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San Diego

La tormenta de fuego 2007, será la más devastadora desde 2003

San Diego: La coordinación

La actitud acertada de los sandieguinos y la excelente comunicación entre las oficinas de gobierno de los tres niveles aminoró la tragedia. Medios, asociaciones y gobiernos emprendieron una cruzada para salir adelante. Aún así, se estima que el costo de los daños será multimillonario.

Gabriela Olivares Torres

La madrugada del lunes los caminos y carreteras de San Diego se congestionaron en minutos a consecuencia de la tormenta de fuego que envolvió al condado. Para unos 12 mil evacuados, el refugio fue el estadio Qualcomm, en Mission Valley.

Dos días después, la ruta empezaba a ser de regreso al punto de partida para quienes fueron víctimas de los enfurecidos incendios. Las instrucciones eran las siguientes:

* Mostrar una identificación a los oficiales que vigilaban la entrada de zonas residenciales como Rancho Bernardo, Rancho Santa Fe, Rancho Peñasquitos y Poway.
* Esperar a ser escoltados hasta el domicilio. En caso que el hogar estuviera de pie, verificar si había sido marcado con cinta roja, que implicaba que la casa era inhabitable, o cinta amarilla, lo cual se traducía en daños que tendrían que ser consultados para evitar quemaduras y otros accidentes.

* Si las condiciones no permitían la reinstalación, los afectados tendrían sólo un tiempo mínimo para recoger pertenencias y retirarse del sitio.
Mientras tanto, los que se quedaban en el estadio de los Chargers al menos tenían en qué entretenerse. Letreros que anunciaban clases de yoga, sesiones de acupuntura, pantallas gigantescas donde los niños podían ver sus películas favoritas de Disney, payasos repartiendo juguetes y dulces, bocadillos ofrecidos por diversos restaurantes, intentos para distraer a los cientos de miles de desplazados apoyados por la comunidad que seguía de pie.
En otros albergues la situación era muy similar. Damnificados inmersos en sus laptops, desconocidos reunidos frente al televisor para seguir muy atentamente la propagación del siniestro junto a los esfuerzos desmesurados de las autoridades de los tres niveles, responsables de aliviar el problema y devolver algo de calma lo más pronto posible.

La conclusión es inmediata: la coordinación de los sandieguinos —y de los sudcalifornianos— durante la crisis ha sido significativa. En este caso, la respuesta del gobierno del Estado y de la Federación, también puede considerarse justa, rápida y a la medida de las necesidades inmediatas.

En relativa tranquilidad los más de 500 mil afectados que tuvieron que abandonar su cotidianidad principalmente empujados por la furia de los incendios Harris y Witch Creek, tomaron sus provisiones; organizaron mascotas, empacaron casas de campaña, bolsas para dormir y recuerdos como álbumes fotográficos, en cuanto recibieron el aviso de evacuación por medio de las llamadas de reversa del sistema de emergencia “911”, o bien, a través del anuncio de megáfonos ambulantes por las zonas de riesgo.

De inmediato los medios electrónicos hicieron su parte, interrumpiendo la programación para dar seguimiento continuo a los caprichos de las llamaradas que saltaban los freeways y elegían al azar las estructuras a destruir. En total se dice que más de mil 500 casas han desparecido.

Vientos con rumbos impredecibles de hasta 120 kilómetros por hora, más un grado de aridez no experimentado en los últimos 90 años, transformaron esta ola de flamas en los peores incendios en la historia de California con estragos estimados en, al menos, un par de billones de dólares. De hecho, el Departamento de Bomberos calculó que será algún día de noviembre cuando logren extinguir el fuego.    

“No sabemos si perdimos nuestra casa. Pero tenemos lo más importante: la vida”, dijo un joven residente de Escondido, junto a su esposa e hija de apenas dos años de edad. “Nos reconstruiremos, eso es lo de menos”.

Dentro de la escala de desastres naturales que pueden registrarse en la región, los incendios son muy graves, pero como se ha comprobado ya, pueden tener más consecuencias materiales que humanas cuando los mecanismos de emergencia funcionan.

La tarde del miércoles un avión DC-10 sobrevoló Jamul. Era parte de la flotilla de una empresa privada que transforma aeronaves comerciales en instrumentos de combate contra incendios forestales.

En un solo viaje, el gigantesco DC-10 es capaz de dejar caer hasta 12 mil galones de químicos para apagar las rabiosas llamas. A veces basta un derramamiento preciso de líquidos para sofocar una quemazón. La esperanza era, al menos, aminorar considerablemente la furia de “Harris” para luego dirigirse a los 18 incendios de gran potencia que brotaron en el sur de la entidad en los últimos días, desde Malibú hasta la frontera con México, pasando por Campo Pendleton, Ramona, Escondido, Valley Center, Palomar Mountain, Fallbrook, y no se diga Dulzura y Tecate que tuvo, además, que cerrar su garita.

