J. Jesús Blancornelas
El Presidente sabía
El Presidente de la República, Licenciado Miguel de la Madrid Hurtado, debió saber que asesinarían al periodista Manuel Buendía Téllez-Girón. Y suponiendo sin conceder que no, sucedido el crimen, antes, durante o después del velorio, lógica y forzosamente le informaron al detalle quién, cómo y por qué. Los cuándo y dónde eran públicos.
Pasados 18 años, estoy convencido: La ejecución de don Manuel no fue ordenada por narcotraficantes. El señor Buendía no dio motivos a los mafiosos. Y estos señores, sin existir una relación con el periodista, tampoco se la cobraron.
En ese 1984 todavía no se les llamaba capos ni eran identificadas las bandas como cárteles. Ernesto “Don Neto” Fonseca, Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero, eran simplemente los “jefes”. Y entre ellos no había rivalidades personales ni competencia por compradores. Tampoco funcionaban las “leyes no escritas”,creadas y respetadas por la mafia italiana. No había necesidad de ejecutar porque el mercado del narcotráfico se manejaba en sosiego.
No alcanzaban tales personajes la etiqueta de mafiosos. Y entonces ni andaban pensando o mandando matar cristianos. Tenían otra preocupación más importante: Retacar de billetes las carteras de los señores policías. No era novedad el soborno. Pero se manejaba con discreción. Lo pusieron de moda “Don Neto”,Miguel Ángel y Rafael cuando el negocio fue creciendo. Pero los señores federales se avorazaron. Hay constancias: Hubo casi desfiles de agentes para recibir el dinero maldito.
Los dólares fueron como aceite. Ya no rechinaron los portones de la Procuraduría General de la República. Adiós bisagras ruidosas. Como serpiente, el poderío del narco entró silenciosamente por los estacionamientos. Cuando menos se esperaba inundó los sótanos. Se regodeaba en las recepciones, fiscalías y antesalas de los procuradores. Brincó para afianzarse a orillas y centro de la Dirección Federal de Seguridad. Y allí, a cambio de dólares y droga hasta credenciales les dieron a los malandrines. Así pudieron navegar en la delincuencia sin problemas.
Por eso el narcotráfico era silencioso. Tranquilo. Pocos pistoleros y muchos policías sobornados. La autoridad fue tapadera. No informaban sobre el transporte de la droga y por eso no había inundación noticiosa como ahora. Entonces el narcotráfico no era tema agradable entre los directores de periódicos y revistas defeños. Pero se popularizó por dos hechos: La pestilente y trágica perversión capitaneada por el desaforado jefe policíaco Arturo “El Negro” Durazo. A su lado, el tenebroso y degenerado comandante Francisco Sahagún Baca. Derraparon en el cinismo hasta presumirlo. Eran incontenibles porque tenían el descarado cobijo del Presidente José López Portillo.
Total. Protegían a los narcos en todo. Mataron sudamericanos por montones cuando llegaron a México para ofertar la cocaína. En tal libertinaje violaron a muchas señoritas inocentes. Previa entrega de oro en monedas permitían excesos a sus policías. Borracheras un día sí y otro también en las oficinas. Hasta desnudistas brincaban desde escritorios a la humanidad de los funcionarios. Aquello era un bacanal. El resbalón fue cuando le entraron duro a la cocaína. Se hundieron en el excremento. Ya no pudieron silenciar a la prensa. Ocuparon las primeras planas en diarios y revistas. Julio Scherer en Proceso, renuente a tocar asuntos mafiosos, no tuvo más remedio y nos mostró el famoso “partenón” de Durazo. Estupendas crónicas de cómo utilizaron policías en albañilería. La colección enorme de autos antiguos. Armas ni se diga. Terrible extravagancia. Todo con dinero recibido del narcotráfico.
La desdicha de Durazo empezó cuando terminó el sexenio de López Portillo. Le confiscaron todo. Fue perseguido. Capturado y motivo de reportajes novelescos y hasta libros pasándose de la raya. Estuvo encarcelado y luego murió. Sahagún Baca, corrupto vicioso, de cualquier forma era buen policía. Por eso desapareció.
Luego vino la sorprendente aventura de Rafael Caro Quintero. Primero atrajo por enamorado. Fue como protagonista de telenovela. El plebeyo de infancia desarrapada, pero en las nubes que andaba, billetudo y poderoso, raptó a la escultural Sarita. Del merito Guadalajara. Destacaba por su hermosura y prosapia. Casi todo México se estremeció con la acción del atrevido malandrín. Nadie le llamaba narcotraficante. Todos simplemente “Caro Quintero”. Nunca le endilgaron el “capo” y menos “jefe del cártel”.
Pero el rapto acarreó a otra noticia: Era el cabecilla de la más poderosa maquinaria del narco mexicano. Entonces no comerciaba cocaína y por eso ni tratos con colombianos o peruanos. Tampoco le ponía atención a las anfetaminas. Dominaba totalmente producción, transportación y venta de marihuana. Así, tal combinación de origen humilde hasta llegar al poderío, fue una historia atrayente para los periodistas. Agregándole el ingrediente de aventurero, enamorado y adinerado, con más razón.
Una advertencia de los policías honrados es: “A los narcotraficantes siempre se les detiene por sus amores, la familia o el dinero”. Eso le pasó a Caro Quintero. Se llevó a Sarita a Costa Rica. La puso en un palacete. Le dio todo. Pero cierto día INTERPOL interceptó una llamada a Guadalajara. Y el legendario Florentino Ventura le capturó. Supe de muchas mujeres comprando diarios y revistas no tanto por saber de las fechorías de Rafael sino por verlo. Le sobraban enamoradas sin saberlo.
Los periodistas se remitían a los hechos. Pero al escritorio, teléfono y correo de don Manuel Buendía llegaban informes sorprendentes. Lo redondeaba con dos factores importantes: Primero, un completísimo archivo. Segundo, sus informes por contactos dentro y fuera del gobierno. Por eso las revelaciones en su columna “Red Privada” eran sorprendentes y muchas veces censuradas.
Alguien supuso que publicaría informaciones más graves todavía. Decidieron matarlo y no precisamente narcotraficantes. José Zorrilla de la Dirección Federal de Seguridad encabezó un grupo luego capturado, procesado, sentenciado y aún en prisión. Pero todo apunta: Nada más fueron equipo de apoyo a un mando superior. Entre la realidad y la hipótesis, estos hombres no maniobraban sin orden de por medio. La fiscalía especial no entró hasta el fondo. Se quedó en la superficie.
Bajo el supuesto de ignorar los planes, el Licenciado Miguel de la Madrid Hurtado debió saberlo todo luego de cometido el crimen. Antes de ser llevado el periodista al camposanto. Nadie tan informado como el Presidente, gracias a la misma Dirección Federal de Seguridad. Si el Gobierno de Fox tuviera voluntad, el caso Buendía está más fácil para desenmarañar que lo del 68 y 71. Claro, sin tanto brinco.
Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 1 de septiembre de 2002; propiedad de Jesús Blancornelas.
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