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Las campanadas

Germán Orozco Mora

“El bien no hace ruido, y el ruido no hace bien”.- San Francisco de Sales

Caminamos del viejo edificio de la Lotería Nacional por Insurgentes y Madero hasta llegar al edificio más bello de América: la Catedral de la Ciudad de México.

Habían beatificado a nuestro amigo el mexicano Miguel Agustín Pro Juárez, el querido padre Pro, jesuita zacatecano, fusilado por órdenes de Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón. Era el 25 de septiembre de 1988. Ese día también Juan Pablo II beatificó al apóstol de California, al franciscano Fray Junípero Serra. Gobernación prohibió transmitir desde Roma la misa de beatificación. Televisa no pudo hacer nada contra tal prohibición descarada y de última hora, todo estaba listo, fue cancelado.

Por más de media hora estuvimos tocando las gigantescas campanas de la Catedral metropolitana de la ciudad de México, no éramos muchos pero sí suficientes para jalar esos enormes badajos y celebrar tal acontecimiento.

Cuando el padre Gerardo Sánchez Sánchez, hoy encargado de las causas de los santos en la Arquidiócesis de México, quiso dar un mensaje con motivo de la beatificación del mexicano Miguel Agustín Pro, cuyos restos descansan en la iglesia de la Sagrada Familia en la colonia Roma, las autoridades del Gobierno del Distrito Federal, encabezadas por Manuel Camacho Solís, interrumpieron y prohibieron el discurso del padre Gerardo, haciendo sonar enormes bocinas a propósito para boicotear el evento religioso.

Se debió colocar dentro del atrio de la Catedral un estrado y un sonido especial para poder hablar con muchas limitaciones. Mientras las bocinas del DF aturdían a los oyentes a la marcha por la beatificación del Padre Pro.

Mientras las campanas repicaban, el sacerdote festejaba con el pueblo de Dios la beatificación de uno de los mártires de la persecución religiosa. Después del primer mártir mexicano San Felipe de Jesús, muerto en Nagasaki en el siglo XIV, los mexicanos no teníamos otro santo más que el padre Pro. Así que había cinco siglos de motivos para festejar.  Habían pasado sesenta años de su martirio el 23 de noviembre de 1927 –80º aniversario ahora.

Yo no sé qué festejaban en México hace unos domingos en la Catedral de México cuando las campanadas se prolongaron por más de 15 minutos y reventaron la intolerancia de la  señora de Piedra y de los fans del presidente “legítimo” el mesías tropical  AMLO. Lo cierto es que se endiablaron contra la Iglesia e irrumpieron como los cerdos de Gerasa. Que se precipitaron al vacío al barranco de la violencia.

Los “intelectuales” de izquierda  cuentan su versión de que fue una provocación de la Iglesia por los atropellos pejistas contra el Cardenal Norberto Rivera, y que fue una desmesura el hacer sonar esas enormes y sonoras campanas en pleno discurso “legítimo”. Al grado que la señora de Piedra debió promover una averiguación previa de si se tratase de una provocación o no. Total que como cerdos gerasenos se abalanzaron contra los fieles católicos dentro de la catedral y en plena eucaristía. Qué intolerancia y estupidez.

A mucha gente deschavetada, le da por ponerse con sus altoparlantes frente a las catedrales o grandes templos católicos para irrumpir y llamar la atención, y a veces las autoridades ni sus luces. Sin embargo los intolerantes seguidores de López Obrador pueden hacer lo que les dé su gana y nadie les dice nada, pero que no les doblen las campanas porque se enojan. El medio es el mensaje, decía Mashall McLuhan; las campanadas son para asistir a misa, y si alguien no quiere, pues que no vaya y ya.

Tan suave que es tocar las campanas de la Iglesia para llamar a la misa. Dicen que el presidente Zedillo en su infancia en Pueblo Nuevo en Mexicali, allá por los años sesenta, le tocaba tocar las campanas de San Antonio porque siempre llegaba primero y temprano, era el premio por su sacrificio, le era permitido el honor de tocar las campanas. Es un gozo tocar las campanas.

Si el medio es el mensaje, entonces será necesario orar y exorcizar al Peje, porque tiene metido el espíritu de su paisano Vicente Garrido Canabal, el terrible gobernador de Tabasco que en 1920, la década del callismo, no dejó ni una iglesia ni un sacerdote, fue peor que las inundaciones recientes que le quitaron la casa a millones de tabasqueños. Garrido Canabal les quitó la Fe en Jesucristo y los valores cristianos. Se quedaron damnificados de Fe y sentido de lo divino. Ahí está su estado socialista, lleno de vacíos.
El Peje, como dice Krauze, es el “mesías tropical”, nomás que con un mesianismo jacobino trasnochado y antiliberal, intolerante. Por eso hace oídos sordos a las campanadas de Catedral. Él sí quiere hacer lo que le dé su gana, pero como nefasto que es no tolera que se lo hagan o piensa que se lo hagan a él. Como dice el dicho “tragan santos, y cagan diablos”.

Germán Orozco Mora reside en Mexicali.
Saeta87@yahoo.com


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