The San Diego Union sostuvo entrevistas por separado con los Jefes de la Policía y de Bomberos, además de la oficina del Alcalde Jerry Sanders. Según el diario, en las tres conversaciones se dijo que hubo una sugerencia descartada del procurador Mike Aguirre para un éxodo total, recomendación fallida que incluso llegó hasta la administración del Gobernador Arnold Schwarzenegger, presente en todo momento para apoyar al munícipe y a la gente de los distintos centros de refugio establecidos en iglesias, escuelas, asilos, gimnasios y estacionamientos de San Ysidro hasta los límites con Riverside.

Pero el martes, a altas horas de la noche, las condiciones climáticas cambiaron para bien. Ya ni se pensó en solicitar alojamiento en otras entidades, pese a que, por ejemplo, el equipo de la gobernadora Janet Napolitano había hecho cálculos para anticipar a cuántas personas podrían recibir en el supuesto de que los hechos en California se hubieran agravado más.

La lección es evidente: San Diego demostró que no es Nueva Orleáns. El poder adquisitivo, pues, vuelve a ser una marcada diferencia y Washington, quizás con la experiencia de la devastadora “Katrina” reaccionó sin demora, enviando a FEMA (Federal Emergency Management Agency) tras declarar a siete condados en estado de emergencia federal. De tal forma podrán otorgarse préstamos a bajos intereses y subsanar gastos de alojamiento, hospitalización y rehabilitación de hogares para los damnificados, no cubiertos por sus respectivos seguros.

La duda, al momento, no recae en la capacidad de la gente de San Diego de resucitar entre las cenizas tal como ocurrió luego del trágico incendio Cedar en 2003. Mientras que el puerto de Nuevo Orleáns sigue desbaratado y con ciudadanos que optaron por no volver más, hay certeza que en el sur de California la pesadilla es momentánea.

El cuestionamiento, entre otras cosas, habrá de concentrarse en aspectos como los usos de suelo en áreas remotas de un condado donde el follaje es generoso al igual que la sequía y los vientos de Santa Ana.

En otras palabras, el ayuntamiento de San Diego tendrá la tarea de revisar si resulta demasiado costoso y contraproducente el desarrollo hacia el Este después de los sucesos de 2003 y, sobre todo, de 2007. Cabe la probabilidad de que las empresas aseguradoras de bienes y raíces se nieguen a extender pólizas en estas áreas, por lógica consideradas de excesivo riesgo.

Al igual, hace cuatro años, cuando se evaluó la dimensión de la lluvia de fuego, un panel de expertos urgió al Estado a que otorgara más recursos y equipo para enfrentar incendios. Evidentemente el consejo no fue atendido.
A la fecha San Diego sigue siendo el condado más grande de California que carece de un Departamento de Bomberos, por lo que depende de la labor de unidades locales de las distintas ciudades que lo componen, las cuales sirven a todas las colonias, a pesar del crecimiento demográfico, que no se refleja en una mayor captación de impuestos destinados precisamente para apagar incendios.

De hecho, según The New York Times, dos de las oficinas de bomberos en el Distrito de Protección de Incendios del Este del Condado por poco se vieron obligadas a cerrar en septiembre, si no es porque el electorado votó a favor de un impuesto especial para su manutención. Ambas estaciones se encuentran ahora en el corazón de Witch Creek.

Otro punto criticable, según el legislador republicano Duncan Hunter, fue que aún con las nobles intenciones no se pudo agilizar la burocracia militar que tardó, al miércoles, para enviar 14 helicópteros y cico aeroplanos C-130 a los diversos puntos críticos del mapa californiano.

Sin embargo, lo que se vuelve a celebrar es una mejoría visible en la comunicación de las agencias gubernamentales encargadas de proteger a la ciudadanía además alertada por el Internet, gracias a programas de software como el WebEOC.

De nuevo la actitud consciente de los sandieguinos, la resignación ante pérdidas al fin y al cabo recuperables para quienes tuvieron casas de un millón de dólares en promedio, hizo que el mal rato pasara.

Lo que sigue, junto a la valoración ya descrita, es dar con los responsables, si es que los hay. Al momento se sabe que el incendio llamado “Santiago”, en Orange, fue provocado, de acuerdo con la declaración de Pat Markley, funcionaria vocero de este Condado.

Por su parte, en San Bernardino se informó que la policía de la Universidad Estatal de California baleó a muerte a un hombre de 27 años de edad, originario de Arizona, después de que el sujeto fue perseguido en las afueras del campus por prender fuego a la maleza.

De esta manera se anticiparon investigaciones exhaustivas como el próximo capítulo de la tragedia vivida y seguramente superada en la vecina entidad gracias, finalmente, a la brisa del mar que obligará un descenso en las temperaturas al tiempo en que bomberos enviados por la Federación lleguen y los sudcalifornianos regresen a poner orden a los escombros.

 


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