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Dios y hombre

Germán Orozco Mora

Algunos tienen embotado su corazón y sus oídos oyen con desagrado; y diciendo sus oídos, nos referimos a su afecto interior. San Ambrosio de Milán.

El misterio de la Encarnación del Señor: ¿Por qué tan pocas almas hallan a Cristo? ¿Por qué las modas pasajeras del día ganan tantos adherentes, y el Divino Salvador tan pocos?

En los años 40`s del siglo pasado Fulton J. Sheen, Obispo de Nueva York, planteaba estas preguntas en su obra El Eterno Galileo al hablar de pastores y magos.

Afirma este sabio obispo: desde el principio, nuestro Bendito Señor ha sido hallado solamente por los sencillos, nunca por aquellos que creen que conocen. La Divinidad es tan profunda que puede ser aprehendida sólo por los extremos de la simplicidad y la sabiduría.

Hay algo en común entre el sabio y el simple, y es la humildad. El hombre sabio es humilde porque conoce que no importa lo profundo que él cave, la Divinidad está siempre más profunda; el hombre simple es humilde porque sabe que la Divinidad es tan profunda que es inútil cavar.

Como fue en el principio, así es ahora y lo será siempre: Nuestro Señor es descubierto sólo por el simple y el sabio…Como mariposas a la luz se acercaron los pastores y los magos a un trono que era sólo un establo y un Dios que era sólo un bebé. Y como Dios en la forma de un bebé miraba desde su choza, vio los tipos de las dos únicas clases de personas que le encontraron a Él esa noche, y que le encontrarán hasta el final: los pastores y los magos, los simples y los sabios.

Bien explica Santo Tomás de Aquino en el artículo primero de la Summa Teológica sobre la Existencia de Dios, que de no ser por la revelación de Dios plasmada en la Divina Palabra, con muchísimas dificultades el hombre pudiese haber conocido el rostro verdadero de Dios; de modo que después de la venida de Cristo, hasta cualquier viejecita analfabeta puede conocer por el Evangelio quién es el Dios Salvador: Jesucristo… En el principio era el Verbo. ¿Quién dice esto? Lo dice Juan, aquel pescador. Pero no lo dice como un simple pescador, sino como un pescador del afecto humano. Ya no busca pescar peces –escribe san Ambrosio– sino “vivificar hombres”.

La Iglesia es hallada primero por el simple, o los que no piensan, la gran masa de los hombres y mujeres cuya ignorancia es más iluminada que las doctrinas de los eruditos. Para este gran ejército de los que no piensan, está la autoridad de la Iglesia. Necesitan saber solamente qué enseña la Iglesia: eso basta.
Necesitan saber solamente qué dice el Vicario de Cristo, el Papa (Pater et Pastor). El mundo les llama tontos y dice que la Iglesia está integrada con los ignorantes. Sí, la iglesia está integrada con millones de simples que obedecen la autoridad por la única razón que es la autoridad; pero eso no significa que son tontos. Sólo significa que la Iglesia, como la cueva de Bethlehem, está llena de sencillos pastores.

A Dios llegan los sencillos y los sabios. Fulton Sheen anota que la Iglesia no sólo se ocupa de los que no piensan, sino también de los que piensan: y al decir aquellos que piensan, quiero significar los buscadores verdaderos y profundos de la verdad.

El sencillo se conforma con creer en Dios y lo que dice la Iglesia; en cambio el sabio, el buscador de la verdad tiene que conciliar ciencia y religión. De aquí aquellas afirmaciones de Carl Sagan, el más grande de los astrónomos y científicos del siglo XX, en el sentido de alentar y alimentar los ministerios integradores: “El papa Juan Pablo II –cita Sagan– ha dicho: La ciencia puede purificar la religión del error y la superstición; la religión puede purificar la ciencia de la idolatría y los falsos absolutos.
“Cada una es capaz de conducir a la otra a un mundo más amplio, un mundo donde ambas puedan florecer”. (Miles de Millones, p.183).

Toda la raza de los Herodes orgullosos de ese día hasta hoy, que piensan que piensan, han dejado de ver a Dios, bien porque son demasiado complicados para entender los sencillos informes de los pastores, o demasiado repletos de inútil erudición para captar la única verdad útil que traen los sabios…Ellos –los magos astrónomos– fueron hombres de investigación, pues escudriñaban los cielos, pero eran lo suficiente humildes para conocer que la investigación era sólo un instrumento, y así siguieron su ciencia de las estrellas hasta que ésta les llevó hasta la sabiduría que hizo las estrellas: Jesucristo Nuestro Señor. (Fulton J. Sheen, El Eterno Galileo, p.24).

Germán Orozco Mora reside en Mexicali.
Saeta87@yahoo.com


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