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El mensaje del narcotráfico a la policía es matar inocentes si continúa el ataque.

Balaceras: Células del CAF

Agentes municipales y de inteligencia confiaron a ZETA que de esa célula del CAF fueron ordenados los dos ataques. Que en los asesinatos de los policías contaron con la participación de otras bandas criminales. Asimismo que los de la corporación policíaca fueron amenazados por cumplir con su trabajo.

Investigaciones ZETA

El intento de robo de un camión de valores en la calle cuarta del centro de Tijuana, y los tres ataques armados la noche del lunes 14 y la madrugada del martes 16 que dejaron un saldo de tres policías ejecutados y tres civiles muertos, tienen un común denominador: Fueron orquestados por Teodoro García Semental “El Tres Letras” o “El Teo”.

Al menos así lo describen fuentes oficiales de la Policía Municipal de Tijuana e inteligencia nacional. No tienen duda. Lo del camión de valores fue para hacerse de recursos, dado que los decomisos de droga por parte del Ejército Mexicano y las dificultades que han tenido para cruzar los enervantes a Estados Unidos han minado las finanzas de la organización criminal.

Informantes de la policía local, dieron más detalles. Las balaceras en el bulevar Díaz Ordaz, la colonia Loma Bonita y la 3 de Octubre, fueron ejecutadas por varios miembros de distintas células del cártel Arellano Félix. “Se unieron ante el ataque a sus colaboradores cuando intentaban atracar el camión de valores”.

La orden del narcotráfico fue directa: Asesinar a los policías municipales que en cumplimiento de su trabajo, evitaron primero el robo y después la huída de los delincuentes.

El mensaje, específicamente para la Policía Municipal de Tijuana dirigida por el Teniente Julián Leyzaola y para las autoridades políticas de la región fue claro: De seguir la persecución hacia el crimen organizado, se llevarán no sólo a los policías, también a sus familias. A inocentes y civiles.

Aun cuando los asesinatos de policías y miembros de familias tijuanenses fueron perpetrados por miembros de las células del CAF, contaron con la participación de agentes municipales encubiertos. “Ellos los guiaron hasta las casas de los agentes y hacia el vehículo del jefe de La Mesa”, confió a ZETA un elemento de esa corporación.

De otra manera no se explican la precisión del ataque, aún cuando en la colonia 3 de Octubre los delincuentes equivocaron la casa a atacar y lastimaron de manera fatal a una familia inocente del panorama inseguro.

Para repeler un contraataque por parte de alguna corporación policíaca, durante las seis horas en las que se ejecutaron tres balaceras contra policías y sus familias, la célula de Teodoro García Simental “El Teo” o “El Tres Letras”, secundado por Luis Alfonso Velarde Solís “El Muletas”, contaron con el apoyo de las otras células del cártel Arellano Félix, comandadas por Jorge Briceño “El Cholo” y Saúl Montes de Oca Morlet “El Ciego”, además del visto bueno y apoyo de Gustavo Rivera Martínez “El P1” y Samuel Zamora Arellano “El Ingeniero”.

Un experimentado policía municipal explicó:
“Todas las células se unieron para atacar a los policías, instalaron “postes de seguridad” en diferentes áreas de la ciudad, por donde pasarían los comandos asesinos, para protegerlos o repeler una agresión oficial”.

Atacaron en la impunidad
Aun con la estrategia que utilizaron los sicarios del crimen organizado, no hubo necesidad de responde un ataque de alguna policía. Ninguna de las corporaciones, excepto la Municipal de Tijuana, reaccionó ante la noche de ejecuciones. Ni los 500 agentes federales de investigación, ni los estatales salieron “a barrer”, a cerrar “tienditas” o casas de seguridad, para perseguir a los comandos asesinos. Ni siquiera montaron operativo para localizar los autos utilizados en el frustrado asalto o en los homicidios.

