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Savater y la educación

El filósofo español dictó cátedra en torno al sentido humano en la educación superior. Su planteamiento filosófico incluyó tesis conceptuales sobre democracia, justicia, la razón y su función tanto racional como razonable.

Enrique Mendoza Hernández

Filósofo y novelista, nihilista y siempre polémico, Fernando Fernández-Savater Martín (San Sebastián, 21 de junio de 1947) acudió a las instalaciones de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) Campus Mexicali, custodiado. Los etarras lo traen de encargo. Por lo menos diez elementos de seguridad acechaban en torno suyo mientras se dirigía al Teatro Universitario del Alma Máter a dictar cátedra sobre uno de sus temas predilectos: La educación.
Camisa azul y saco gris, lentes cuadrados y pantalón de mezclilla azul claro, cabellera grisácea y nívea barba, el conferencista caminaba despacio mientras su clásica mirada se perdía por instantes hacia arriba.
A las seis nocturnas de noviembre 5, en el Teatro Universitario lo esperaban 700 invitados. Todos debidamente registrados y con previa invitación. Era el día en que la universidad cimarrona cerraba con broche de oro español su ciclo de conferencias debido a su 50 Aniversario.
La cátedra era esperada desde agosto, fecha en que se anunció la visita del intelectual ibérico. La importancia fue tal, que fue necesario transmitir en vivo en Tijuana y Ensenada a través de pantallas de video, además en distintas frecuencias de radio. No era para menos: El precursor del pensamiento heredado de Spinoza, obviamente también de Nietzsche y Cioran, traía para compartir la conferencia titulada “El Sentido Humano y Social de la Educación Superior”. Democracia, justicia, la razón y su función tanto racional como razonable; además de persuasión y subrayar las funciones de la universidad, fueron las tesis filosóficas expuestas por el autor donostiarra.

La educación en un estado democrático

Cabe recordar que la postura ante la educación ya ha sido planteada por el filósofo en su prolífica creación. Basta mencionar su obra más conocida, misma que es dispersada en bachilleratos y universidades: “Ética para Amador “(1991), o bien “Política para Amador” (1992); sin descartar “El Valor de Educar” (1991) ni “Los Caminos para la Libertad: Ética y Educación” (2003).
El autor de por lo menos 45 títulos centró su tesis filosófica en el significado e importancia de la educación en un estado democrático. Para ello, se valió de la cultura griega:
“La educación está, desde sus orígenes, siempre ligada a la idea de democracia. Para los griegos democracia y paideia eran dos términos que iban juntos, se complementaban. En una democracia todos somos gobernantes, y para ser gobernantes hay que tener una preparación. Si fuéramos solamente súbditos, vasallos, personas que tuviéramos que cumplir obligatoriamente con un programa establecido por otros, para eso no hace falta ser educado, con unos cuantos conocimientos técnicos para desempeñar una función ya es bastante. Pero si verdaderamente vamos a ser diferentes de la sociedad, si vamos a intentar junto con otros orientarla en un sentido o en otro, entonces es lógico que tenemos que tener una preparación amplia, general, universal; no solamente técnica o laboral, sino humana en el pleno sentido de la palabra, para ser ciudadanos completos”.
– ¿Qué puede decirnos del “sentido humano” de la educación superior en un país como México, donde la creación de universidades es nula en comparación con la proliferación de institutos tecnológicos?, preguntó en su momento el reportero.
“La necesidad de formar personas capacitadas para manejar la tecnología forma parte del desarrollo de la humanidad en la actualidad, pero por otra parte, no basta; la educación no es simplemente crear instrumentos, sino también personas capaces de proponerse fines. La tecnología es muy útil para hacer cosas, pero no nos dice lo que hay que hacer; los fines los tienen que poner otras disciplinas humanísticas para formar personas capaces de proponer fines y no simplemente crear instrumentos mejores para llevarlos a cabo.
“Esta formación completa, integral, no puede nunca conseguirse exclusivamente con una transmisión de destrezas laborales, es evidente que es importante que los ciudadanos tengan capacidad o disposiciones para poder llevar a cabo trabajos o funciones de producción y colaborar en la prosperidad de la comunidad, pero eso no es todo; eso es una parte, lo importante es otra dimensión de ciudadanía que les hace gobernantes o futuros gobernantes de la ciudad.
“En ‘Política’, Aristóteles dice: ‘Antes de llegar a gobernar, tendrás que haber sido gobernado’. Se refiere a la educación. Es decir, la primera vez que somos gobernados en nuestra vida es cuando somos educados. Educar es transmitir aquello que luego se va a convertir en los valores del futuro gobernante que es el ciudadano que va a desarrollarse, y a convertirse junto con otros en uno de los rectores de la sociedad”.
Por sus acciones políticas, incluyendo el voto, las personas deben ser educadas como si fueran en su individualidad las más importantes, no como masas en serie, cual producto de maquiladora:
“La responsabilidad de la democracia depende del mantenimiento de cada uno de sus miembros. Para saber si es importante o no una educación, tenemos que pensar como si cada una de las personas que van a ser educadas fuesen las que fueran a tomar la decisión definitiva del futuro de la sociedad”.

