo simplemente dijo: “¡Me cortó mi novia!” y golpeó la orilla del lavabo. Su explicación fue estremecedora. “Te vio cuando abrazabas a una muchacha muy guapa. Y como traías mi chamarra está seguro que era yo”. De nada sirvió decir la verdad. Hasta le ofreció que yo iría para explicarle todo pero al contrario, me tachó de alcahuete. Y no lo bajó de mentiroso. Poco hombre. Entonces no quedó otra. Le conté la realidad. Quién y por qué me abrazó. Al escucharlo soltó dos que tres mentadas.
Aquella noche tomamos ron con agua mineral y lágrimas.

Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 25 de abril de 2004; propiedad de Jesús Blancornelas.


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