Incluso, los agentes de Servicios Periciales y del Servicio Médico Forense (SEMEFO) llegaron hasta con dos horas de atraso a las escenas de los crímenes. Mismas que sólo fueron resguardadas por agentes municipales.
Por eso, sin dar la cara, desde la calle, un comando de mínimo seis camionetas de reciente modelo, pudieron trasladarse y balacear a policías, autos, casas y a familias. Enviando el mensaje de que al menor movimiento morirían inocentes.

En la Policía Municipal de Tijuana, luego de la primera ejecución de los policías José de Jesús Arias Rico y Helbert Escobedo, no tenían dudas: “El Teo es el único responsable de prácticamente todas las muertes de policías. Se le conoce por ser es el más sanguinario de los lugartenientes. Creemos que a sus matones los mueve el consumo de droga, pues aunque son los más numerosos, son también los más descuidados porque siempre está aceptando gente y recluta a cualquiera.

“Pero también está claro que si ‘El Cholo’, ‘El Ciego’, ‘El Ingeniero’ y ‘El P1’ no hubieran estado de acuerdo, los comandos asesinos del ‘Tres Letras’ no hubieran podido recorrer Tijuana durante cinco horas, matando policías y a sus familias… no hubieran permitido que les calentara la plaza asesinando mujeres y niños inocentes”, señaló un investigador.

Fuentes policiacas informaron que investigaciones previas indican que los brazos ejecutores y responsables de hacer cumplir las órdenes de García Simental son “Víctor Manuel Baylón Rodríguez ‘El Lobito’, Luis Alfonso Velarde Solís ‘El Muletas’ o ‘El Furcio’, y ‘La Perra’, de quien sólo se sabe que se inició a los 18 años y en este momento no llega a los 25; sus hermanos también estuvieron en el CAF, él es compadre del ‘El Gordo Villarreal’ quien a su vez es hermano del Arturo Villarreal ‘El Nalgón’”, este último detenido en 2006 acompañando a Javier “El Tigrillo” Arellano.

El robo frustrado, el detonante
Testigos del intento de asalto al camión de valores en la calle cuarta entre Revolución y Constitución, el lunes 14 de enero, explicaron que los ladrones llegaron vestidos de policías. Un auto lo estacionaron frente a la central de taxis rojos y negro y una segunda camioneta en un estacionamiento aledaño. Dos se bajaron del primer vehículo y minutos después se pusieron a patrullar la zona a pie; recorriendo la cuadra, cada cierto tramo se cruzaban al mismo tiempo al lado opuesto de la calle.

Un agente asignado a la zona para evitar que se estacionen en doble fila se acercó a preguntar si había un operativo, le dijeron que sí y que “se abriera”. Al motociclista le preocupó la actitud  del supuesto policía y se presentó “a la ocho” para preguntar qué estaba pasando.

Mientras esto sucedía, los ladrones vestidos de policías que estaban a pie ya habían iniciado la balacera contra el camión de valores. Para entonces, el segundo vehículo con criminales se alistaba a salir del estacionamiento.
El parte informativo de la Secretaría de Seguridad Pública detalló que los agentes se enfrentaron a tiros primero en la zona  centro, lo que indica que por lo menos algunos agentes llegaron a pie con tiempo para proteger el camión de valores. Sin embargo, el hecho que seis autos de reciente modelo que intervinieron en el asalto hayan podido huir, y que dos delincuentes, uno de ellos heridos hayan robado un taxi para el escape, muestra que las patrullas llegaron minutos después.

A los delincuentes la Policía Municipal los detectó en la calle segunda cuando ingresaron a la vía rápida hacia la delegación de La Mesa; ahí un promedio de 10 patrullas se integraron a la persecución. Fueron policías de tres distritos diferentes. Todos municipales.

En ese momento, el Secretario de Seguridad Pública Municipal, Alberto Capella y el director de la policía, Teniente Coronel Julián Leyzaola, salían de Palacio Municipal, escucharon la información en la radiofrecuencia y el militar se integró a la persecución a la altura del monumento a Cuauhtémoc.