El valor de la justicia

Entonces, toda educación democrática es educación de principios, es educación de aquellos que van a mandar en la sociedad, y para eso pasan por una formación que les transmite conocimientos, sobre todo valores, modos de vida, capacidad de compartir. Aquí el autor de “La Vida Eterna” (su libro más reciente) no olvida el valor de la justicia:
“La idea de justicia no es sólo una virtud abstracta, sino que es el arte de convivir correctamente con los demás.
“La justicia es la libertad concreta compartida con otros. La libertad injusta no es tal, sino es explotación, depredación, convertirse en fiera para los demás. La verdadera libertad concreta, compartida, civilizada, democrática, es lo que llamamos justicia, es decir, la realización de aquellos que nos corresponde junto con lo que le corresponde a los demás, de saber lo que compartidos con los otros, esa capacidad simbólica, humana, que nos convierte en iguales y semejantes a los demás”.
Porque a fin de cuentas, una educación sin el valor de la justicia no sería tal:
“La justicia es el verdadero contenido de la educación, transmitir un sentido de la justicia a todos los niveles: Social, económico, pero en el sentido también de las relaciones humanas, de pareja, de la realización de nuestra propia libertad creadora”.

Funciones de la razón
El intelectual desmenuzó el concepto sobre la razón, misma que no es inherente a la educación. Así, la postura filosófica sobre la razón consiste en reconocer primero que
“educar es desarrollar, cultivar y alimentar la razón del ser humano”. Pero para entender la razón, Savater subraya que hay dos funciones de la razón que implican dos usos distintos y complementarios de la educación: Lo racional y lo razonable.
“Lo racional es ser capaz de encontrar los medios adecuados para llevar a cabo un fin.
La forma en que nos arreglamos con las cosas, la forma en que tratamos con los objetos”.
Y ejemplifica el escritor: “La técnica es sumamente racional, porque es una serie de prótesis, de mecanismos, que nos permiten tratar mejor con los objetos, hacer las cosas más fácilmente, más ligeras, más rápidas, etcétera”.
Pero además de lo racional, está “lo razonable”: “Es cómo tratamos con los sujetos. Estamos rodeados no sólo de objetos, sino de sujetos. Si se prepara a los individuos sólo para ser racionales, tenderán a tratar a los sujetos como si fueran objetos.
“Cuando uno trata con un objeto basta que conozca sus características para saber cómo manejarlo; cuando uno trata con un sujeto hace falta que conozca los mecanismos para ponerse de acuerdo, para solicitar su apoyo, su complicidad, su fraternidad.
“Si yo quiero apoderarme de las riquezas de un país, es perfectamente racional que yo bombardee y asesine a sus habitantes para quitarles sus riquezas; es un método racional, pero no razonable. Es decir, es una forma de tratar a los demás como si fueran objetos, cosas; pero no es una forma adecuada de relacionarse con sujetos”.
Y concluye respecto a lo racional y lo razonable:
“Si queremos una realización plena de la humanidad, tenemos que lograr una educación tanto racional como razonable. Creer que lo racional es importante y olvidar lo razonable, horroriza un poco”.

La importancia de persuadir y ser persuadidos

Hoy en día la necedad e intransigencia de unos obstaculizan el diálogo que define el tipo de relación entre los países, grupos étnicos o entre los individuos. Una de las tesis filosóficas dictadas por el dramaturgo fue que una de las dimensiones fundamentales de una democracia es la capacidad de persuadir y de ser persuadido.
Entiéndase por la capacidad de persuadir, como “la capacidad de expresar de manera inteligible nuestras demandas sociales, humanas, a los demás”.
Fernández-Savater lo explica de manera muy sencilla pero contundente:  “Muchas de las formas de violencia en nuestro mundo nacen de que hay personas que no han sido preparadas para expresar comprensiblemente sus demandas a los otros; se encuentran enmudecidos por su falta de argumentación, su falta de capacidad de expresión y recurren a la violencia para llamar la atención o para ser excusados, ya que no creen que van a ser escuchados cuando hablen, piensan que serán escuchados cuando golpeen.
“La capacidad de persuadir, es decir, de argumentar, de expresar razonablemente nuestros deseos es una de las formas fundamentales que debe ser desarrollada en la educación”.
Por lo tanto, sugiere: “Hay que preparar a los individuos para ser capaces de persuadir; pero no sólo la capacidad de persuadir, sino también de ser persuadidos; es decir, de aceptar y comprender los argumentos de otros”.
Ambas virtudes emergen desde la educación: “La capacidad de persuadir y de ser persuadido es una de las dimensiones de lo razonable que tiene que ser enseñada”.

