Estamos conscientes mas no preparados
Concepción Vizcarra de Arámburo
Es realmente escalofriante ver las imágenes en las pantallas televisivas de los desastres que dejaron las torrenciales lluvias en Tabasco y en Chiapas; la desesperación, el sufrimiento del millón de personas que se encuentran damnificadas en Tabasco, sus viviendas inundadas en el agua que cubre el 80 por ciento del terreno de ese Estado que las lluvias tienen convertido en un pantano.
La mayor parte del territorio de Tabasco está a unos cuantos metros sobre el nivel del mar. Villa Hermosa, construida entre los cauces de los ríos Grijalva y Carrizal, es la más vulnerable. Conagua, Comisión Federal de Electricidad, Pemex, Gobierno de Tabasco, tenían conocimiento que existían diagnósticos de una macro inundación en ese Estado.
El deslizamiento de un cerro en la comunidad Juan de Grijalva del municipio de Osteacán, Chiapas, al caer sobre el río Grijalva, generó una enorme ola de más de ochenta metros de altura, sepultando entre lodo y piedras, a todo ese poblado, e incrementando el número de desaparecidos y de muertos que irán en aumento a medida que aparezcan más cadáveres.
Fenómenos naturales que cada vez azotan con más frecuencia y con mayor fuerza, y si bien son manifestaciones del calentamiento del planeta que ha modificado el clima, no pueden atribuirse estos desastres en su totalidad a la naturaleza, existen también los riesgos y vulnerabilidades que se permite se vayan acumulando y desarrollando conforme pasa el tiempo.
Tabasco, el edén mexicano, llamado así por su exuberante naturaleza, era un estado en el que prosperaba la agricultura, ganadería y pesca. Con los descubrimientos del oro negro, en los establos del diablo (como lo calificó el poeta), sufrió las consecuencias de la acelerada destrucción del medio ambiente.
La tala de sus bosques, el relleno de pantanos y lagunas para la construcción de viviendas, comercios, edificios, con la consecuente desaparición de vasos reguladores, se permite lo inadmisible, como se acostumbra en todo el país anegado de corrupción.
En Baja California, en este Tecate bonito, las noticias de las guerras, los desastres y catástrofes naturales, nos han llegado como algo distante, lastiman, pero no las hemos vivido; sin embargo se han acercado a nuestras puertas los incendios, amenazando invadir con lumbre la ciudad y convertirla en una hoguera.
Somos conscientes que estamos viviendo sobre la falla de San Andrés, expuestos a terremotos de gran intensidad, sin preparación alguna para enfrentarlos.
Se permite construir en el cauce del río, se dio carta abierta a la venta de parte del terreno de Los Encinos para talar árboles y cubrir de cemento con el fin de edificar comercios y hasta una gasolinera. El saqueo indiscriminado de arena nadie puede pararlo porque es mayor la impunidad, los privilegios que puede comprar el dinero a pesar de que está dañando el medio ambiente, los ecosistemas, afectando arroyos y ríos a la captación y control de avenidas de agua.
Ante esas historias de dolor, de desaparecidos, de muertes, que atribulados narran los sobrevivientes, sentimos su dolor, su angustia, mas no la certidumbre de estar expuestos a vivirla para contarla o a enterrarla en la oscuridad de la muerte, al sufrir una embestida de la naturaleza.
No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento y las carencias por las que están pasando nuestros hermanos tabasqueños y chiapanecos en desgracia. Apoyarlos económica o materialmente es compromiso fraternal ciudadano. Al gobierno le toca lo suyo: la construcción de las obras hidráulicas necesarias para evitar inundaciones, aunque como siempre después del niño ahogado, tapar el pozo.
Dinero para ello sobra, sin necesidad de cargárselo al pueblo. Ahí están los millones confiscados a Zhenli Ye Gon y que al parecer los tienen en los rincones del olvido, de donde salen a las arcas de la corrupción.
Concepción Vizcarra de Arámburo es luchadora social y reside en Tecate, B.C.
|