Identificación criminal
En el momento que Leyzaola se sumó a la carrera, por la frecuencia policiaca se estaban comunicando los jefes delegacionales José Jesús Arias Rico de La Mesa y Margarito Saldaña de Los Pinos; fueron ellos quienes cerraron la vía rápida. Los auxiliaron otros subjefes y una pareja de agentes. Uno de los cuales residía en la calle Acacia de la colonia 3 de Octubre.

El Teniente Coronel observó que los delincuentes perseguidos disparaban a policías, entonces decidió “taponear” el fuego con su auto blindado.

A la altura de la colonia 20 de Noviembre, los prófugos se dieron cuenta que la vialidad estaba cerrada. Se dirigieron a la salida ubicada frente a la Eco Gasolinera 4102. Iban a gran velocidad, “mordieron” el camellón y perdieron el control impactándose con un camión repartidor de refrescos.
Los policías declararon que el conductor del taxi bajó portando un arma corta y en posición de ataque. “Con una actitud retadora que no tiene precedente en una persona en su juicio,  pues había más de 10 unidades de policías con agentes apuntándole, empezó a disparar. Hay impactos en las unidades. Por eso le disparamos y con precisión”. Ahí quedó muerto.
Expusieron que el copiloto también descendió con un AK-47 en la mano, que la estaba empuñando mientras se daba la vuelta, pero la bajó cuando vio a los agentes.

Para los jefes policíacos los agentes actuaron con precisión y adiestramiento. No hubo civiles heridos. “Una persona con un rozón en la pierna, pero había muchos ciudadanos”.

Los dos hombres que se habían dado a la fuga, iban vestidos de policías pero las autoridades aseguraron que eran impostores.

Luis Alberto Dávalos Hernández fue detenido y quedó muerto al que identificaron primero como Miguel Ángel Reyes Rodríguez alias “El Archie”, y que al día siguiente fue identificado como policía activo. Se llamaba Julio César González Hernández, había egresado de la academia de policía en la última generación y se incorporó en la policía comercial en noviembre. Fue de los favorecidos que llegó a la policía activa en el mes de diciembre.

Así quedó confirmada la participación de policías municipales en el crimen organizado, y en el asesinato de los agentes José de Jesús Arias Rico, Helbert Escobedo y Margarito Saldaña, quienes fueron “entregados” por agentes que los señalaron como quienes cerraron la vía rápida. Los asesinaron, según informó un policía, bajó la lógica que de no haber cerrado la vialidad, los delincuentes habrían huido.

Como parte del saldo violento de ese primer día, fue localizada una Suburban abandonada en la colonia 20 de Noviembre a espaldas de la Estancia Municipal de Infractores; tenía rastros de sangre. Simultáneamente, en la Cruz Roja fueron detenidos Adrián Valdez Morales y Alfonso Cobián González; el primero llegó con heridas presumiblemente recibidas en el intento de asalto, y el segundó lo llevó al hospital a bordo de un auto en el que localizaron casquillos percutidos. Los delincuentes heridos se reportaron estables.