Funciones de la universidad
El filósofo de San Sebastián, España, citó a su homólogo José Ortega Gasset (1883-1955) para recordar las funciones de la universidad. “Función de la Universidad”, es el título de Gasset al que Savater hizo alusión. Así, el autor de subrayó tres funciones de la universidad: La transmisión de conocimientos y de cultura en el sentido amplio, como una forma de “respirar culturalmente”; obviamente la enseñanza de profesiones y, como tercer punto, la investigación científica y formación de hombres de ciencia.
Además, el ganador del “X Premio Anagrama de Ensayo” agregó la función pública de la universidad: “La exigencia educativa es siempre pública, se financie por el Estado o incluso por medios privados de forma concertada con el Estado, en cualquier caso es la sociedad la que debe preocuparse por la enseñanza; la educación no es nunca un asunto de papá o mamá, siempre es un asunto de la sociedad.
“Hoy el problema que aqueja a muchas universidades es que ha irrumpido en la financiación, en la socialización de la universidad, esos mecenas empresariales que en un primer momento fueron muy bien recibidos, y es lógico, porque todos pensamos que está bien, que las empresas pueden servir para que la universidad se abra y se relacione mejor con la sociedad y responda a urgencias concretas de producción, de economía, pero el problema es entonces que hay un momento en que las empresas terminan por determinar qué es lo que va a hacer la universidad, es decir, no colaboran con la universidad, sino que la configuran”.
El intelectual lapidó: “La universidad es una especie de agencia de colocaciones para esas empresas que dictan qué es lo que quieren que salga de la universidad: ‘Queremos tantos graduados, tantos ingenieros’. Las empresas piden de antemano lo que necesitan, y la universidad es una especie de fábrica que surte a las empresas de eso que piden.
“Las empresas no piden filósofos, filólogos, y por lo tanto esas materias van quedando relegadas; se dice que no son actuales, que ya están un poco pasadas de moda, cuando en realidad lo que quieren decir es que no tienen una empresa que las financie, y que por lo tanto la universidad acepta que está al servicio de empresas”.
Entonces, Savater Martín regresó a las funciones de la razón para ligar otra función de la universidad: “Es importante saber a qué fines queremos llegar. Un aparato técnicamente perfecto, no nos va a dar nunca qué fin se quiere alcanzar con él. Nos llevará a donde queramos ir, pero no nos va a decir a dónde queremos ir. La decisión sobre a dónde queremos ir hay que tomarla por otras vías, no meramente técnicas o científicas, ni empresariales sino humanistas, nacidas de la sociedad conjunta.
“La sociedad debe influir y pedir responsabilidad a la universidad, pero la universidad también tiene que saber que está no solamente fabricando medios, sino personas capaces de dirigir y de pensar fines junto con nosotros.
“Yo creo que esa dimensión de buscar un refugio para aquellos que se ocupan de los fines, y no solamente de los medios, es también una tarea importante de la universidad”.
Y a propósito de que las universidades se preocupan tanto de obtener certificaciones de excelencia extranjeras, específicamente de Estados Unidos, mismas que sólo dan cuenta de los procesos administrativos y resultados cuantificables, mas no los cualitativos y humanísticos, Savater también traía consigo un memorádum para todas las universidades, y sobre todo para que la UABC tome nota: “Hay ahora esa constante reclamación de excelencia, liderazgo. Les confieso que no es tan importante ser líder ni ser excelente”.
Ante las problemáticas evidentes en las universidades, señaló que más bien corresponde a la sociedad “que exija que los políticos se ocupen de sus cuestiones educativas. Debería haber entre los países un pacto educativo, de exigencias educativas, y conservar ese tesoro educativo al margen de los avatares de la política cotidiana, porque es muy difícil que el político se vaya a preocupar”.
Y concluyó con una reflexión sencilla y muy conocida, pero que no está por demás asimilar debido a su importante vigencia: “Una buena educación es cara, pero la mala educación es mucho más cara. A largo plazo es la mala educación la que los países pagan”.

 


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