
¡Otra vez chilango!
Contrariedadez | Raúl Paredes y Hernández
Cuando ya pensaba que había superado el horrible trauma de haber sido calificado con tan terrible calificativo, ¡vuelvo a sentir la discriminación localista en carne propia!
Y no sólo eso, sino que además nos consideran causantes de todos los males que aquejan a esta ciudad que ya, con el paso del tiempo, habíamos adoptado como nuestra.
En un pequeño concilio que se celebró —nos cuentan— se llegó a la rápida conclusión de que el deterioro sufrido en la forma de vida de esta frontera se empezó a dar como consecuencia del terremoto sucedido en la Cd. de México y que motivó que muchos paisanos —por voluntad propia o a fortiori— hubieran tenido que cambiar de residencia.
Usted recordará que después de aquella experiencia en la capital las diferentes autoridades gubernamentales resolvieron iniciar una descentralización forzada de servicios y personas con la que fueron a dar, con sus huesos y triques, miles de capitalinos a diferentes ciudades de la llamada provincia. A muchos de ellos no se les dio otra alternativa…
Así vinieron a dar por acá profesores, empleados del Seguro, de correos, etcétera. Como digo, muchos de ellos aún contra su voluntad, pero su empleador así lo decidió.
Del éxito o el fracaso de tal decisión sólo ellos podrán hablar, pues no hay forma de medir los resultados y la verdad es que se han escuchado historias terribles de inadaptabilidad y/o rechazo de los ya establecidos. Usted sabe lo difícil que es no sólo cambiar de domicilio dentro de una misma ciudad sino, póngase a pensar, de la noche a la mañana, ¡cambiar de ciudad! Pero así fue…
Los que ya estábamos arraigados e integrados leíamos sin dar crédito lo que pasaba en otras ciudades en donde hasta asesinatos llegó a haber al grito denigrante contra el mal común: el chilango…
Bueno, pues resulta que ahora con motivo de las discutidas elecciones, impugnaciones y espera, han llegado —algunos— de nuevo a la conclusión de que todos los males derivados de la democracia reinante en nuestro estado y se deduzca, en forma por demás simplista, que todo este borlote surgió a raíz del temblor y de la invasión de todo tipo de personajes con todo tipo de costumbres, a nuestra región. ¡Hágame Usted el favor…!
Es bueno recordarles a todos estos analistas de colonia que la migración es un fenómeno natural y tan antiguo como la humanidad y se da en aras de buscar una mejor manera de vivir.
Cuándo decidí buscar radicar en Tijuana lo hice a sabiendas de que, primero, la oferta de trabajo para lo que yo sabía hacer era mayor —supuse— aquí que en otras partes; segundo, en condiciones iguales, pesaba en mí el tipo de habitantes contra los que había tratado en otras regiones; luego, el clima era mejor que en Mexicali y otras regiones de México (este clima sólo lo gozan muy pero muy escasas localidades del país); en fin, no fue fácil, pero tomé la decisión de cambiarme —dentro de mi país— a donde me dio la gana. Nadie, sin ningún derecho, podría haberme objetado el llegar a Tijuana; venía a trabajar en lo que sabía hacer y no a “colgarme” de alguien…
Lo formidable de todo esto es que, salvo dos o tres familias de nombres conocidos, todos, todos, todos, todos, las personas que conocemos y con quien convivimos a diario así llegamos. Habrá quien vino a fuerza; pocos, muy pocos…
Las razones y su orden, variarán en cada caso pero, en general, todos vimos algún atractivo para llegar por acá. Habremos quienes, además, fuimos recibidos en matrimonio por residentes que fueron previos inmigrantes a la región (salvo quienes lleven los dos o tres apellidos de los oriundos que mencioné arriba).
Lo que es importante es que, siendo todos, todos, todos, en mayor o menor medida “de fuera” aprendamos a tolerarnos.
Tal parece que la intolerancia está haciendo presa de nosotros y hacer aparecer como la causa de todos nuestros males al que no es de aquí.
Hemos de aceptar que no todos actúan como quisiéramos, bastará con sacarles la vuelta y enseñarles lo que aquí se acostumbra, pero es riesgoso pensar que por causa de ellos estamos como estamos. Y, no se nos olvide, que el tiempo, la información y la comunicación, hace que vayamos cambiando nuestros criterios de juicio; de repente nos podremos encontrar con que el mundo ya no es lo que conocimos y tendremos que aprender a vivir en un nuevo ambiente.
En otra forma únicamente nos quedamos añorando lo que fue y ya no es…
Raúl Paredes y Hernández es Ingeniero Civil. raul3824@prodigy.net.mx
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