Asesinatos de policías
Cinco horas después del robo frustrado, con información de policías que pertenecen al crimen organizado iniciaron los ataques. Al jefe José de Jesús Arias Rico lo acribillaron en compañía de su escolta y subjefe Helbert Escobedo Várguez. En un vehículo de los ochentas, iba rumbo a su casa cuando un comando disparó contra su auto. Le llegaron por el lado del conductor.
Explicó un policía a ZETA: “Parece que se percataron que los seguían y trataron de salvarse… no alcanzaron a ponerles una camioneta enfrente para bloquearlos…pero los balacearon a lo largo de casi toda la cuadra ubicada en el bulevar Díaz Ordaz entre la calle México y la avenida de Las Lomas. No se trató de precisión, ni siquiera parece que hayan llevado tiradores expertos, simplemente los bañaron para acabar con todo lo que estuviera dentro”.
El comando asesino continuó su recorrido criminal ante la no presencia de autoridades federales o estatales. Los municipales, solos, vulnerables, se comunicaron entre sí para resguardarse con todo y familia en lugares seguros.
Pero el jefe Margarito Saldaña no respondió ni al teléfono ni al radio. El subjefe que residía en la 3 de Octubre, no fue notificado. No creyeron que corriera peligro, pues a esa hora no hilaban los crímenes con el frustrado robo.
Pero alrededor de las tres de la mañana del martes 15 de enero, un comando se presentó en la colonia 3 de Octubre. Calle Acacia esquina con 15 de Septiembre. Se pararon frente a una humilde casa y dispararon más de 200 tiros de AK-47. Equivocaron el blanco. El subjefe de policía vivía a un costado. Hoy se encuentra en un lugar seguro, igual que su compañero y sus respectivas familias.
En el lugar de los hechos, los sicarios dejaron muerta a la madre de familia Evangelina Velázquez. El niño de 4 años Jorge Ortiz Velázquez y su padre, Mailot Ortiz, fueron llevados heridos al Hospital General. Se encuentran estables.
Había transcurrido media hora del ataque en la 3 de Octubre, cuando se dio la tercera ejecución. A las cuatro de la mañana, agentes en la delegación de San Antonio de los Buenos, fueron informados que se había reportado una balacera en la casa ubicada en la colonia Loma Bonita número 7010 de la calle Los Pirules. Fueron a revisar y se dieron cuenta que era la casa del jefe de policía Margarito Saldaña. No había nada que hacer. El agente había sido asesinado. Lo mismo su mujer y su hija de doce años. Al igual que en la 3 de Octubre, los atacantes rociaron la casa de balas desde el exterior. No hubo necesidad de entrar a matar.
Así, terminó la jornada violenta que acabó con la vida de tres policías y tres civiles, todo por un frustrado robo de la autoría de una célula del cártel Arellano Félix. De acuerdo a los propios agentes, “una de las más violentas, la del Teo”.
Al día siguiente, los mandos policiacos fueron reunidos: Se les informó que patrullarían la ciudad en grupos. También, que se buscará la forma de proteger a los jefes de distrito.


Crónica de una tarde de enfrentamiento

“¡No le vaya a tocar un balazo!”

Durante dos horas y media, niños, reporteros y residentes de La Mesa vivieron horas de zozobra ante uno de los ataques más espectaculares de la Policía Federal Preventiva y el Ejército Mexicano contra el crimen organizado.

Investigaciones ZETA

Las balas zumbaban por todos lados. Definitivamente aquello era una batalla campal. Militares, policías y reporteros corrían de un lugar a otro, mientras los vecinos, como podían, se resguardaban en sus casas.
La escena, del todo inesperada aun para la Tijuana de hoy. Fue, pues, la violencia en su expresión más extrema.
Apenas una hora antes los cuerpos de tres policías municipales, asesinados por miembros de la delincuencia organizada unos días atrás, habían sido despedidos con honores en las instalaciones de la corporación, en la calle ocho de la Zona Centro.
“¡No se acerquen mucho y caminen pegados a las bardas porque estos canijos le están disparando a todo lo que se mueve!”, advertía un socorrista de la Cruz de la Roja a los periodistas que se acercaban a la calle Ermita de La Mesa, escenario de guerra entre miembros del crimen organizado y policías municipales, federales, estatales, de caminos y militares. En eso, a menos de cien metros se escucharon tres detonaciones de arma.
“¡Ya ven! Les digo: ¡Mejor se pegan a la pared porque acaban de herir a un policía!”, señaló de nuevo el socorrista protegiéndose desesperadamente de los tiros detrás de una ambulancia de la Cruz Roja.
En eso, mientras ajustaba un rifle de grueso calibre, un joven ministerial dijo en voz baja: “De seguro es un arma nueve milímetros”. Ni de película. Los impactos tienen otro sonido cuando es en la vida real. Sin efectos cinematográficos.
Por momentos las calles de las colonias Electricistas y Fovissste Quinta Alta, en la delegación La Mesa, se hundieron en el silencio más tenebroso, pero no por mucho tiempo. Pronto el ruido de las balas terminó con la tranquilidad siempre artificial cuando se está en medio de una situación inédita como ésta.
El reloj marcaba las 11:25 horas del jueves 17 y después de una hora con 10 minutos de intercambiar fuego las cosas no bajaban de tono. El temor se apoderaba de todos, sin excluir a la prensa que se veía a sí misma envuelta en un caos nunca antes vivido tan de cerca, en primera persona.
A unas cuadras de la balacera, un grupo de policías municipales evacuaban el “Jardín de Niños Alegría” ante el espanto de los estudiantes de preescolar y docentes que corrían a las unidades que los llevarían al Auditorio Municipal.
Acceder a la colonia Electricistas era una locura. Las calles cerradas, y los policías de plano también aterrorizados trataban de evitar el paso de sospechosos. Y en esos momentos, cualquiera era sospechoso.
“¡Pareja, pareja!… ¡Agáchese cabrón, no le vaya a tocar un balazo!”, regañaba un ministerial a uno de los reporteros, mientras el helicóptero de la Policía Estatal Preventiva sobrevolaba la zona del desconcierto absoluto.
De nueva cuenta se escucharon tres balazos. Los policías se pegaban a las paredes de las casas como si quisieran desaparecer, mientras que a lo lejos, a una cuadra de la avenida Ermita, sobre las calles Quinta Alta y Agua Prieta, cerca de cien elementos del Ejército Mexicano aceleraban la marcha en una hilera perfecta… como si se tratara de un entrenamiento militar, de esos que se ven en los desfiles. Todos protegidos con rifles de alto calibre y dispuestos a disparar sin la más mínima duda.
Mientras los militares hacían su movimiento, en la esquina de la calle Romano y Ermita, cerca de 50 policías federales, estatales y municipales protegían la entrada al lugar de la balacera.
Otros tres balazos. Todos agachados. Alrededor de 20 reporteros, fotógrafos y camarógrafos se jugaban así el todo por el todo; reflexionaban si valía la pena. Algunos sugerían rezar. Pero ninguno vacilaba con retirarse. El único fin quedaba claro hasta en una situación extrema: Obtener la imagen y la historia completa.
“¡No se asusten! ¡Vamos a realizar disparos al aire para que sepan que estamos aquí!”, avisó un Policía Federal de Caminos quien de manera inmediata accionó su rifle. El ruido fue ensordecedor.
“¡10-5!, ¡10-5!, ¡son disparos al aire, son disparos al aire!”, reiteró el agente.
No pasaron ni tres minutos cuando en esa misma esquina (Romano y Ermita), justo en el techo de un establecimiento dedicado a la venta de pollos, los policías observaron una circunstancia aún más extraña.
“¡Los empleados de la pollería reportaron movimientos en el techo!”, dijo uno de los policías, mientras sus compañeros y los reporteros que insistían en seguir en el lugar, buscaban un refugio no planeado. Se presentía un ataque.
En cuestión de segundos los espectadores obligados desaparecieron de la faz de la Tierra. Los policías detrás de unidades y los reporteros en una limpiaduría que entre tanta bala permanecía abierta.  
“¡Al suelo, al suelo y pegados a la pared!”, gritó uno de los policías quien con rifle en mano apuntaba hacia el techo de la pollería. Como si fuera una orden precisa algunos reporteros se tiraron al suelo y el resto, a duras penas, se untó a los muros. Al final fue una falsa alarma. De nuevo… el respiro. Segundos más tarde los agentes se percataron que un policía estatal era el que realizaba una inspección al lugar.
Así se agotaron casi dos horas. Luego, la calma, a eso de las 12:37 horas cuando los militares acorralaron a los delincuentes que se escondían en un lujoso condominio de la calle Agua Prieta. Un grupo elite del Ejército Mexicano se los llevó.
En un abrir y cerrar de ojos los más de doscientos efectivos militares, federales, estatales y municipales que participaron en el dispositivo por fin lograron entrar al inmueble, transformado en uno de los tantos infiernos que el crimen organizado ha construido en Tijuana.


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